Mi noche empieza
Cuando por fin reuní el valor para abrir la puerta del coche y salir al exterior, el sonido seco de la puerta al cerrarse me pareció absurdamente fuerte en medio del silencio del parking como si ese pequeño clic marcara el punto de no retorno.
Mi corazón latía con tanta fuerza que lo sentía retumbar en mis oídos, y cada paso que daba hacia la entrada del club se convertía en un esfuerzo consciente.
Mis tacones resonaban contra el asfalto, las piernas me temblaban bajo el peso de la decisión que había tomado después de tantos meses de fantasías y aunque había imaginado este momento infinidad de veces, ahora que estaba sucediendo de verdad, la realidad me golpeaba con una intensidad abrumadora: como una mezcla embriagadora de miedo profundo, vergüenza ardiente y a la vez, una excitación tan profunda que ya sentía mi tanga completamente empapado mucho antes de llegar siquiera a la puerta.
El edificio del club era discreto, casi anónimo desde fuera, como la mayoría de estos lugares que prefieren mantenerse ocultos a la vista de quien no los busca.
Una fachada oscura, sin grandes carteles llamativos, solo un pequeño letrero iluminado con letras rojas que decía “Private Club” y un portero alto, de hombros anchos y expresión seria que controlaba las entradas con mirada experta.
Mientras caminaba hacia él, no podía dejar de pensar en lo surrealista que era toda la situación: Yo, Lucía Rivas, una mujer casada con una vida aparentemente normal, estaba de noche en medio de la nada, vestida como una zorra dispuesta a todo, a punto de cruzar sola las puertas de un lugar donde la gente iba expresamente a follar sin complejos ni prejuicios.
Las manos me temblaban visiblemente cuando saqué el dinero para pagar la entrada y en ese momento el portero me miró de arriba abajo con una ceja ligeramente levantada, claramente sorprendido de ver a una mujer sola en ese lugar. Sentí cómo nervios que subían por mis mejillas y hasta las orejas.
— ¿Vienes sola? —me preguntó con tono neutro, casi profesional.
— Sí… sola —le respondí, intentando que mi voz sonara firme, aunque por dentro estaba hecha un completo desastre de nervios y anticipación.
Me dejó pasar sin más comentarios, así que comencé a bajar las escaleras ya que era un club subterráneo mientras sentía que estaba como entrando en alguna especie de portal desconocido, como en la boca del lobo o algo muy prohibido porque aunque mas o menos sabía en que consistía ese ambiente por lo que leía en internet, pues era la primera vez que visitaba un lugar como este..
Cuanto llegué abajo, empujé la puerta pesada de entrada, crucé el umbral y en ese instante el mundo exterior desapareció por completo porque fue como entrar a otro universo.
La música electrónica sonaba profunda y sensual, envolviéndolo todo con un ritmo lento y palpitante que se metía bajo la piel.
Las luces del local eran tenues, predominantemente rojas y púrpuras, creando un ambiente íntimo y cargado.
El aire estaba impregnado de una mezcla embriagadora de perfumes caros, alcohol, sudor y ese inconfundible aroma a sexo que ya flotaba en el ambiente.
La energía en el aire era casi palpable, como si el lugar mismo vibrara con deseo acumulado.
Me quedé parada unos segundos en la entrada principal, intentando acostumbrar mis sentidos a todo aquello mientras observaba con los ojos muy abiertos: una gran barra iluminada con luces suaves, sofás y sillones bajos distribuidos estratégicamente por el salón entre mesitas con velas, una pista de baile donde varias parejas se movían pegadas de forma claramente provocativa, y al fondo, se veían como pasillos oscuros que prometían zonas mucho más privadas y reservadas para dar rienda suelta a las fantasías.
Pues la verdad que todo aquello invitaba a perderse…
Me decidí a caminé lentamente hacia la barra, sintiendo cómo las miradas empezaban a posarse sobre mí como manos invisibles, pues eran miradas directas y sin disimulo.
Hombres solos y parejas enteras me estudiaban abiertamente mientras yo sentía sus ojos recorriendo mis piernas enfundadas en látex, deteniéndose en la curva de mi culo, en el escote profundo de camiseta lencera y, sobre todo, en mi mano izquierda donde brillaba claramente el anillo de casada.
Algunas mujeres también me miraban, con una mezcla de curiosidad, sorpresa y, en algunos casos, evidente excitación.
Sabía exactamente lo que estaban pensando: “Está casada y ha venido sola”.
Ese pensamiento me recorrió la espalda como un escalofrío pero a su vez me producía una mezcla de nervios y excitación.
Me senté en uno de los taburetes de la barra, cruzando las piernas con lentitud deliberada y en ese momento apareció un camarero simpático y muy amable al que le pedí una copa.
Mientras esperaba, me giré un momento para seguir contemplando el lugar y no podía parar de observar todo a mi alrededor con el corazón acelerado.
Había parejas besándose abiertamente en los sofás, algunas ya prácticamente desnudas, otras envueltas en albornoces que apenas cubrían nada.
Vi a una mujer de unos cuarenta años sentada entre dos hombres, con uno de ellos acariciándole el muslo sin ningún pudor mientras ella sonreía con los ojos entrecerrados de placer.
Varios hombres solos paseaban por el local con esa mirada depredadora de quien está buscando su presa para esa noche.
Uno de ellos, alto y con barba cuidada, me miró fijamente desde el otro lado de la barra y levantó su copa hacia mí en un brindis silencioso a lo que yo le respondí con una sonrisa tímida pero cargada de intención, sintiendo cómo mis pezones se endurecían visiblemente bajo la fina tela de mi top.
Cuando el camarero me trajo la copa, le di un sorbo largo, intentando calmar los nervios que aún me recorrían por el cuerpo, pero era inútil debido a que mi mente no paraba de dar vueltas.
Pensaba en mi marido, en qué estaría haciendo en ese preciso momento, en el beso rutinario que me había dado esa mañana sin tener la menor idea de dónde terminaría su mujer esa noche.
La culpa me golpeó con fuerza en el pecho, pero en lugar de frenarme, esa misma culpa alimentaba mi excitación de una forma perversa y un poco adictiva.
Sentía el tanga pegado a mi sexo, caliente y empapado, y cada pequeño movimiento de piernas hacía que la tela rozara mi clítoris sensible, enviándome pequeñas descargas de placer que me dificultaban incluso respirar con cierta normalidad.
Poco a poco empecé a relajarme lo suficiente como para absorber mejor el ambiente, había una zona de lockers donde la gente dejaba sus pertenencias, un jacuzzi visible al fondo desde donde llegaban risas y gemidos ahogados, y varios pasillos con carteles que indicaban “Salas Privadas”, “Cuarto Oscuro”, “Gloryhole” y “Laberinto”.
Solo con leer aquellos nombres hizo que se me contrajera el estómago de pura anticipación.
¿Sería capaz de entrar en alguno de esos lugares?
¿Sería capaz de dejarme tocar, besar y follar por completos desconocidos?
¿Tendría el valor de entregarme a ese lugar sin saber exactamente hasta dónde llegaría o como acabaría la noche?
Estaba perdida en esos pensamientos, con mi copa entre las manos, cuando un hombre de unos treinta y cinco años, bien vestido y con una sonrisa segura de sí mismo, se acercó a la barra y se sentó a un par de taburetes de distancia.
Me miró directamente durante unos segundos antes de hablar con una voz grave y agradable que contrastaba con la música de fondo.
— Es la primera vez que te veo por aquí… ¿has venido sola?
Su pregunta, aunque directa, no me molestó, al contrario, sentí un cosquilleo intenso que nació en mi vientre y se extendió por todo mi cuerpo.
— Sí… es mi primera vez en un sitio como este —le respondí, sosteniéndole la mirada.
— ¿Y estás nerviosa? —preguntó con una sonrisa que dejaba claro que ya conocía la respuesta.
— Mucho —admití con sinceridad, dejando escapar una pequeña risa nerviosa—. Pero también muy excitada…
Esa confesión pareció gustarle enormemente, así que en ese momento, se acercó un taburete más y empezamos a conversar.
Este hombre se llamaba Marcos, era educado, pero su interés sexual era evidente ya que mientras hablábamos de cosas triviales al principio, notaba claramente como su mirada bajaba constantemente a mi escote y a mis piernas cruzadas.
Yo realmente, y lejos de sentirme incómoda, descubrí que me sentía poderosa porque sabía que lo estaba provocando, que mi anillo de casada brillando bajo las luces rojas lo excitaba especialmente, y esa certeza me dio una confianza brutal que nunca antes había experimentado.
Poco a poco la barra se fue llenando de más gente y las miradas sobre mí aumentaron más. Ya no era solo una mujer más en el club sino que me estaba convirtiendo, sin proponérmelo del todo, en el centro de atención de varios hombres y esa sensación era absolutamente embriagadora.
Mi noche acababa de empezar, y algo dentro de mí me decía que no iba a ser una noche cualquiera sino que seguramente iba acabar siendo mucho más.