Infiel en el club Swinger (Mis ... más oscuras nº 2) Lobos acechando
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Lobos acechando

A medida que pasaban los minutos y el calor de esa copa empezaba a extenderse por mi cuerpo, comencé a sentir con mayor intensidad cómo las miradas de los hombres solos que habían en el club se posaban sobre mí.

Pues ya no eran miradas discretas o fugaces; se habían vuelto descaradas, persistentes, casi depredadoras.

Era como si un grupo de lobos hambrientos hubiera detectado el olor de una presa que había entrado voluntariamente en su territorio, y aunque esa sensación debería haberme intimidado o incluso hecho salir corriendo, lo que provocaba en mí era una excitación profunda, casi animal, que nacía en la nuca y que bajaba como lava líquida hasta la parte baja de mi vientre.

Seguía sentada en el taburete de aquella barra, con las piernas cruzadas de manera elegante pero claramente provocativa, y podía percibir perfectamente cómo varios hombres me observaban desde diferentes puntos del local.

Algunos lo hacían de reojo, intentando mantener cierta apariencia de disimulo, pero otros no se molestaban en esconder su interés.

Sus ojos me recorrían sin pudor deteniéndose en la curva de mis muslos enfundados en látex, en el escote profundo que dejaba poco a la imaginación, en mis labios rojos y brillantes, y especialmente en mi anillo de casada.

Ese detalle parecía multiplicar sus deseos como si el simple hecho de que fuera una mujer casada y estuviera allí sola transformara su curiosidad en un hambre mucho más primitiva.

Esa combinación de vulnerabilidad y poder me resultaba excitante y embriagadora porque me sentía expuesta, desnuda bajo miradas de extraños a pesar de llevar ropa, pero al mismo tiempo increíblemente poderosa.

Yo había provocado esa reacción con mi cuerpo, mi actitud y mi mera presencia como esposa y que era el verdadero motivo por el cual estaba encendiendo el deseo de todos ellos.

En esos instantes observé como un hombre de unos cuarenta años, alto, calvo y de complexión fuerte, se acercó a la barra con paso seguro, pidió una copa y, sin rodeos, me preguntó si podía invitarme a otra copa.

Este momento me produjo una especie de excitación mientras pensaba que era una mujer casada, que había decidido salir sola y que estaba en un club siendo invitada a una copa por un desconocido…

Por su puesto que acepté con una sonrisa y comenzamos a charlar.

El se llamaba Roberto y al principio hablamos de cosas normales: como el ambiente del club, si era mi primera vez allí, qué si que me parecía el lugar…

pero mientras conversábamos, su mano descansaba peligrosamente cerca de mi culo sobre la barra.

No me tocaba todavía, pero la cercanía era totalmente intencionada mientras que podía oler su perfume intenso y sentir el calor que irradiaba su cuerpo.

Cuando mencionó que había venido con un amigo pero que este estaba ocupado con una pareja en algún rincón, aproveché para preguntarle con una sonrisa pícara:

— Oye Roberto, y tú… ¿estás buscando algo en particular esta noche?

Él sonrió con complicidad y bajó un poco la voz, respondiendo con un tono ronco:

— Buscaba a una mujer interesante… y creo que acabo de encontrarla sobre todo porque veo que estás casada… y eso lo hace muchísimo más excitante todo.

Sus palabras me provocaron un escalofrío que me recorrió la espalda mientras que a la vez sentí cómo mis pezones se endurecían visiblemente bajo la fina tela del top y cómo un nuevo chorro de humedad escapaba de mi entrepierna.

El hecho de que mencionara mi anillo de forma tan directa y sin rodeos, me excitaba de una manera que nunca antes había experimentado en público ya que era como si estuviera reconociendo abiertamente mi traición, y eso comenzó a excitarme todavía más.

Poco después se acercó otro hombre que era más joven, de unos treinta y dos años, moreno y con una barba bien cuidada.

Se llamaba Diego y decidido, se unió a la conversación mientras yo notaba como entre los dos empezaban a competir de forma sutil pero evidente por mi atención.

Me invitaban a copas, me hacían cumplidos sobre lo guapa y sexy que era, me decían lo valiente que me resultaba venir sola a un lugar como este y repetían lo mucho que les ponía que una mujer casada estuviera allí sola buscando exactamente lo mismo que ellos.

Yo les seguía el juego con naturalidad: me reía de sus bromas, cruzaba y descruzaba las piernas con lentitud, permitía que sus miradas se perdieran entre mis piernas y que sus manos me rozaran más de lo que sería socialmente aceptable en cualquier otro lugar.

En un momento dado, Roberto se atrevió a posar su mano grande y cálida sobre mi rodilla y yo no se la retiré, al contrario, separé ligeramente mis piernas, dándole permiso silencioso para que subiera un poco más.

Sus dedos avanzaron con confianza hasta casi rozar mi coño por encima de los leggings y Diego, al verlo, se acercó por el otro lado y me susurró al oído con voz cargada de deseo:

— Tienes un cuerpo que vuelve loco a cualquiera… Dime, ¿tu marido sabe que estás aquí?

Tras esta pregunta que Diego me hizo al oido, sentí cómo me ardían las mejillas por lo que bajé la mirada un segundo antes de responder en voz baja:

— No… El cree que estoy cenando con unas amigas.

Esa confesión pareció encenderlos todavía más a la vez que sus manos empezaron a rozarme con mayor descaro: Roberto me acariciaba el culo con firmeza mientras que Diego, deslizaba sus dedos por mi espalda descubierta, rozando la curva de mi cintura.

Mi respiración se volvió agitada, entrecortada y el ambiente a mi alrededor se sentía como mucho más denso y cargado de deseo, como si el aire mismo estuviera espeso de promesas sucias.

Fue entonces cuando lo vi por primera vez.

Pues al otro lado de la barra, un poco apartado, había un hombre que me observaba con una intensidad completamente diferente y que no era la típica mirada hambrienta y directa de los demás.

La mirada de este hombre era más profunda, más calmada, casi como si me estuviera estudiando desde lo lejos.

Era alto, de complexión atlética, pelo corto oscuro y una barba de varios días que le daba un aspecto muy masculino.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, no aparté la vista ni él tampoco, pero mantuvo el contacto con una seguridad tranquila que me desarmó por completo haciéndome sentir un cosquilleo fuerte en el estómago, porque yo realmente sabía que en él había algo distinto que iba más allá del simple deseo físico del momento.

Mientras tanto, Roberto y Diego seguían hablándome, tocándome, filtrando conmigo y compitiendo entre ellos por mi atención, pero mi mirada no podía dejar de desviarse una y otra vez hacia ese desconocido.

Observé como él levantaba su copa lentamente hacia mí, sin sonreír, solo mirándome fijamente por lo que yo le respondí de la misma forma, sintiendo en ese preciso instante que él iba a ser importante esa noche…

Los minutos siguientes se convirtieron en una mezcla amena y excitante de conversaciones, risas nerviosas, copas que se acumulaban y caricias cada vez más atrevidas.

Roberto pasó de acariciarme el culo a directamente meter su mano con más decisión dentro de mis leggings, rozando mi tanga empapado y arrancándome un pequeño gemido involuntario mientras que Diego que me besaba el cuello con suavidad y mordisqueando ligeramente mi piel, me susurraba lo excitante que le parecía que una esposa casada se comportara de esa forma tan descarada.

Yo estaba completamente excitada, con las mejillas ardiendo y la respiración entrecortada debido a que en esos momentos mi cuerpo respondía a cada roce que me daban y a cada palabra que me decían, pero a pesar de toda la atención que estaba recibiendo de ellos, mis ojos no dejaban de buscar a aquel hombre misterioso que había al fondo de la barra.

Los lobos ya me habían rodeado y yo, lejos de huir, estaba disfrutando cada segundo de ser su presa.