Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 79
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Capítulo 79

—¡Mierda! —exclamó Bryant, que giró a la izquierda y dejó que la furgoneta gris se alejara hasta desaparecer de su vista.

Las instrucciones de la jefa habían sido claras. No debían hacer nada que pudiera poner en peligro que ella llegara hasta el lugar donde estaban retenidos los chicos.

—¿Y ahora qué? —preguntó Penn, aún con el teléfono de Bryant en la mano.

Este se detuvo a un lado de la carretera.

—Lo único que sabemos es que el trayecto dura entre treinta y cuarenta minutos y que el sitio quizá esté cerca de una estación de tren —resumió Bryant, refiriéndose a las pistas que les había enviado la jefa.

Penn sacó su teléfono, pero Bryant sabía que estaban demasiado lejos como para delimitar posibles ubicaciones. Solo habían pasado quince minutos de los treinta o cuarenta que podría durar el trayecto.

—Mierda, hay demasiadas opciones —dijo Penn, mirando un mapa de la zona.

—¿Cómo diablos vamos a…?

Bryant dejó de hablar cuando su teléfono se iluminó. Era un mensaje de la jefa.

Una sola palabra.

Izquierda.

Bryant sonrió mientras la furgoneta se seguía alejando.

Ahora había más espacio entre ellos, y la jefa les estaba dejando migas de pan para que pudieran seguirla.

Retrocedió hasta la carretera que acababan de dejar y siguió avanzando por ella.

Casi oculto a la vista había un giro a la izquierda. Lo tomó.

—Otra vez izquierda —le indicó Penn.

Bryant no tomó el siguiente giro a la izquierda. Eso habría provocado que se pusieran a dar vueltas en círculo. Tenía que intentar medir bien el tiempo entre mensajes para averiguar a qué giro se iba refiriendo Kim en cada momento.

Sí que tomó el siguiente giro que apareció a la izquierda y se mantuvo dentro de los límites de velocidad establecidos, seguro de que la furgoneta haría lo mismo. Su conductor no podía permitirse llamar la atención.

—De momento, no tengo nada más —dijo Penn, con ambos teléfonos en su regazo.

—Eso debe significar que sigamos adelante —respondió Bryant, suponiendo que la jefa solo enviaría mensajes cuando hubiera información útil para él.

—Esta carretera tiene unos once kilómetros y nos lleva a través de un pueblo pequeño llamado Mereclough.

—¿Tiene estaciones de tren? —preguntó Bryant, procurando no superar el límite de velocidad. No quería alcanzar a la furgoneta, aunque tampoco que se alejara demasiado.

Penn negó con la cabeza.

Condujeron en silencio durante los siguientes kilómetros. Bryant calculó que llevaban casi veinticinco minutos en la carretera.

—¡Derecha! —exclamó Penn cuando el teléfono se volvió a iluminar.

Bryant trató de estimar bien los tiempos e ignoró el siguiente giro a la derecha.

La siguiente opción para girar a la derecha era un semáforo situado en el centro de la localidad de Todmorden.

Giró.

Penn siguió haciendo el seguimiento con su teléfono.

—Esta carretera lleva a un pueblo llamado Walsden.

—¿Tiene estación de tren? —preguntó Bryant, repitiendo su pregunta anterior.

—Sí, justo al otro lado del pueblo.

Bryant esperaba que estuvieran yendo por el camino correcto.

—¿Qué hay más allá? —preguntó.

—¡Detenidos! —gritó Penn.

Bryant no tenía ni idea de si eso significaba que la furgoneta había llegado al destino o si se habían parado a repostar combustible o por alguna otra razón.

—Más allá hay otro pueblo con una estación de tren.

—No pueden estar muy cerca de los pueblos —sugirió Bryant—. La gente de los pueblos pequeños se conoce entre ella y sabe de los asuntos de los demás.

—La distancia entre los dos pueblos es de seis kilómetros —explicó Penn.

Seis kilómetros de campo, teniendo que registrar todas las propiedades a ambos lados de la carretera.

Bryant rezó para que la jefa lograra dejarles una miguita más antes de quedarse completamente sola.