Capítulo 64
LEWIS
—Joder, Lewis, puedes hacerlo mucho mejor que eso —le gritó Señor desde la puerta.
Después de un desayuno a base de huevos revueltos, tostadas y beicon, Señor le había llevado un cerdo con un anillo metálico enganchado en el hocico y lo había colgado del gancho de acero de la pared.
El hedor del animal muerto inundó el corral de Lewis y casi vomitó el desayuno cuando Señor lo liberó de la cadena que tenía en el suelo y se colocó en el umbral de la puerta.
—Golpéalo —le ordenó.
Tres puñetazos a la carne tierna del animal y sintió que el cansancio se apoderaba de sus huesos.
Dos comidas decentes no habían servido para elevar sus niveles de energía.
Sentía todos los músculos del cuerpo tan pesados como el plomo.
Entre las visitas al baño, ni siquiera se le permitía ponerse de pie.
Recordó una vez en su casa cuando no había podido ir al colegio por tener gripe.
Pensaba que ya estaba bien, pero se levantó, estornudó y se volvió a caer.
Ahora tenía la misma sensación, como si sus músculos no fueran lo bastante fuertes como para poder sostenerlo en pie.
—Golpea al puto bicho.
Lewis volvió a golpearlo, sintiendo cómo la ira comenzaba a crecer en lo más profundo de su ser. A veces, después de tomar las pastillas de la mañana, se notaba muy enfadado.
Señor seguía gritando instrucciones.
—Gancho de derecha.
La mayoría de las veces, su ira se dirigía hacia su familia.
—Gancho de izquierda.
Lewis se imaginó la cara de Bobby en la cabeza del cerdo.
Había oído la conversación que su padrastro había tenido con su madre.
Había escuchado que Bobby quería que se lo llevaran de casa y lo entrenaran para boxear.
Le había oído venderle todo el plan a su madre: que sería mejor para toda la familia, que no se podía confiar en él con los pequeños, con los berrinches que le daban.
Que la casa necesitaba un respiro, algo de paz y tranquilidad, lejos de las peleas y los cambios de humor.
—Golpe en el riñón.
Luego, se imaginó la cara de su madre en la cabeza del cerdo.
Su negativa rotunda a mandarlo lejos de casa se había ido suavizando poco a poco ante los argumentos que le daba Bobby.
Una vez que su «no» definitivo se erosionó hasta convertirse en una duda sobre si aquello podría resultar en algo positivo, Lewis supo que no tenía a nadie de su lado.
—Golpe bajo.
A continuación, se imaginó la cara de Kevin en la cabeza del cerdo.
Su hermano había intentado convencerlo para que se disculpara por todas las peleas y las veces que habían llamado a su madre del colegio.
Le había pedido y luego suplicado que llamara a su madre y le dijera que iba a cambiar, que las cosas serían diferentes.
Señor ya no estaba gritando instrucciones. Lewis estaba exhausto por el esfuerzo, pero sus puños seguían golpeando la carne del animal porque ahora se estaba imaginando su propio rostro en la cabeza del cerdo.
¿Por qué no había escuchado a su hermano? Kevin había intentado protegerlo. Le había dicho lo que tenía que hacer, pero su orgullo y su dolor le habían impedido escuchar lo que su hermano le había rogado.
A pesar de todo, quería a su madre, a Kevin y a los pequeños. Los echaba de menos y daría cualquier cosa por volver a casa con ellos. Sin embargo, tenía la sensación de que nunca volvería a verlos.
Se alegró de estar de espaldas a Señor, porque así el hombre no pudo ver las lágrimas que comenzaron a rodar por su rostro.