Capítulo 75
Cuando se estaban acercando ya a Burnley, Red llamó para decirles que estaban justo detrás y que había un coche entre ellos.
Kim le informó de la presencia del periodista y el inspector le explicó a ella que no había podido acercarse a la inspectora jefa. Ella estaba trabajando duro para retrasar el anuncio sobre Roy y preparándose para cuando se conociera la noticia.
En aquel momento, no había ninguna operación oficial y estaban los ocho solos.
Kim se sintió más tensa cuando el navegador del coche les indicó que estaban a solo unos kilómetros del código postal que Penn había localizado.
Habían estado en silencio durante la mayor parte del viaje de unos sesenta y cinco kilómetros hasta Burnley, ya que Bryant se había concentrado en conducir. Las autopistas los habían ayudado a rodear Preston y Blackburn, y ahora se encontraban al otro lado de Burnley, conduciendo bajo la oscuridad.
Las carreteras se habían vuelto más estrechas, con setos a ambos lados, lo que impedía cierta visibilidad a Bryant. Tanto Stacey como Penn estaban utilizando Google Maps para poder ver imágenes diurnas de la zona.
—Nos estamos acercando al código postal —dijo Penn.
—¿Stace? —preguntó Kim.
—Todavía nada.
Kim sabía que los códigos postales abarcaban unas doce propiedades, pero en el lugar en el que estaban eso podía significar varios kilómetros. Hacía casi un kilómetro y medio que no veían ningún tipo de edificio.
—Reduce la velocidad —dijo Stacey—. Hay algo a la izquierda.
Bryant redujo a veinte kilómetros por hora.
—No, solo es una granja —explicó la ayudante de detective—. Sigue.
Bryant aceleró, pero no mucho.
En el coche todos tenían la sensación de estar cada vez más cerca.
—Vuelve a reducir la velocidad —dijo Stacey—. Esta vez a la derecha. A unos ochocientos metros. Un edificio solitario al final de un camino de tierra.
Se hizo el silencio en el coche hasta que Bryant se detuvo en el siguiente hueco que se abría entre los setos.
Kim se bajó del coche y Red aparcó detrás. Un tercer coche se detuvo detrás de él.
Steve Ashworth había conseguido seguirles.
Kim se encontró con una verja rural cerrada con un candado. El camino de tierra tenía casi un kilómetro de largo, pero era recto y parecía conducir hasta un único edificio, que parecía algo así como un establo o un granero.
—¿Ves eso? —le preguntó Kim a Red, que había aparecido a su lado.
—Luces y coches, muchos.
—¿Por qué? —preguntó Kim.
—Exacto —asintió el inspector.
Kim tuvo la seguridad de que estaban en el lugar correcto.
—Tenemos que echar un vistazo más de cerca —afirmó, poniendo un pie en el primer listón de la verja.
Bryant intentó seguir su ejemplo.
—No, tú no —lo instó Kim. Con la cojera que aún padecía, nunca lograría cruzar la verja, por no hablar de la caminata de casi un kilómetro hasta el edificio.
Red siguió el ejemplo de la inspectora y comenzó a escalar la verja.
Kim no pudo evitar pensar que a su bonito traje no le iba a gustar tener que andar siguiéndola por aquel lugar.
—Bryant, explícale a Steve lo que está pasando y, una vez lo hagas, no lo pierdas de vista. Todos los demás, concentraos en esconder estos coches antes de que alguien intente marcharse.
Se alejó de la verja y se comenzó a desplazar por la izquierda del camino de tierra, utilizando la cobertura que le daban los árboles por si alguien los estuviera observando desde más adelante.
—Yo no lo sabía, ¿vale? —dijo Red, moviéndose silenciosamente detrás de ella.
Al instante, Kim supo que se refería a Roy.
—No me malinterpretes, sabía que era un desgraciado, pero no creía que fuera capaz de asesinar.
—Creo que ninguno de nosotros pensaba eso —respondió Kim con sinceridad. Pero seguía sin poder creerse que Red no hubiera visto algunos indicios de la corrupción de aquel hombre, habiendo trabajado tan cerca el uno del otro.
Como superior de Roy, Red iba a tener que responder a algunas preguntas difíciles y justificarse ante algún cargo superior que estaría muy por encima de ella en la cadena de mando…, pero en aquel momento necesitaba que tanto él como su equipo estuvieran de su lado.
Según se iba acercando al edificio, Kim comprobó que no había nadie haciendo guardia. Obviamente, pensaban que el secretismo y una verja cerrada con candado eran suficiente seguridad.
A pocos metros de distancia, les quedó claro que la luz provenía del interior del edificio.
Un suave zumbido les indicó que era un generador portátil el que alimentaba esa iluminación, parte de la cual se filtraba a través de los tablones de madera dispuestos en listones para iluminar los vehículos.
Cerca del edificio había dos furgonetas, y la más próxima de ellas era la que habían visto en las cámaras de seguridad.
El pulso de Kim se aceleró al darse cuenta de que ya no había dudas de que estaban en el lugar correcto. Lewis podría estar en ese edificio, y posiblemente Noah también.
—Vamos a echar un vistazo por el lateral —susurró Red.
Ella lo siguió. Si alguien salía del recinto justo en aquel momento, los atraparían.
Habían crecido zarzas y matorrales en el lateral del edificio, y el traje de Red volvió a sufrir cuando el inspector se abrió paso a través de ellos.
Al estar tan cerca del recinto, ahora podían oír los sonidos que provenían del interior. Se oían exclamaciones de asombro, vítores y abucheos, pero lo que más llamó la atención de Kim fue el sonido del entusiasmo. La pura euforia ante lo que estaban presenciando.
La inspectora se tragó su repulsión y se unió a Red en un claro estrecho, junto al lado oeste del edificio.
La mitad inferior de la estructura estaba formada por bloques de hormigón que ahora estaban cubiertos de musgo verde.
La mitad superior estaba compuesta por tablones de madera de unos diez centímetros de ancho, con huecos de poco más de un centímetro entre ellos que permitían que se filtraran finas líneas de luz hacia el exterior oscuro.
Había una repisa de unos dos centímetros y medio de ancho donde la madera se apoyaba sobre los bloques.
—Bueno, venga, vamos allá —dijo Red, poniéndose a cuatro patas para que Kim pudiera subirse encima de él.
Ahora la inspectora sabía que aquel traje iba a terminar en la basura.
Se subió a su espalda y, para honor de ese hombre, ni siquiera gimió ligeramente.
Aunque Kim había silenciado su teléfono, sintió que vibraba al recibir un mensaje de texto.
« Ni hablar, Frost —pensó Kim, enfurecida—. Ahora no es el momento, joder » .
Se agarró a la repisa para mantener el equilibrio y se asomó por uno de los huecos entre los tablones de madera.
La escena que se encontraron sus ojos era aún peor de lo que se había imaginado.
Desde su posición privilegiada, pudo ver que el punto central era un ring de boxeo improvisado formado por vallas metálicas baratas, de las que se solían utilizar para delimitar las calles para controlar a la multitud cuando se producían grandes concentraciones de personas.
No había formalidades tales como árbitros, taburetes o jueces, únicamente dos chicos en calzoncillos zurrándose entre ellos sin piedad.
Kim tuvo que contener un grito cuando uno de los boxeadores se tambaleó hacia atrás y cayó al suelo.
Su oponente bailaba a su alrededor, aguardando a que se levantara, mientras la multitud abucheaba y silbaba. Kim esperó a que alguien se acercara al chico para ver cómo estaba, para comprobar si estaba inconsciente… o algo peor.
Nadie se movió hacia el chico que yacía en el suelo.
Después de lo que parecieron horas, el chico se puso de pie tambaleándose.
Se balanceó una vez más antes de parecer encontrar un poco de energía.
Lanzó un puñetazo y alcanzó a su oponente en la barbilla.
El otro chico tardó un segundo en volver a centrar el foco y, cuando levantó la cabeza, Kim vio que era Lewis, el chico que llevaba desaparecido más de diez días, el niño que llevaba desde el lunes en su cabeza.
Solo que aquel Lewis parecía aún más joven de los doce años que tenía, y era una versión más delgada y frágil del chico que había visto en las grabaciones de las cámaras de seguridad.
Le habían rapado el pelo rubio de forma tosca y, aunque no se podía comparar con el estado del de Josh, su cuerpo estaba cubierto de cortes y moratones.
La inspectora se tomó un segundo para echar un vistazo al espacio que quedaba más allá de los cuatro focos que iluminaban el ring .
Contra la pared del fondo había otros cuatro niños sentados, con adultos a ambos lados. Kim supuso que serían el resto de los luchadores de esa noche.
Todos miraban al suelo. Ya parecían derrotados y asustados.
Kim se sentía cada vez más furiosa.
A cada uno de aquellos chicos les habían robado sus vidas y sus familias, simplemente para el entretenimiento enfermizo de unos monstruos. La inspectora apartó la mirada. Red no podría soportar su peso durante mucho más tiempo.
Un recuento rápido le indicó que había más de cincuenta espectadores en aquel evento tan espantoso.
Tenía ganas de irrumpir allí de inmediato y desmantelarlo.
—¿Estás lista? —le preguntó Red mientras ella bajaba de su espalda.
Kim sabía que él también tenía la intención de irrumpir y hacer algunos arrestos.
—No podemos hacerlo, Red —le dijo la inspectora con gran pesar—. Si entramos ahora, nunca encontraremos a los demás. Nunca encontraremos a Noah.
—No podemos dejar que…
—Dame un minuto —le pidió, apoyándose contra la pared.
De repente, se escuchó un gran clamor, y Kim supuso que sería el final del primer combate. No necesitaba volver a subirse a la espalda de Red para saber que el final de la pelea probablemente significaba que uno de los chicos habría quedado inconsciente.
—Se nos acaba el tiempo —instó Red.
Kim pensó en las herramientas que tenía a su disposición.
—Vale, Red, tengo una idea, pero voy a necesitar tu ayuda.