Capítulo 80
Al principio, Kim no tenía ni idea de por qué se había detenido la furgoneta. No sabía si estaban en un semáforo, en un ceda el paso o en un cruce. En cualquier caso, le envió un mensaje a Bryant.
El motor del vehículo seguía en marcha y alguien se había bajado. ¿Estarían comprando algo en una tienda? A esas horas tan tardías, lo más probable era que se tratara de una estación de servicio, pero Kim no detectaba el característico olor a gasolina.
Unos segundos después, la furgoneta volvió a avanzar un poco y luego se detuvo otra vez, y la persona que se había bajado se subió de nuevo a la parte delantera. No había pasado suficiente tiempo como para que nadie comprara nada.
Kim cayó en la cuenta de que esa persona se había bajado para abrir y cerrar una verja.
Ya habían llegado, pero, como no sabía qué distancia había entre la verja y el edificio, no se atrevía a enviar otro mensaje. Se guardó el teléfono en el bolsillo y sintió que Lewis se apoyaba contra ella. «Ya no falta mucho, amigo » , pensó, y le puso una mano en la espalda para tranquilizarlo.
La puerta de la furgoneta se abrió y Lewis se deslizó hacia delante despacio, permitiendo que los otros dos chicos salieran antes que él.
—Cierra la puerta —le dijo la mujer a Lewis.
El chico obedeció y empujó la puerta para cerrarla, pero sin echar el cerrojo.
Menos mal que la inspectora había advertido a Lewis de su presencia allí. La rápida decisión que había tomado el chico de ponerse delante de ella y no echar ahora el cerrojo de la puerta de la furgoneta le había dado a Kim alguna opción.
La inspectora se quitó la manta y se tomó un momento para respirar aire un poco más limpio.
Luego se movió lentamente hacia las puertas de la furgoneta, con cuidado de no hacer nada que pudiera mover el vehículo. Esperó y escuchó para no abrir la puerta demasiado pronto.
En cuestión de un par de minutos, se hizo el silencio.
Kim no tenía ni idea de lo que habría en el exterior. Una ráfaga de aire frío le indicó que la furgoneta estaba aparcada en algún lugar al aire libre y no en un garaje. Pero ¿estaría en una posición en la que la verían en cuanto abriera la puerta?
Decidió abrirla solo unos centímetros y vio el edificio. La última capa de pintura blanca del mismo se estaba descascarillando y había un canalón que bajaba por la pared.
La inspectora esperaba haberle dado suficientes detalles a Bryant y dudaba sobre si debía limitarse a quedarse quieta y esperar.
Si hubiera tenido más cobertura, le habría enviado a su compañero una ubicación exacta de Google Maps, pero sabía que, si lo intentaba, no le iba a llegar y solo estaría perdiendo un tiempo que no tenía.
Kim comenzó a visualizar a Lewis atado como si fuera un trozo de carne.
Esa imagen la impulsó a actuar.
Empujó la puerta poco a poco hasta que hubo un hueco suficiente para colarse, luego se bajó del vehículo y se agachó entre las sombras.
La furgoneta estaba aparcada en una granja que tenía una casa de campo de dos plantas.
Solo había una ventana pequeña en el piso superior, que Kim supuso que estaba en el rellano de la escalera.
La inspectora avanzó centímetro a centímetro por la parte delantera de la casa, con sumo cuidado para pisar con suavidad la grava.
Las ventanas delanteras estaban sucias y el doble acristalamiento había perdido su efecto, lo que provocaba que los cristales estuvieran empañados.
Se arrastró por debajo de las ventanas hasta el otro lado de la propiedad.
En el lado oeste de la casa había un granero con puertas metálicas.
Al no ver ningún otro edificio, cruzó con rapidez los aproximadamente diez metros que lo separaban de la casa.
Una vez en las puertas, se detuvo un momento y escuchó.
Aunque las luces de la casa estaban encendidas y podía ver movimiento en el interior, los únicos sonidos que llegaban a sus oídos provenían del interior del granero.
Escuchó un llanto suave y ahogado y luego un susurro estridente que le decía al niño que lloraba que se callara.
Echó otro breve vistazo a las ventanas de la casa y vio dos siluetas moviéndose por la cocina. Mientras solo hubiera dos captores, ella podría entrar en el granero sin peligro.
Kim entreabrió la puerta y vio que las luces estaban encendidas. Eso probablemente significaba que los secuestradores aún no habían terminado con los chicos, por lo que tenía muy poco tiempo para idear un plan.
Abrió la puerta por completo, rezando para que no crujiera y la delatara.
Entró y volvió a cerrarla con mucho cuidado.
No había ventanas en el granero y de inmediato la golpeó un hedor insoportable.
El espacio le recordaba a un establo viejo.
Toda el área estaba dividida en corrales.
Cuatro a cada lado con un pasillo en el centro.
El primer corral a su izquierda contenía provisiones de comida, latas y cereales.
En el corral que quedaba a su derecha había herramientas, madera, cuerdas, restos de tocones y láminas de contrachapado.
Dio unos pasos hacia delante y escuchó una voz gritar en voz baja, aterrorizada. El niño ni siquiera la había visto, pero tenía miedo porque alguien se estaba acercando. ¿Qué les habrían hecho esos cabrones a los niños? Kim trató de contener su ira, al menos hasta que necesitara usarla para algo.
Dos pasos más y se encontró entre los dos corrales siguientes.
Ambos niños estaban acurrucados en los rincones más alejados de sus corrales, que estaban llenos de paja.
—Tranquilos —susurró—. He venido a ayudaros. Soy policía.
Uno de los niños se giró hacia la pared, pero el otro la miró con recelo.
Kim siguió avanzando hacia los dos corrales siguientes.
Al igual que los anteriores, estaban llenos de paja. Allí también vio a dos niños. Una vez más, la invadió el hedor a orina y heces.
Se llevó los dedos a los labios al pasar, en el típico gesto de pedir silencio. Kim se dio cuenta de que lo normal era que estuvieran haciendo más ruido. Era evidente que les habían inculcado que debían permanecer callados.
Cada vez iba acumulando más rabia. Estaban como perros en una perrera, aterrorizados, destrozados por dentro…, pero a los perros de una perrera por lo menos se les permitía ladrar, joder.
Se acercó a los dos últimos corrales.
A su izquierda, se sintió aliviada al ver a Noah, que se había acercado todo lo que le permitía su cadena.
—Tranquilo, Noah —murmuró, llevándose de nuevo el dedo a los labios.
A su derecha, en el último corral, ya colgado con los pies a medio metro del suelo, estaba Lewis.
A sus pies yacía el cadáver de un cerdo muerto.
Kim sintió un nudo de emoción en la garganta cuando abrió la puerta de ese corral. Pasó por encima de la carne en descomposición del animal y alcanzó el nudo que ataba las muñecas de Lewis por encima de su cabeza.
No era complicado, pero él no podía alcanzarlo de ninguna forma.
—Ya te tengo —le dijo, bajándolo al suelo.
—Nunca me habían hecho eso antes.
Y Kim sabía exactamente por qué. Habían decidido que Lewis ya no podía ganar peleas y hacerles ganar dinero. Ahora, lo único para lo que les servía ese chico era para sustituir al cerdo.
—Tranquilo, Lewis. Te juro que nunca volverán a hacerte daño, pero necesito que me ayudes, ¿vale?
Lewis asintió con entusiasmo. Ella deseaba con todas sus fuerzas consolar a ese niño maltratado que aún estaba dispuesto a confiar en una desconocida, pero tenían que salir de allí.
—¿Son solo ellos dos?
—Creo que sí. Los llamamos Señor y Señora, y yo no he visto a nadie más.
—¿Van a volver aquí esta noche?
Lewis asintió.
—Señor vendrá pronto con la cena. Tostadas frías y mermelada.
No iban a tardar demasiado tiempo en preparar aquello, así que la inspectora sabía ahora que no podía limitarse a esperar. La descubrirían y no tendría ninguna oportunidad contra ellos.
No podía enfrentarse a los dos en la casa, pero tampoco podía arriesgarse a que se escaparan.
Tenía que obligarlos a salir como a ella más le conviniera.
—Bueno, estoy esperando a que vengan mis amigos, pero primero tengo que hacer algunas cosas. Hay unas cizallas en el primer corral. ¿Tienes fuerzas para liberar a los otros chicos y llevarlos hasta la puerta?
A pesar de la paliza que había recibido un rato antes en el ring y de sus numerosas lesiones, el chico asintió enérgicamente. A Kim le dieron unas ganas enormes de abrazarlo con todas sus fuerzas, pero no tenía tiempo.
—Vamos, hazlo —le dijo antes de volver al principio del granero.
Eran dos contra uno. Tenía que pensar rápido si quería salir viva de aquello.