Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 61
72%

Capítulo 61

—¿Es este un buen momento para que me cuentes todo lo que no me has contado? —le preguntó Kim a Bryant cuando estuvieron solos en el coche.

—Roy Moss es un cabrón corrupto.

—¿Algo que yo no supiera ya? Roy no dice nada por decir, así que ¿por qué esa broma sobre que hayamos dormido bien?

Bryant se encogió de hombros. Ella lo conocía lo bastante bien como para saber que él nunca le mentiría, pero eso era una cosa y otra bien diferente era que no le contara toda la verdad.

—De acuerdo, vamos a hacerlo de otra manera. Quiero que me cuentes con todo detalle cómo fue tu día de ayer con él.

—Fuimos a la escena del crimen de Jasmine Swift, donde el tipo intentó tomar una foto del cadáver. Por accidente, le tiré el teléfono de las manos cuando lo iba a hacer.

Kim sonrió. Por supuesto que había sido un accidente.

—Después, fuimos a ver al exnovio de Jasmine y luego, al depósito de cadáveres porque Roy quería comprobar algo.

—Vale —aceptó Kim. Ya sabía todo aquello y también sabía cuál sería el paso que tenían que dar en relación con ese asunto, pero estaba claro que había algo que su compañero aún no le había contado.

—Después, fuimos a visitar a Pippa Jacobs, por aquello de aliviar estrés.

Kim se frotó la frente. Esa información era nueva y ayudaba a explicar por qué Bryant estaba tan tenso. Se había pasado el día viendo a un hombre comportarse de la forma que él más despreciaba.

—¿Cómo conseguiste evitar que…?

—Una llamada oportuna de Stacey nos sacó de allí a tiempo. Volvimos a la comisaría, donde Red le echó una buena bronca a Roy por involucrarse en el caso de Jasmine Swift.

Pero ¿sería verdad que el inspector estaba tan enfadado? Kim no lo tenía claro. Era muy conveniente que una persona que podría poner una queja formal contra él ya no tuviera la oportunidad de hablar. ¿Habría encontrado Red alguna forma de silenciarla, ya fuera él mismo o con ayuda?

—¿Y así terminó el día? —preguntó Kim, dejando a un lado sus sospechas por el momento.

—Para Roy y para mí, sí.

—Por Dios, Bryant, ¿tengo que sacarte la información abriéndote con una palanca?

—Volví a casa de Pippa.

Kim emitió un gemido.

—¿Solo?

Bryant asintió.

—Por favor, dime que no entraste.

—Entré.

—Mierda, Bryant, sé perfectamente que tú sabes que no debiste hacer eso. ¿En qué coño estabas pensando? ¿Has perdido el juicio por completo?

Esa mujer podía acusarlo de cualquier cosa y Bryant no tendría ningún argumento en su defensa. Al no haber testigos presenciales de la conversación entre los dos, estaba expuesto a todo tipo de acusaciones.

—Solo quería asegurarle que no todos los policías somos malos. La imagen que tenía de mí era que yo estaba esperando al final de una fila para abusar de ella, igual que Roy.

—¿Y no podías haberle ofrecido esa tranquilidad y garantía en la puerta de su casa o con Stacey como testigo? —preguntó Kim, tratando de ocultar la ira en su voz.

—No lo pensé.

—Por Dios, Bryant, has caído de lleno en el juego de Moss.

Ahora el comentario de Roy sobre el sueño tenía sentido. Obviamente, Roy había visto a Bryant.

—Ya lo sé, pero Pippa me reveló algo importante. Está limpia, al igual que todos los que van ahora a esa casa. Hace dieciocho meses que no toca la droga.

Kim frunció el ceño, recordando sus antecedentes.

—Pero si recientemente cumplió condena por…

—Sí, porque rechazó a Roy. Encontró la fuerza para hacerlo y esa misma noche la detuvieron por posesión. Está muerta de miedo y me advirtió que tuviera cuidado. Pippa cree que Roy es capaz de cualquier cosa.

—¡Dios mío! —exclamó la inspectora, frotándose la frente. El lodazal en el que se habían metido les llegaba ya por las rodillas—. Razón de más por la que deberías haberte asegurado de que ese hombre no tenga nada que pueda usar en tu contra.

—Si te digo la verdad, no es eso lo que más me preocupa. Sé que no he hecho nada malo y lucharé hasta la muerte por defender eso. Lo que más me fastidia es que tengo todas las piezas del puzle para detenerlo, pero no consigo colocarlas en su sitio.

—Deja de castigarte por eso. Por lo que me has contado, lo que tienes hasta ahora solo es suficiente para que lo suspendan de empleo mientras dure la investigación, pero cobrando su sueldo íntegro.

El proceso podría durar meses, y eso implicaría que cualquiera que tuviera algo contra él y pudiera contarlo estaría en peligro.

Roy tiene que creer que está libre de sospechas y limpio hasta que tengamos lo necesario para poder cogerlo como es debido.

—¿Y cómo propones que lo hagamos? —preguntó Bryant.

—Déjame pensarlo —respondió Kim justo cuando aparcaban ya frente a la casa de la familia Stevens.

Kim puso aquella última pregunta de Bryant a la cola. No podía ocuparse de tantos problemas al mismo tiempo, y en aquel momento continuaba teniendo a dos niños desaparecidos que podrían seguir vivos.

La puerta se abrió y apareció Bobby Stevens, cuya expresión se ensombreció al instante.

—Creía que les habíamos dejado claro que no es usted bienvenida.

—Creo que cambiará de opinión cuando escuche lo que tenemos que decirle.

—No hay nada que puedan…

—¡Déjalos entrar! —exclamó Kevin, apareciendo de la nada.

Solo entonces, al verlos uno al lado del otro, Kim se dio cuenta de que el adolescente superaba en altura a su padrastro.

Antes de que Bobby pudiera detenerlo, Kevin le soltó la mano que tenía agarrada a la puerta para abrirla de un empujón.

Kim entró con paso firme y se dirigió directamente hacia la cocina.

—Tenemos noticias —afirmó, esperando que Shirley quisiera escucharla de inmediato.

—Un momento —le pidió la mujer, que reunió a los más pequeños y se los llevó al salón.

Kim no sabía si estaba tratando de que los niños no escucharan algo que no debían o de si, en realidad, solo estaba ganando algo de tiempo.

—Yo me quedo —dijo Kevin, sentándose junto a la mesa.

Shirley asintió y se secó las manos con un paño de cocina.

—No tenemos ninguna duda de que Lewis ha sido secuestrado —afirmó Kim, observándolos.

Todos se miraron entre sí con sorpresa. La inspectora no tenía claro si estaban sorprendidos por la noticia o por el hecho de que ella lo supiera.

—Tenemos el vídeo si quieren verlo —ofreció Kim.

Shirley negó con la cabeza, Bobby miró al suelo y Kevin los miró a ambos con el ceño fruncido.

Kim tenía la verdad delante de sus narices.

—¡Todos ustedes lo sabían! —exclamó Kim con incredulidad.

Nadie le llevó la contraria.

—Le vendrá bien —afirmó Bobby, cruzando los brazos—. El niño es un coñazo que siempre está peleándose, así que mejor sacar algo de dinero de ello. Cuando vuelva…

—Si es que vuelve —espetó Kim, que no se podía creer lo que estaba oyendo.

—¿Qué…? —balbuceó Shirley—. Nos dijeron que serían unos meses —aseguró, mirando a Bobby en busca de confirmación.

—Bueno, más o menos —replicó su marido, mostrando incomodidad por primera vez desde que Kim lo había conocido.

—¿Me están hablando en serio? ¿Sabían desde el principio que Lewis no se había escapado de casa y, aun así, decidieron hacer perder el tiempo a la policía deliberadamente? ¿Qué clase de familia es esta?

—Es por su propio bien —respondió Shirley, con los ojos enrojecidos—. Volverá pronto, y ellos nos dijeron que…

—¿Quiénes son «ellos»? —preguntó Kim.

—Unos tipos del pub —respondió Bobby—. Entrenan a jóvenes boxeadores, en una especie de campamento militar de entrenamiento. Les enseñan disciplina y los preparan para el combate profesional.

—¿Eso es lo que les dijeron? —preguntó Kim.

Bobby asintió con la cabeza cada vez con más énfasis, lo que le hizo pensar a Kim que aún no le había contado toda la verdad. Había algo que se estaba guardando para sí mismo, y Kim se hacía una idea de lo que podía ser.

—¿Cuánto tiempo tardarán en traerlo de vuelta? —preguntó la inspectora.

Bobby se sonrojó.

—Bueno, la verdad es que no dijeron…

—Tú me dijiste que seis meses —rugió Shirley—. Me aseguraste que lo iban a cuidar y que le iban a enseñar a pelear bien. Me dijiste que, cuando volviera, Lewis sería como era antes.

Bobby se encogió de hombros como si no tuviera más respuestas que ofrecer.

—¿Cuánto les pagaron? —preguntó Kim al recordar que había visto en aquella casa unas bolsas de la compra de un supermercado que aquella familia no parecía poder permitirse fácilmente.

—Cinco mil —respondió Bobby, como si aún no entendiera qué había hecho mal.

—¿Vendieron a su hijo por cinco mil libras? —rugió Kim. Ninguna cantidad de dinero justificaba sus acciones, pero ¿de verdad era eso lo que valía Lewis? ¿A los tres les había parecido bien dejarlo ir?

Kim se volvió hacia Kevin, recordando las imágenes de los recreativos.

—¿Intentó impedirlo usted, joven?

El chico asintió.

—Yo sabía lo que estaba pasando, y él también había oído algo a escondidas.

Intenté que llamara a mamá y le pidiera perdón, que le dijera que iba a intentar portarse mejor.

Yo sabía que ella lo cancelaría todo si él se comportaba, pero se negó.

Nunca lo haría mientras él estuviera cerca de ella —explicó, señalando a Bobby—.

Te odiaba, joder, y tú nunca le dabas un respiro.

Vamos, cuéntales lo que hiciste. Cuéntales por qué estaba tan cabreado.

No estaba montando un numerito, tú lo cabreaste a propósito.

Los ojos de Kevin reflejaron todo el odio que sentía. Shirley frunció el ceño, dando la impresión de que no tenía ni idea de a qué se estaba refiriendo Kevin.

Kim sabía que había habido una discusión en aquella casa el día que secuestraron a Lewis, pero desconocía a qué se había debido.

—Solo estuve limpiando un poco —dijo Bobby con un tono de voz que rezumaba falsa inocencia.

—Lewis llevaba semanas guardando cerillas. Su profesora iba a dedicar una clase entera a hacer maquetas con ellas y tú las tiraste todas a la basura.

Kim pudo ver cómo el adolescente iba sintiéndose cada vez más furioso, dejando escapar su rabia. Si había sido un acto deliberado por parte de Bobby, Kim podía entender por qué Lewis se había enfadado tanto.

Kevin se giró hacia la inspectora.

—Yo no sabía que iba a suceder aquella noche, si no, nunca lo habría dejado solo.

Kim asintió para indicarle que le creía. Las imágenes que había visto en la cafetería de los recreativos concordaban a la perfección con lo que le estaba diciendo.

Se volvió hacia los padres.

—¿Así que vendieron a su hijo por cinco mil libras?

Bobby soltó una carcajada.

—Deje de ser tan dramática. Cuando vuelva…

—¿Qué les hizo pensar que esa gente era buena? —les preguntó Kim—. ¿Unos desconocidos que les dicen en un pub que van a convertir a su hijo en un hombre, que le van a enseñar a practicar bien deporte y que les dan cinco mil libras?

Bobby parecía genuinamente desconcertado.

—No, no fue así como usted dice. Ellos sabían de lo que hablaban. Sonaba a una oportunidad que…

—Pues claro que sí. Ellos querían su colaboración para secuestrar a su hijo y usted se la dio. ¿Saben dónde está? ¿Les dieron una dirección? ¿Pueden llamarle o escribirle?

Bobby negó con la cabeza, pero se resistía a ceder, fruto de su orgullo.

—¡Le va a venir muy bien! Lo está haciendo parecer mucho peor de…

—Les estoy diciendo la verdad. Vendieron a su hijo a una red ilegal de peleas clandestinas en la que mueren chicos jóvenes.

—¡No! —gritó Shirley, tapándose la boca con una mano.

Kim se giró hacia ella. Puede que la mujer no supiera todos los detalles, pero de todas formas había permitido que unos desconocidos se llevaran a su hijo de doce años.

—Cuando regrese a casa, lo solucionaremos todo —dijo Shirley.

Kim sacó su teléfono y no sintió culpa alguna por lo que estaba a punto de hacer.

—Otro de los niños secuestrados por esta banda volvió ayer a casa. Y este era su aspecto.

Les mostró la foto del cuerpo golpeado y maltrecho de Josh sobre la mesa de la morgue.

—¡Nooooo! —gritó Shirley antes de que las lágrimas comenzaran a correr por sus mejillas.

—Cuatro años lo retuvieron contra su voluntad. Cuatro años estuvo sufriendo a manos de esos monstruos, cautivo, hambriento, obligado a pelear…

—Fuera de aquí —gritó Shirley con una voz que se había vuelto gélida.

—Señora Stevens, nosotros…

—Ustedes no. Él —espetó al otro lado de la cocina.

—No seas blanda, Shirl —dijo Bobby—. Volverá.

—Sal de esta casa o te juro por Dios que te apuñalo. Con policía o sin policía.

—Shirl.

La mujer se levantó de la silla con mirada asesina.

—¡Te juro que te voy a retorcer el…!

—Tranquila —intervino Bryant, interponiéndose entre ellos.

Shirley agitó los brazos alrededor del sargento, tratando de alcanzar a su marido. Bryant la sujetó mientras Bobby intentaba apartarse de su camino.

—Vete —dijo Kevin, poniéndose de pie—. Nadie te quiere aquí.

Bobby Stevens observó a su alrededor y solo encontró desprecio en las miradas de los presentes.

Cogió su chaqueta de la percha de la puerta y salió de la casa dando un portazo.

Bryant no necesitó que le dijeran que lo siguiera. Tenían que averiguar todo lo posible sobre las personas que se habían acercado a aquel hombre en el pub .

—Ese chico está muerto, ¿verdad? —preguntó Shirley, completamente pálida.

Kim guardó el teléfono y asintió.

—Como no los cojamos a tiempo, Lewis no regresará a casa —dijo.

Shirley no podía dejar de llorar, con una expresión de dolor cada vez más devastadora en el rostro. Un gemido gutural salió de su boca y resonó por toda la cocina.

Kevin miró a su madre con compasión, aunque sin comprenderla del todo. Luego cruzó el pasillo y fue a ver cómo estaban sus hermanos pequeños.

Kim esperó mientras la mujer asimilaba las consecuencias de sus actos. No cabía duda de la profundidad de su arrepentimiento y su dolor. La inspectora estaba segura de que estaba presenciando en directo cómo se rompía un corazón en dos.

Shirley extendió una mano y la agarró de la muñeca.

—Puede que no me lo merezca, pero tiene que traerme a mi hijo a casa.

Kim tenía toda la intención de encontrar a Lewis. Pero no estaba segura de que su casa fuera el lugar más adecuado para él.