Infiel en el club Swinger (Mis ... más oscuras nº 2)
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La decisión
Si alguien me hubiese dicho hace unos años, justo después de mi boda, cuando aún caminaba por la vida llena de ilusiones y promesas de fidelidad eterna pronunciadas frente al altar con la voz temblorosa de emoción, que algún día me encontraría frente al espejo de mi habitación preparándome con una lentitud casi obsesiva para ir sola a un club swinger, me habría reído en su cara o incluso me habría sentido profundamente ofendida.
En aquella época todavía creía, con una ingenuidad que ahora me parece casi tierna, que el matrimonio sería suficiente para apagar ese fuego que siempre había ardido dentro de mí, ese calor constante que me recorría entre las piernas y se instalaba en los rincones más oscuros de mi mente.
Pero la realidad tiene una forma cruel y deliciosa de demostrar que estamos equivocados porque cuanto más tiempo pasaba como esposa, más intenso, más exigente y más insaciable se volvía ese deseo extraño que yo tenía.
El sexo con mi marido era tierno, cariñoso y predecible…
pero nunca suficiente ya que lo que mi cuerpo anhelaba de verdad no encontraba satisfacción en caricias suaves y besos llenos de amor como pareja convencional.
Yo realmente necesitaba algo más crudo, más animal y cada nuevo encuentro prohibido que vivía a escondidas no hacía más que alimentar esa hambre que tenía, empujándome poco a poco hacia territorios cada vez más oscuros, más arriesgados y más adictivos de mi propia sexualidad.
Durante meses esa idea había estado rondándome como una obsesión que no me daba tregua, pensamientos morbosos que aparecían en mente especialmente por las noches, cuando dormía en la cama al lado de mi pareja después de haber hecho el amor de forma correcta y mecánica.
Él se dormía casi de inmediato, satisfecho y plácido, mientras yo me quedaba despierta, con el cuerpo todavía palpitando de insatisfacción, así que en esos momentos, yo no podía hacer más que cerrar los ojos y dejar que mi imaginación colase y mi mente se desbocara.
A veces, en esos pensamientos, me imaginaba entrando sola en un club, vestida de forma provocativa, con mi anillo de casada brillando en el dedo como un símbolo contradictorio de traición y absoluta liberación.
También visualizaba decenas de miradas masculinas clavándose en mí, evaluándome de arriba a bajo, deseándome con un hambre salvaje al comprender que era una mujer casada que había decidido exponerse voluntariamente en un lugar donde el sexo sin reglas era la única norma que importaba.
Esas fantasías me excitaban bastante a la vez que me mojaban de una forma casi vergonzosa y muchas noches tenía que esperar a que mi marido se durmiese y su respiración se volviese profunda y regular para comenzar a deslizar la mano lentamente entre mis piernas.
Me tocaba con una urgencia contenida, imaginando escenas cada vez más sucias y detalladas: manos desconocidas subiendo por mis muslos, dedos apartando mi ropa interior sin pedir permiso, bocas ávidas besándome el cuello y mis pechos, pollas duras y calientes presionando contra mi cuerpo en medio de la penumbra, y así es como me veía a mí misma en el centro de todo ese torbellino oscuro, entregándome sin reservas, siendo exactamente la zorra casada que en el fondo siempre había sabido que era.
Aquellos orgasmos solitarios eran tan intensos que terminaba mordiendo la almohada para ahogar los gemidos, temblando entera mientras el placer me atravesaba para rato después, quedarme tumbada en la oscuridad, mirando el techo, con el corazón latiendo fuerte y una mezcla abrumadora de satisfacción física y culpa emocional que ya se había vuelto tristemente familiar.
Esa culpa, en lugar de alejarme, solo conseguía excitarme mucho más.
Yo sabía perfectamente que dar este paso era algo completamente diferente a todo lo que había hecho hasta entonces ya que mis infidelidades anteriores habían sido relativamente controladas: un amante en un hotel donde podía marcar los límites, un polvo rápido en el asiento trasero de un coche, algún encuentro robado en una oficina vacía después del horario laboral.
Siempre había tenido, al menos, la ilusión de control, pero ir sola a un club liberal significaba soltar las riendas por completo como exponerme en un ambiente donde cualquier cosa podía pasar, donde podía ser tocada, deseada y usada por varios hombres en una misma noche.
Esa idea me provocaba un miedo visceral, profundo, que me hacía temblar las piernas…
pero que al mismo tiempo me producía una excitación tan brutal que solo con pensarlo ya sentía cómo se me humedecía mi ropa interior.
La tarde en la que finalmente tomé la decisión definitiva estaba sola en casa porque mi marido se había marchado temprano al trabajo y yo disponía de varias horas por delante así que decidí prepararme con calma, casi como si fuera un ritual.
Empecé llenando la bañera con agua caliente y sales aromáticas que perfumaban el aire con un olor dulce y sensual para justo después acabar sumergiéndome en el agua de forma lenta, dejando que el calor relajara mis músculos mientras mis pensamientos fluían sin control.
Pasé la esponja por cada centímetro de mi piel con deliberada lentitud: primero por mis pechos, sintiendo cómo mis pezones se endurecían en cada roce; luego por mi vientre, bajando hasta mi sexo, que ya estaba hinchado y sensible solo por la anticipación.
Justo allí me detuve más tiempo del necesario con mis dedos que se movían suavemente, casi con reverencia, mientras yo me imaginaba que no eran los míos, sino que eran las manos de varios desconocidos explorándome sin piedad, abriéndome y preparándome para lo que estaba por venir.
Después me depilé con extremo cuidado, queriendo que cada milímetro de mi piel estuviera suave, sensible y perfecta para quien quisiera tocarla, besarla o morderla esa noche y mientras lo hacía, no dejaba de preguntarme una y otra vez si realmente tendría el valor de llevar aquello hasta el final.
¿Y si esto era demasiado? ¿Y si no era capaz de controlar lo que pudiera pasar allí dentro?
Cuando salí de la bañera, me sequé frente al espejo grande del baño mientras me dedicaba a observar mi cuerpo desnudo durante un buen rato por lo que toqué mis pechos, los apreté suavemente, pasé las manos por mi cintura, por mis nalgas, y finalmente bajé hasta mi coño, separando los labios con los dedos para comprobar lo mojada y preparada que ya estaba solo con la idea y con el pensamiento de imaginarlo.
Me puse a elegir la ropa con una atención casi enfermiza.
Un top negro lencero que apenas sujetaban mis pechos y que creaba un escote profundo y provocador, sin sujetador por supuesto.
Un tanga negro de encaje tan fino que prácticamente era simbólico y unos pantalones leggings de látex negro que se ajustaban a mi cuerpo como una segunda piel, marcando cada curva de mis caderas y mi culo de forma descarada.
Me maquillé con esmero: ojos intensos y ahumados, labios rojos y brillantes y me perfumé en todos los puntos estratégicos: cuello, muñecas, entre los pechos, detrás de las rodillas y, especialmente, en la cara interna de los muslos.
Cuando terminé y me miré completa en el espejo del dormitorio, apenas podía creer que esa mujer fuera yo, pues parecía una esposa elegante que se había transformado en una zorra dispuesta a todo y esa imagen que observaba de mí misma me golpeó con tanta fuerza que tuve que sentarme en el borde de la cama.
Respiraba agitada ya que el corazón me latía con violencia y sentía cómo mi sexo palpitaba debajo del diminuto tanga.
Pensé en mi pareja con su sonrisa inocente esa misma mañana cuando me dio un beso de despedida, en la confianza absoluta que el depositaba en mí y una ola enorme de culpa me invadió completamente con lágrimas de vergüenza que asomaban en mis ojos, pero que al mismo tiempo me producía como una especie de excitación tan intensa que me recorría el cuerpo y tenía que apretar mis piernas con fuerza para contener un gemido involuntario.
Esa era la contradicción que me definía: amaba profundamente a mi marido, valoraba la vida tranquila y cariñosa que habíamos construido juntos, pero necesitaba con desesperación esta otra versión de mí misma.
La versión salvaje, libre, sin límites, que solo emergía en mí cuando me entregaba por completo a otros hombres que no eran el.
Finalmente me levanté, cogí mi bolso, metí algunos condones (aunque en el fondo sabía que probablemente no los usaría todos), respiré hondo varias veces y me dispuse a salir de casa.
Durante todo el trayecto en el coche hacia el club mi mente era un torbellino con recuerdos de mis infidelidades anteriores que se mezclaban con fantasías cada vez más explícitas de lo que podría suceder esa noche: imaginándome manos tocándome por todas partes, pollas duras presionando contra mi cuerpo, gemidos anónimos en la oscuridad.
En varios semáforos tuve que detenerme y respirar profundamente porque la excitación era tan fuerte que casi me mareaba.
Cuando por fin llegué al parking del club y vi la cantidad de coches aparcados, las luces tenues de la entrada y gente entrando y saliendo, el corazón se me subió a la garganta por lo que me quedé sentada dentro del coche durante casi quince minutos, con las manos temblando sobre el volante, debatiéndome internamente por última vez.
¿Y si doy media vuelta y vuelvo a casa? Porque la verdad es que realmente nadie me obligaba a entrar, pero en el fondo de mí sabía que ya había tomado esa decisión hacía mucho tiempo.
Y ahora, era mi noche y estaba a punto de descubrir hasta dónde era capaz de llegar cuando decidía soltarme por completo.