Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 78
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Capítulo 78

Kim no sabía cuánto tiempo más podría soportar aquel hedor.

Red la había ayudado a acceder a la parte de atrás la furgoneta, donde había encontrado una manta oscura y húmeda con la que cubrirse. Se había colocado lo más lejos posible de las puertas para evitar que la vieran al abrirlas.

Una vez en posición, cayó en la cuenta de que a su equipo le parecería rara su ausencia, así que le envió un mensaje breve a su compañero para asegurarle que todo iba bien.

No quería que Bryant actuara de forma impulsiva y temeraria e hiciera algo que pudiera poner en peligro el único plan que se le había ocurrido.

Después de enviarle el mensaje, se quedó completamente inmóvil bajo una manta que la estaba asfixiando. El olor a sudor, sangre y orina le estaba provocando náuseas, pero no podía arriesgarse a asomar la cabeza.

El silencio que rodeaba la furgoneta se vio de repente interrumpido por el sonido de unos pasos sobre la grava y de algo que estaba siendo arrastrado.

De repente, las puertas se abrieron de golpe.

—Espera aquí hasta que terminemos —dijo una voz femenina.

Kim no se atrevió ni a respirar mientras metían de un empujón a alguien dentro de la furgoneta. Luego, la puerta volvió a cerrarse de golpe.

Se quedó completamente quieta durante un minuto, tras descubrir un detalle importante. La poca luz que se escapaba del recinto no llegaba hasta donde ella estaba tumbada. Eso le daba una opción de éxito.

El chico que habían metido dentro se había desplazado hacia el lado derecho de la furgoneta.

Kim podía sentir su proximidad. Tenía la sensación de que, si se desplazaba un poco más hacia la derecha, le tocaría los pies.

Escuchó lo que en un primer momento le pareció una nariz congestionada, como si el chico estuviera resfriado.

Tardó apenas un segundo en darse cuenta de que no se trataba de un resfriado.

El chico estaba tratando de contener las lágrimas.

Kim intentó no respirar siquiera mientras trataba de decidir qué era lo mejor que podía hacer. Si permanecía en silencio, él podría descubrirla en cualquier momento. Si eso sucedía cuando los secuestradores estuvieran ya de vuelta, mal asunto.

No tenía más remedio que tomar riesgos.

—¿Lewis? —susurró.

El chico gritó asustado y se acurrucó contra el metal de la furgoneta cuando ella se quitó la manta de encima.

Kim había acertado. El niño en el que llevaba pensando toda la semana estaba hecho un ovillo contra las puertas traseras de la furgoneta. Parecía completamente petrificado.

—Tranquilo, Lewis. Llevo tiempo buscándote —le dijo, acercándose despacio a él.

La inspectora se iluminó a sí misma con la luz de su teléfono, rezando para que el chico comprendiera que ella pertenecía al grupo de las personas buenas.

—Vamos a sacarte de aquí —le susurró.

El miedo brilló en los ojos del crío, que levantó las rodillas por delante de su cuerpo y se agazapó aún más en la esquina. A Kim le recordó a un perro maltratado y herido en un refugio para animales.

Se acercó lentamente a Lewis, utilizando el teléfono para iluminar su camino.

A la inspectora no le importaba lo grande y fuerte que hubiera sido el chico en el pasado. Ahora era un niño de doce años aterrorizado que tardaría mucho tiempo en confiar en cualquier extraño.

Ella extendió la mano y le tocó un brazo.

Él dejó escapar un pequeño grito de miedo.

—Te lo juro, Lewis. Soy policía y te voy a llevar a casa.

El chico negó con la cabeza.

—En mi casa ellos… no… quieren…

—Bobby se ha ido de tu casa, cariño. Tu madre y Kevin te quieren mucho y quieren que vuelvas.

Lewis dejó de temblar y una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

Instintivamente, Kim extendió el brazo y atrajo al chico hacia ella.

Lewis apoyó la cabeza sobre sus hombros y la inspectora sintió cómo su cuerpo temblaba, fruto del llanto desconsolado.

La inspectora habría permanecido en esa posición todo el tiempo que el crío necesitara, pero los secuestradores podían regresar en cualquier momento.

—Lewis, necesito tu ayuda. ¿Puedes decirme algo del lugar en el que te tienen retenido?

Él apartó la cabeza y se secó los ojos con las manos.

—Es un establo. Estamos encadenados, y solo nos sacan para ir al baño y para entrenar.

Kim tuvo que apartar de su mente la imagen de Josh.

—¿Sabes cuánto tiempo has tardado en llegar hasta aquí?

—Treinta, cuarenta minutos —respondió, encogiéndose de hombros.

En la parte trasera de una furgoneta tan oscura, la percepción del tiempo era prácticamente inexistente.

—¿Recuerdas haber oído algún ruido allí?

—Un tren, frenando y después acelerando.

«Una estación», pensó Kim, probablemente a menos de dos kilómetros del establo.

No había forma de que el crío supiera las horas exactas a las que pasaban los trenes. Probablemente solo podría distinguir entre el día y la noche.

—¿Cuántas veces al día?

—Unas cuantas. Quizá diez.

—Y el lugar en el que…

—Ya vienen —alertó Lewis al escuchar el sonido de varios pasos sobre la grava. Esta vez eran más. Otras voces gritando, pero también coches arrancando.

Kim se apresuró a colocarse en su posición en la parte trasera de la furgoneta y se cubrió con la manta. Rezó para que nada la delatara.

Cuando alguien giró la manija de la puerta, Lewis se deslizó hasta colocarse delante de ella. En silencio, le dio las gracias mientras el chaval acomodaba la espalda contra su estómago.

Si alguien mirara hacia el interior de la furgoneta, lo primero que vería sería a Lewis.

—Subid —oyó decir a la mujer—. Sois todos unos inútiles de mierda.

La furgoneta se balanceó de lado a lado cuando otros dos chicos se subieron.

Kim percibió que cada uno de ellos se había colocado a un lado del vehículo, mientras que Lewis permanecía delante de ella, protegiéndola de la vista de los demás. Pensó en hablar con los otros chicos, pero no podía arriesgarse a que sus reacciones la delataran.

Bajo la protección de su abrigo y la manta, sacó su teléfono. La pantalla se iluminó. Le envió un mensaje a Bryant diciéndole que ya iban a salir y luego sujetó el teléfono con fuerza mientras dos personas se subían a la cabina de la furgoneta.

—Bueno, esto ha sido una puta mierda —dijo la voz femenina mientras arrancaba el motor—. El jefe no va a estar contento.

—Había cuarenta mil libras apostadas por Lewis —respondió la voz masculina.

—Tres derrotas en una noche. Estamos jodidos —se quejó la mujer.

Kim escuchó atentamente mientras la furgoneta daba marcha atrás.

La mujer suspiró.

—Lewis está acabado. Cuélgalo cuando volvamos.

A Kim se le revolvió el estómago, consciente de lo que eso significaba. El niño que acababa de llorar en sus brazos iba a convertirse en un saco de boxeo.

Cerró los ojos y deseó que todo el mundo hubiera seguido las instrucciones y estuviera ya en sus puestos.

Visualizó la parte del trayecto que ya conocía y sintió que la furgoneta giraba a la izquierda al final del camino de tierra.

Casi un kilómetro más adelante, giró a la derecha y se dirigió hacia la carretera principal, donde Bryant debía estar esperando.

Se oían gemidos y quejidos ocasionales de los chicos cuando el vehículo tomaba las curvas o pasaba por baches.

Las personas que iban en la cabina guardaron silencio y Kim se concentró en intentar no moverse y seguir bien escondida detrás de Lewis, sin soltar el teléfono de la mano.

Calculó que llevarían entre diez y doce minutos de viaje cuando la voz masculina volvió a hablar.

—Oye, mira ese coche de detrás. Lleva…

Kim no necesitó escuchar nada más. Encendió su teléfono y le escribió una palabra a su compañero. Era un mensaje muy sencillo.

Aléjate.