Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 84
99%

Capítulo 84

Kim miró fijamente el café que había al otro lado de la mesa, temiendo la conversación que estaba a punto de tener.

Después de llegar a casa a primeras horas de la madrugada del viernes, había pasado el día atando cabos sueltos sobre los acontecimientos gigantescos de los últimos días.

Lo primero que hizo a su vuelta fue ir a visitar a Woody para completarle los detalles del mensaje que le había enviado en el camino de vuelta de Blackpool.

La incredulidad de su jefe dejó paso a la ira y el asco y, finalmente, a la aceptación.

Woody la felicitó por su excelente trabajo, a pesar de que parte de las consecuencias era que su antigua amiga estuviera entre rejas.

Red Butler tenía mucho que resolver. Su mensaje reciente para darle las gracias a ella y a todo el equipo no hizo más que confirmar su opinión de que se había equivocado con él desde el principio.

Aunque no entró en detalles, le había confirmado que las pruebas encontradas en el teléfono de Walker eran condenatorias y probablemente darían lugar a una negociación de una sentencia con la Fiscalía.

No le había hecho ninguna gracia arrestar a su jefa.

Le tenía un gran respeto y se sintió algo aliviado cuando pudo entregarla a los agentes de custodia.

La noticia de su detención aún no había salido en las noticias, pero no pasaría mucho tiempo antes de que su nombre y su reputación quedaran dañadas para siempre.

Kim creyó a Red cuando este admitió que había cometido un error con Jasmine. Había malinterpretado la gratitud de la mujer como interés personal, y el inspector Butler no iba a cometer ese error de nuevo.

Lewis y Noah habían sido devueltos a sus familias tras prestar una declaración detallada.

Aunque en ese momento todavía no se podía demostrar, todos estaban seguros de que las pastillas mencionadas por ambos chicos eran esteroides.

Kim no sabía si el objetivo de los mismos era inducir un mayor nivel de agresividad, pero, por suerte, como habían estado poco tiempo expuestos a las drogas, no sufrirían problemas de salud a largo plazo.

Una vez que Lewis terminó su declaración, Kim insistió en ser ella quien lo llevara a casa.

Vestido con ropa que le quedaba demasiado grande, se sentó en la parte trasera del coche de Bryant, con Kim a su lado, que le puso una mano tranquilizadora sobre el brazo.

Ella sintió cómo el chico estaba cada vez más tenso a medida que se acercaban a la casa y lo entendió.

Por muchas ganas que tuviera de ver a su familia, en parte sabía que habían sido cómplices de su secuestro.

La última vez que estuvo en esa casa, era el enemigo público número uno, una carga que nadie quería soportar.

Aunque ella le había asegurado que Bobby ya no estaba allí, seguía percibiendo que lo invadía la ansiedad.

Tenía doce años y muchos sentimientos intensos con los que lidiar.

—Te han echado de menos —le dijo Kim, apretándole el brazo.

Notó cómo vacilaba un poco cuando Bryant detuvo el coche, pero, en cuanto vio a Shirley abrir la puerta de la casa, Lewis se apresuró a salir del coche y, de los nervios, casi no lograba ni abrir la puerta del mismo.

Kim los vio correr el uno hacia el otro y fundirse en un fuerte abrazo, ambos llorando mientras Lewis enterraba la cabeza en el hombro de su madre.

Kevin se quedó en la puerta, conteniendo a sus hermanos menores, que parecían ansiosos por ir a saludar a su hermano, y la duda que Kim había tenido antes sobre si el hogar era el lugar más adecuado para el niño se evaporó de inmediato.

A pesar de lo que había sucedido, había mucho amor en esa familia.

Aunque disfrutó cada segundo del reencuentro, Kim no pudo evitar pensar en el destino de Josh, y solo daba gracias a Dios por haber encontrado a Lewis y Noah a tiempo.

—¡Eh, ven aquí, mierdecilla! —le gritó Kevin cuando Lewis salió del abrazo de su madre.

Lewis lo obedeció y su hermano mayor lo abrazó con fuerza mientras Shirley lloraba desconsoladamente al verlos.

Kim se colocó al lado de la mujer mientras Lewis se agachaba para abrazar a los pequeños.

—Ahora mismo está feliz y aliviado —le advirtió Kim—, pero mañana o pasado mañana estará enfadado, dolido y decepcionado. Tiene que volver a ganarse su confianza.

Shirley asintió.

—Haré lo que sea necesario —dijo mientras agarraba a Kim del brazo— . Lo he recuperado gracias a usted.

—Cuídelo —respondió Kim—. Y, por el amor de Dios, cómprele al niño unas cerillas.

Shirley sonrió mientras Kim les echaba un último vistazo a todos antes de regresar al coche.

Tenía la mano en la manilla de la puerta cuando sintió un golpecito en la espalda.

Se giró y Lewis la rodeó con los brazos por la cintura y la abrazó con fuerza.

—Gracias —le susurró al oído.

Kim tragó saliva para contener la emoción que le oprimía la garganta.

—Y gracias a ti también —le respondió, dándole un beso en la cabeza.

A Kim le alegró saber que Kevin y su madre ya habían empaquetado todas las pertenencias de Bobby. Su familia tendría ahora un aspecto diferente, pero no dudaba de que se las arreglarían de alguna manera.

Bobby Stevens ya había sido arrestado por obstrucción, y Kim sabía que Red estaba hablando con la Fiscalía con el fin de presentar cargos por tráfico de menores para garantizar una pena de prisión.

Además, estaba haciendo que su equipo investigara más a fondo el robo que provocó que entraran en contacto con la familia.

Todos creían que había sido Bobby quien lo había organizado, y Red estaba decidido a hacer que el hombre pagara por sus delitos.

La intención de Red con respecto a Shirley seguía sin estar clara y sería algo entre él y la Fiscalía, pero Kim esperaba que consideraran que la mujer ya había sufrido lo suficiente.

Estaba segura de que Shirley se iba a pasar el resto de su vida intentando compensar a Lewis por lo que había sufrido.

Red le contó que la madre de Noah se había negado a soltar a su hijo de su abrazo durante por lo menos veinte minutos.

Habían localizado en otros territorios policiales a los padres de los otros cuatro niños a los que habían rescatado, uno de ellos tan lejos como Dumfries.

Todos los niños recuperados estaban ahora a salvo en sus casas, y se había creado un grupo de trabajo para intentar localizar al resto de los miembros de la operación.

A Kim le dolía en el alma saber que aún quedarían niños por encontrar, pero confiaba en que se haría todo lo posible para que cada uno de ellos volviera a casa sano y salvo.

La conversación más difícil del día fue, con diferencia, la que mantuvo con la madre de Josh, que acababa de recoger a su mujer del hospital.

Nadie pronunció una sola palabra mientras ella les explicaba lo que le había sucedido a su hijo en los años transcurridos desde que lo perdieron.

Había intentado omitir los detalles más gráficos en su relato, pero no podía responsabilizarse de los horrores que la imaginación de ambas mujeres pudiera añadir.

No iban a sanar de la noche a la mañana, pero ahora al menos podrían comenzar el proceso.

Y después de compartir con ellas todos los detalles horribles, la familia le dio las gracias. Le dio las putas gracias. Salió de aquella casa luchando contra un montón de emociones.

La última noticia que había recibido de Red era que, tras obtener una orden de registro para la propiedad de Roderick Skidmore, habían entrado en el sótano del que les había hablado la limpiadora.

Habían descubierto una estancia exclusiva repleta de ordenadores, donde encontraron enlaces a la página web de la liga clandestina de boxeo y más de cuarenta mil imágenes indecentes.

Red también tenía una pista sobre la propiedad del pedófilo en Tailandia y, con suerte, no pasaría mucho tiempo antes de que el hombre volviera a estar entre rejas.

A Kim le alegraba ver que Red estaba demostrando ser uno de los buenos.

Cuando llegaron a Blackpool a principios de semana, ninguno de ellos sabía lo que se iban a encontrar con el equipo local.

En diferentes momentos, había dado la sensación de que todos ellos eran corruptos.

Kim incluso había sospechado de su homólogo por asesinato y colusión, pero descubrió que, en realidad, solo se había vuelto complaciente y un tanto perezoso.

Su energía y motivación se habían reavivado y se estaban contagiando a sus agentes.

Cuando Kim se despidió de ellos, tuvo la impresión de que había una especie de corriente eléctrica que los estaba impulsando a actuar.

La inspectora sentía que Red ahora sabía que tenía que cultivar un sentimiento más profundo de confianza dentro de su equipo.

Adil tenía información valiosa sobre Roy, pero no confiaba lo suficiente en su jefe como para compartirla con él.

¿Quién sabe lo que se podría haber evitado si lo hubiera hecho?

Pero a Kim le complació oír a Red dirigirse al joven agente por su nombre de pila en lugar de por su apodo justo cuando ella se marchaba.

Cuando pensaba en Miranda Walker, aún le perduraba el mal sabor de boca.

Había respetado, incluso admirado, a la mujer que había dirigido la parte noreste de la red de peleas ilegales.

Se había identificado con el pasado de aquella mujer: su infancia dentro y fuera del sistema de acogida; su lucha por sobrevivir e incluso destacar en el cuerpo de policía; su determinación por triunfar a pesar del sesgo implícito del sistema.

Lo había superado todo, pero, sin otro motivo más que engrosar su bolsillo.

Walker se estaba escondiendo detrás de su abogado, por lo que no se conocían todavía más detalles sobre cuánto tiempo llevaba formando parte del círculo de peleas o cómo se había establecido, pero Kim esperaba que tanto la investigación criminal como la revisión interna les dieran finalmente todas las respuestas que necesitaban.

Estaba segura de que aquel caso dejaría huella en todos ellos, sobre todo en su amigo Bryant.

Nunca se lo diría directamente a él, pero jamás, en toda su vida, había conocido a un hombre más decente.

No era ajeno a la corrupción en el cuerpo de policía ni ingenuo sobre la vida en general, pero no había rehuido la tarea de hacerse amigo de uno de los hombres más despreciables y crueles que habían tenido la desgracia de conocer.

No estaba segura de que alguien llegara a comprender la enormidad de ese logro, cuando lo único que el sargento quería era darle una paliza a aquel tipo.

Pero Bryant era consciente de que, si no hubiera fingido esa amistad, si no hubiera pasado ese tiempo con él, era posible que nunca hubieran atado los cabos entre la foto del teléfono de Moss y las que tomó el equipo forense.

El sacrificio de Bryant garantizaría que el hombre permaneciera entre rejas el resto de su vida.

Y por eso Kim le había concedido un último deseo antes de abandonar Blackpool.

Mientras ella observaba desde el coche, Bryant llamó a la puerta de la casa de Pippa Jacobs y le aseguró que ya no tenía nada que temer. La mujer casi se derrumbó de puro alivio, y le dio las gracias efusivamente.

Bryant mantuvo una expresión de satisfacción en el rostro durante todo el camino a casa, y así seguiría durante el largo fin de semana que iba a pasar con Jenny.

El silencio continuado de Roy Moss, que también se escondía tras su abogado, significaba que quizá nunca sabrían cómo ni por qué había elegido a Jasmine Swift como su segunda víctima, pero Kim esperaba que Red les diera alguna noticia al respecto en el futuro.

Con todo eso resuelto, a la inspectora solo le quedaba un asunto por resolver. El suyo propio. Esa conversación llevaba mucho tiempo pendiente. Era difícil, pero ya no podía evitarla, y sobre ello estaba reflexionando cuando se abrió la puerta de la cafetería.

Frost le dedicó una amplia sonrisa y la saludó con la mano al acercarse. A Kim se le vino el mundo encima. Era evidente que la periodista no había recuperado todos sus recuerdos mientras Kim había estado fuera.

—¡Hola, amiga! —la saludó Frost, inclinándose para darle un abrazo.

« Ni de coña», pensó Kim, girándose hacia un lado para indicar que la estaba esperando una taza de té.

Frost se sentó y dejó su bolso sobre un asiento libre.

—¿Cómo te ha ido, cuate? —le preguntó Frost simulando una voz de vaquera terrible.

Maldita sea, Kim lo había ensayado mil veces en su cabeza, pero ahora las palabras la habían abandonado. Decidió que no se iría de aquella mesa hasta que Frost supiera la verdad.

—Oye, me alegro de que me hayas llamado, Kim —dijo Frost, rompiendo el silencio—. Han abierto un restaurante nuevo en Sedgley. Me encantaría probarlo. ¿Quieres que vayamos?

Hasta su nombre sonaba raro saliendo de la boca de aquella mujer.

—Escucha, Frost, tenemos que hablar.

—¿Por qué usas mi apellido? —le preguntó ella, frunciendo el ceño—. ¿Desde cuándo no soy Tracy?

Kim protestó interiormente. ¿Cómo demonios iba a hacerle eso a una mujer cuyo cerebro aún no se había recuperado del todo?

La periodista siguió hablando, así que Kim tuvo otro momento de respiro.

—¿Sabes una cosa, Kim? Creo que nunca te he explicado cómo me sentí al tenerte a mi lado cuando salí del coma.

Me sentí segura. De verdad pensé que iba a morir, pero recuerdo que escuché tu voz y fue como si me alejaran del abismo.

Sabía que mi amiga me necesitaba y que tenía que volver, por tu bien.

A Kim comenzó a temblarle una pierna debajo de la mesa. Se sentía la peor persona del mundo por lo que estaba a punto de hacer, pero ¿no era más cruel dejarla creer que eran mejores amigas?

Frost continuó hablando:

—Cada día estoy más agradecida porque estuvieras ahí conmigo, cogiendo mi mano, alcanzándome en la oscuridad para sacarme de ella. Esa es la señal de una verdadera…

—Frost, no somos amigas —espetó Kim.

—¡¿Qué… qué?!

—Lo siento, pero tengo que contarte la verdad.

Nos toleramos la una a la otra, pero a duras penas.

Tu cerebro aún no se ha recuperado del todo, pero nunca hemos salido juntas a tomar algo ni hemos intercambiado recetas o memes.

Me alegro de que tu recuperación vaya por buen camino, pero tienes que saber que no somos mejores amigas, y nunca lo hemos sido.

Kim esperó a ver el dolor en el rostro de Frost, la confusión ante los caprichos de su memoria, la vergüenza por lo que había dado por hecho.

Pero no vio nada de eso. Al contrario, lo que apareció fue una sonrisa auténtica y honesta, que rebosaba diversión sin arrepentimiento.

—Joder, Stone. Te has tomado tu tiempo, madre mía.

Kim se quedó boquiabierta ante el nivel de subterfugio empleado por la periodista. Pero, cuando se unió a las risas de la mujer, tuvo que admitir que, en aquella ocasión, Frost la había engañado de forma impecable.