Capítulo 82
Stacey estaba recogiendo las tazas de café de todos cuando Iris entró en la sala de la brigada, arrastrando la aspiradora detrás de ella.
—Esta noche llegas tarde, Iris —le dijo Stacey al cruzarse con la mujer de camino a la cocina.
—Es mi aniversario, así que he cambiado mi turno —respondió Iris mientras encendía la aspiradora, impidiendo así que Stacey entablara más conversación con ella.
La ayudante de detective fregó las tazas, con la mente puesta en los acontecimientos de la noche. Una vez que el recinto donde había tenido lugar la pelea se hubo vaciado, ni ella ni Steve Ashworth podían hacer ya mucho más.
El periodista había sido de gran ayuda y, entre los dos y Adil, habían conseguido anotar las matrículas de todos los vehículos que salieron del recinto.
Les había sorprendido la cantidad de modelos de coches de lujo que habían visto, lo que indicaba que se trataba de un deporte lucrativo que atraía a muchos espectadores adinerados.
Ashworth se había ofrecido a llevarla a ella y a Adil de vuelta a la comisaría de Blackpool y, como no tenía más instrucciones, ella había aceptado.
Se había imaginado que el viaje de vuelta iba a resultar incómodo, dado que ese tipo había intentado destruir la reputación de su jefa.
En realidad, había sido un compañero de viaje agradable que, tras admitir que se había equivocado con respecto a Kim, la había entretenido con historias divertidas sobre algunas de las celebridades de segunda fila con las que había tratado a lo largo de los años.
Stacey se dio cuenta de que ese hombre no había sido el único en cometer un error.
Los dejó en la comisaría y les aseguró que no divulgaría ningún detalle de aquella operación no oficial.
Ahora se centraría en ayudar a la policía a descubrir y desenmascarar al resto de los integrantes de la red clandestina de peleas y en devolver a todos los demás niños a sus familias. Ella le creyó.
Adil se había ido a su casa para esperar instrucciones de Red, y ella subió las escaleras para volver a la oficina.
En aquel momento, recibió una llamada de Penn, que la puso al corriente de todo.
Seis niños pequeños estaban ahora a salvo y nunca más se verían obligados a pelear.
Aún no se había hecho ninguna llamada, pero Stacey sintió una alegría inmensa al pensar que había seis familias que estaban a punto de recibir un regalo de Navidad anticipado.
También le habían dicho que la jefa se había marchado a toda prisa hacia algún sitio, dejando a Bryant y Penn en el lugar de los hechos.
La ayudante de detective no tenía ninguna duda de que alguien la recogería en cuanto pudieran regresar a casa con seguridad.
Mientras tanto, terminaría su declaración y llamaría a Devon.
Cuando regresó a la sala de la brigada, Iris había dejado de pasar la aspiradora y ahora estaba pasando su plumero de confianza sobre los escritorios.
La mujer tarareaba con una sonrisa en el rostro.
—¡Fue usted! —exclamó Stacey, acercándose a la mujer.
—¿Cómo dice? —preguntó Iris. Debería haber fruncido más el ceño si quería que Stacey se creyera su gesto de confusión.
—Usted nos dejó la lista de nombres debajo de mi teclado.
Iris se encogió de hombros.
—No sé de qué…
—Usted es invisible, Iris —dijo Stacey, sentándose en el borde del escritorio de Roy—.
Oye cosas, ve cosas, pero nadie se fija en usted.
—Stacey hizo una pausa cuando lo comprendió todo—.
Los avisos también fueron cosa suya. Llamó a la línea anónima para quejarse de comportamientos inapropiados, ¿verdad?
Iris negó con la cabeza y siguió limpiando el polvo.
—¿Sabe lo que ha pasado aquí hoy? —le preguntó Stacey, dando unos golpecitos en el escritorio en el que estaba sentada.
—He oído rumores.
—Entonces, debería ser consciente de que jamás habríamos sabido lo despreciable que es Roy Moss sin esa lista de nombres y de que nunca nos habrían traído hasta aquí de no haber sido por esas llamadas anónimas.
Stacey volvió a hacer una pausa. Iris dejó de limpiar el polvo.
—También debería saber que Roy Moss nunca volverá a tener la oportunidad de hacerle daño a nadie.
—Gracias a Dios —dijo Iris en voz baja. Por primera vez, miró directamente a Stacey a los ojos—. Podría perder mi trabajo. He firmado documentos, y si alguien pensara que…
—Lo que pasa con las teorías es que, sin pruebas, es mejor dejarlas en tu cabeza —dijo Stacey, que ya había decidido que se guardaría aquella información para sí misma. Ni siquiera el resto de su equipo tenía por qué saberlo. Roy Moss estaba entre rejas y jamás volvería a saborear la libertad.
Antes de guardar lo que acababa de descubrir en una caja fuerte bien sellada en su mente, solo había una cosa más que quería decir.
—Iris, gracias por confiar en que haríamos lo correcto.
La mujer sonrió y siguió con lo suyo.