Capítulo 59
La sensación de desconcierto no abandonó a Bryant en toda la noche. Ni siquiera le apetecía comerse el beicon que se estaba sirviendo en su plato, a pesar de que podía disfrutarlo sin la desaprobación sutil de Jenny.
Se sentó frente a Stacey y se untó mantequilla en una tostada, pero tampoco tenía muchas ganas de comérsela. La dejó en el plato sin quejarse cuando su teléfono sonó al recibir un mensaje.
—¡Adivina quién es! —le dijo a Stacey, haciendo una mueca.
—¿Qué dice? —le preguntó ella, que no dejaba de llevarse cereales a la boca.
—Que no nos demoremos con el desayuno porque se nos está acabando el tiempo.
—¿No crees que se le está yendo de las manos este numerito de jefa insoportable? —se rio Stacey.
—Sí, se ha metido de lleno en el papel.
Aunque Bryant quería acabar con Roy Moss, en parte deseaba haber vuelto a Black Country con la jefa.
Después de lo que Pippa le había contado, se preguntaba si quizá se había metido en algo que lo superaba, que le quedaba grande.
Desearía tener a la jefa cerca para poder compartir con ella algunas de las cosas que tenía en la cabeza.
Por mucho que le costara admitirlo, había momentos en los que la opinión objetiva y sin complejos de Kim le aclaraba las ideas y le daba perspectiva para comprender lo que era verdaderamente esencial.
Bryant también era consciente de que el equilibrio del equipo se veía gravemente perjudicado cuando se separaban y faltaban dos conjuntos completos de habilidades que eran esenciales para que funcionara bien todo el engranaje. Incluso echaba un poco de menos a Penn.
Le dio un bocado a la tostada fría y se recostó en la silla.
—Oye, Stace, ¿no te gustaría que ella estuviera…?
—Ey, equipo, ¿nos echabais de menos?
Bryant giró la cabeza con brusquedad para encontrarse a Kim y a Penn dirigiéndose hacia ellos.
Parpadeó para asegurarse de que su imaginación no había creado un espejismo, pero no había duda de que eran reales.
—¿Por qué, os habíais ido a algún sitio? —terminó preguntando con una sonrisa en la cara. Lo invadió un alivio inmenso.
La jefa le dio un codazo mientras se sentaba y cogía una tostada.
Daba la impresión de que Stacey se alegraba tanto como él de verlos. Casi de inmediato le sirvió a Penn una taza de té recién hecho.
—¿Ya habéis resuelto el caso? —preguntó Bryant. Incluso sin saber de qué iba aquel caso, probablemente habría sido todo un récord si ya lo hubieran finiquitado.
—Todavía no, pero cada vez estamos más cerca de hacerlo. Estoy bastante segura de que está relacionado con lo que está pasando aquí, en Blackpool.
Stacey dejó el tenedor sobre la mesa.
—Sabemos que Lewis y Noah fueron secuestrados por las mismas personas.
La jefa asintió.
—No me cabe la menor duda. El chico de nuestro caso, Josh, fue secuestrado hace cuatro años en un gimnasio. Ahora tendría quince años.
Bryant percibió las líneas que unían los puntos y se atrevió a completar el dibujo.
—¿Peleas de boxeo?
—Sí, a puño limpio, sin reglas.
—Pero si son niños —dijo Stacey con un atisbo de duda.
—No, son un mero entretenimiento y un negocio enorme.
El tipo que nos vomitó anoche la información, además literalmente, sabía que habían secuestrado a Josh con ese fin, pero fue su jefe quien lo organizó.
Nuestro informante está ahora bajo custodia.
Lo están interrogando más a fondo y no tiene posibilidad alguna de advertir a su jefe de que los tenemos en el punto de mira.
—¿Y dónde está su jefe? —preguntó Bryant.
—En algún lugar del norte.
Ah, el sargento entendía ahora la razón del regreso de la jefa.
—Estamos bastante seguros de que hay una especie de liga que podría incluir hasta un centenar de chicos en todo el país.
—¡No me jodas! —exclamó Bryant, dejando escapar un buen suspiro. La jefa no había hecho más que colocar las piernas bajo la mesa del desayuno y ya habían pasado de dos chicos desaparecidos a posiblemente un centenar de ellos atrapados en un circuito clandestino de combates.
—Entonces, ¿ahora qué? —preguntó Stacey.
—Vamos a hablar con Red y a ver si podemos conseguir que todos vayamos en la misma dirección.
—Buena suerte con eso —protestó Stacey—. Nos costó mucho convencerlos de que Noah y Lewis habían sido secuestrados por las mismas personas, y eso que teníamos pruebas de vídeo.
—¿Encontraste algo en las cámaras de seguridad? —le preguntó la jefa.
—Sí, conseguí encontrar a Lewis cuando lo estaban metiendo a la fuerza en la parte de atrás de una furgoneta, y luego ubiqué la que parece ser la misma furgoneta en la zona en la que desapareció Noah y en las mismas horas en las que desapareció.
—Dios mío, buen trabajo, Stace. ¿Y tú? —preguntó Kim, volviéndose hacia Bryant.
—Yo pasé el día de ayer con el mayor pedazo de mierda de todo el cuerpo de policía.
—¿Algo que podamos usar contra él? —insistió la inspectora, yendo directa al grano.
Bryant negó con la cabeza.
—Nada que garantice que lo echen del cuerpo, pero hay algo que tienes que saber.
Ayer por la mañana encontraron a Jasmine Swift violada y asesinada —explicó, y sintió un alivio instantáneo tras soltar aquellas palabras.
En las horas transcurridas desde que visitó la escena del crimen, se había cuestionado su decisión de no contárselo a la jefa.
Pero, al fin y al cabo, ella no habría podido hacer gran cosa desde Black Country.
—¡Dios de mi vida! —exclamó Kim, tomándose un minuto para asimilar aquella información.
Nadie habló mientras terminaban de desayunar.
Bryant suponía lo que estaría pasando por la mente de su jefa, porque él no había dejado de pensar en eso desde que llegó a la escena del crimen. ¿Habrían precipitado ellos de alguna manera el asesinato de Jasmine al hablar con ella sobre Red?
Finalmente, la jefa rompió el silencio.
—Bueno, entonces no solo creemos que nos hemos topado con una red nacional de peleas ilegales con fuertes vínculos con el norte del país, sino que, además, una persona que podría haber presentado una denuncia por corrupción en la policía local aparece violada y asesinada. ¿Es correcto?
Todos asintieron.
—Y eso no es todo, jefa —dijo Bryant, antes de terminarse su taza de té—. Estoy bastante seguro de que vi a Roy Moss tenderle una trampa al exnovio de Jasmine, manipulando pruebas para que pareciera culpable del crimen.
—Joder, pues parece que he vuelto justo a tiempo.