Capítulo 81
Kim abrió la puerta del corral en el que había objetos almacenados y entró en él.
Cogió algunas cosas que le podían servir y volvió a salir, agachándose para que no la vieran en la oscuridad mientras se dirigía hacia la furgoneta. Empezando por el lado más alejado del edificio, insertó un clavo en cada neumático y luego se quedó quieta.
En aquel vehículo no iba a escapar nadie.
No se oía ningún ruido en la parte delantera de la casa, así que ató un trozo de cuerda a la tubería más cercana a la furgoneta y luego se arrastró hasta colocarse justo delante de las ventanas y de la puerta principal.
Levantó la cuerda a treinta centímetros del suelo y la ató al canalón del lado oeste de la casa.
Miró todo el recorrido de la cuerda. Perfecto.
Luego corrió de vuelta al granero y abrió la puerta.
—¿Listos? —preguntó mientras se acercaba al grupo de chicos, que iban vestidos solo con calzoncillos. Todos ellos, excepto Lewis, tenían aún un aro metálico atado a las muñecas. Lewis había tenido el sentido común de cortar su cadena por el punto más estrecho para ir más rápido.
Seis pares de ojos la miraban, y todos estaban temblando de frío. Sus miradas brillaban en la noche con una mezcla de miedo y esperanza. Kim quería envolverlos a todos en mantas, pero la prioridad era ponerlos a salvo.
—Lewis, necesito que los saques de aquí. Alejaos del granero y escondeos. No salgáis hasta que te llame o hasta que oigas las sirenas. ¿Puedes hacerlo?
Lewis asintió enfáticamente y sacó a los otros chicos del granero.
Kim miró hacia la casa. Al observar a través de las ventanas, era evidente que seguía habiendo actividad en el interior, y tanto el hombre como la mujer se habían vuelto a poner las chaquetas.
Su regreso al granero era inminente, pero tenían que hacerlo de la forma que a ella más le convenía si quería tener alguna oportunidad.
Tenía que ponerlos en desventaja y mantener el elemento sorpresa y la confusión.
Cogió el bidón de combustible y los encendedores que había visto en el granero y vertió el combustible en los dos primeros corrales.
Le habría gustado rociar todos los corrales en los que habían tenido cautivos a los niños. Sí, estaría destruyendo pruebas, pero había visto con sus propios ojos las condiciones en las que los habían mantenido.
Después de prenderles fuego a ambos corrales, salió corriendo del granero, con cuidado de dejar la puerta ligeramente abierta.
Se agachó en el lado oeste del granero y esperó.
En cuestión de segundos, el olor a humo comenzó a impregnar el aire.
Lo que parecía una estructura hermética no lo era en absoluto, y Kim se dio cuenta de ello cuando comenzó a brotar humo por las rendijas del techo.
Podía sentir los latidos de su corazón en el pecho mientras esperaba, agarrando con fuerza el martillo que tenía en una mano.
Cinco segundos después, oyó que se abría la puerta de la casa y exclamaciones muy urgentes.
Tal y como había planeado, ambos cayeron al suelo al tropezar con la cuerda tensada. Un truco viejo, pero eficaz al fin y al cabo.
—¡Joder! —gritó el hombre—. ¿Qué coj…? ¡Vamos, vamos, vamos! —gritó, pensando que sus vales de comida todavía estaban dentro del edificio en llamas.
La mujer se puso de pie de un salto y pasó corriendo junto a Kim, que seguía agazapada entre las sombras. Estaba totalmente concentrada en las llamas que salían de la puerta del granero.
Kim giró rápidamente en la esquina y se abalanzó sobre el hombre, que ya estaba intentando ponerse de pie.
El hombre se cayó de nuevo y aterrizó de lado.
Kim era inmune a sus gritos, ya que estaba muy centrada en lo que tenía que hacer.
Le dio un martillazo en el tobillo derecho y oyó cómo se rompían huesos tras el golpe.
Levantó el martillo de nuevo, pensó en los seis chicos que habían estado en el granero y le dio otro golpe en la rótula izquierda, dejándole ambas piernas incapacitadas.
El hombre gritó de dolor y se agachó, tratando de localizar sus dos lesiones. Cada movimiento le provocaba un aullido de agonía. Kim estaba segura de que no podría ir a ninguna parte.
—¿Qu… quie… quién… coj…?
—Tu peor pesadilla —siseó la inspectora, que metió una mano en el bolsillo de la chaqueta del hombre. Estaba vacío. Probó con el otro. Bingo. Cogió su teléfono y se lo guardó. Ahora no podía escapar ni tampoco llamar a nadie para pedir ayuda.
Uno menos. Faltaba la otra.
Kim se dio la vuelta y se retiró cuando su cómplice regresó del granero.
—Tom, los chicos no están… —Las palabras de la mujer se apagaron cuando vio a su compañero retorciéndose y gritando en el suelo.
Kim salió de las sombras.
Una evaluación rápida le indicó que la mujer tendría entre treinta y treinta y cinco años y el pelo corto y rubio pajizo. Le resultaba familiar de alguna manera. Kim tuvo la sensación de que la había visto antes.
Se olvidó de esa idea y se acercó rápidamente hasta ella con el martillo aún agarrado en la mano, pero la mujer fue rápida y se tiró al suelo, fuera del alcance del arma. Rodó contra las piernas de Kim, haciéndola caer al suelo y provocando que se le resbalara el martillo de las manos.
La mujer dudó un poco sobre si tratar de alcanzar el arma, lo que le dio a Kim la opción de intentar levantarse.
Pero el martillo estaba fuera de su alcance, y la mujer se lo pensó mejor y decidió empujar a Kim de nuevo al suelo.
La inspectora sintió que se le cortaba la respiración cuando la mujer le dio un puñetazo en el estómago, uno fuerte.
Kim se retorció y trató de resistirse, pero la mujer le clavó las rodillas en las costillas. La inspectora daba puñetazos y patadas al aire, pero no conseguía golpear a la mujer.
Recibió otro golpe en el esternón, que le provocó que hasta le diera vueltas la cabeza.
De nuevo, intentó quitarse a la mujer de encima y desequilibrarla, pero sus rodillas se le clavaron con más fuerza.
La mujer se inclinó y le rodeó el cuello con ambas manos.
Kim se retorció y comenzó a mover la cabeza de un lado a otro, pero los dedos la sujetaban con fuerza justo en la parte superior de la garganta.
—¡Haz… hazlo! ¡Aca… acaba con ella! —gritó Señor, que intentaba arrastrarse por el suelo.
Kim sintió que las manos de la mujer le apretaban la garganta cada vez con más fuerza. Intentó tomar aire, pero no le llegaba a los pulmones por el estrangulamiento.
« Vamos, Bryant —rezó en silencio—. Si alguna vez quisiste ser un héroe, este es tu momento » .
Justo cuando a Kim se le estaba comenzando a nublar la vista, escuchó el sonido de pasos sobre la grava. Muchos pasos.
—¡Cogedla! —gritó Lewis desde la oscuridad.
De repente, aparecieron manos y pies de la nada: agarraban a la mujer, la golpeaban y la pateaban.
Kim sintió que la presión se liberaba de su cuello y comenzó a toser.
La mujer estaba bocarriba, con las manos sobre la cara, revolviéndose en el suelo e intentando en vano evitar los golpes que le llovían desde arriba por parte de seis chicos enfadados que, milagrosamente, habían encontrado el ánimo para luchar.
Kim fue a abrir la boca para pedirles que pararan justo cuando vio los faros de un coche acercándose por el camino. Una sirena en la distancia le indicó que estaba a salvo, aunque los chicos se reunieron instintivamente a su alrededor, dejando a la mujer tirada en el suelo, gimiendo.
—Tranquilos —les dijo a los chicos para tratar de calmarlos, al ver que conocía la matrícula del coche—. Vienen conmigo.
Bryant aparcó y salió corriendo hacia ella a pesar de su reciente lesión.
—¿Te has parado a tomar un café por el camino? —le preguntó Kim.
El sargento señaló el humo que salía del granero.
—Me equivoqué de camino en algún momento, pero he visto eso y he pensado que llevaba tu nombre escrito.
La inspectora asintió en señal de comprensión.
—¿Estáis bien? —le preguntó Bryant, mirando también a los niños.
—Estamos todos bien —respondió Kim, apretando el brazo de Lewis.
Penn se acercó y ambos hombres comenzaron a quitarse las chaquetas y los jerséis para dárselos a los niños. La mayoría de ellos aceptaron la ropa, pero Lewis se inclinó aún más sobre ella.
—Tranquilo, cielo —le dijo Kim, dándole una palmadita en el hombro—. Puedes confiar en estos hombres. Ellos os van a cuidar.
Lewis se acercó a Bryant, que estaba sacando una chaleco reflectante del maletero del coche.
Un movimiento a su derecha llamó la atención de Kim.
La mujer estaba metiéndose una mano en el bolsillo trasero.
Kim le apartó la mano y cogió el teléfono.
Al hacerlo, la pantalla se iluminó con una llamada entrante.
Kim se quedó mirando el teléfono, que sonó durante unos largos segundos. Luego, levantó la vista hacia su compañero, que estaba esperando a ver qué pasaba. Las últimas piezas del puzle acababan de encajarle. Por fin tenía la prueba que había perseguido.
—Bryant, voy a coger el coche. Mándale un mensaje a Red inmediatamente. Esto es lo que quiero que le digas.