Capítulo 57
LEWIS
Lewis había perdido la noción del tiempo que llevaba allí. Estaba seguro de que había sido más de una semana, pero lo mismo eran dos.
Había tratado de llevar la cuenta del tiempo mientras estuvo en la habitación pequeña y de nuevo volvió a intentarlo cuando lo llevaron a los establos, pero a veces las pastillas lo dejaban somnoliento y otras no, por lo que no sabía si había dormido unas horas o toda la noche.
Cuando llevaba apenas una hora en los establos, supo que no estaba solo allí.
A los diez minutos de estar encadenado al suelo, escuchó a alguien toser.
Intentó establecer contacto, igual que había hecho el chico nuevo aquella misma mañana, y uno de los otros le explicó las consecuencias de hablar.
La primera infracción por hacerlo te dejaba sin comida durante veinticuatro horas.
Si te pillaban una segunda vez, perdías tanto la comida como el privilegio de que te llevaran al baño.
Nadie quería sentarse sobre sus propios desechos.
Lewis no sabía cuántos niños más habría, pero se preguntaba si los habrían atrapado de la misma manera que a él.
¿También les habrían ofrecido dinero? ¿Les habrían dicho que iba a ser como un campamento de verano donde iban a aprender a pelear?
¿Se habrían negado los demás porque, al igual que él, ya habían oído a sus padres hablar de mandarlos a algún lugar lejano?
Tampoco es que importara mucho. Él no se había dado cuenta de que la furgoneta seguía allí cuando se dirigía de vuelta a casa, y lo atraparon de todas formas.
Le hubiera gustado saber cuántos más había, pero lo único que podía ver a través de la valla de madera era que, al menos en apariencia, había un corral idéntico al otro lado del camino.
No había podido ver más de aquel edificio, ya que le vendaban los ojos cada vez que lo sacaban y lo traían de vuelta.
Escuchaba cómo sacaban y traían a otros también, y a veces oía los susurros de Señor y Señora, las personas que lo habían secuestrado.
Pero no había sido capaz de saber cuántos otros chicos estaban encarcelados junto a él.
Uno de aquellos días, pensó en intentar escapar.
Meditó sobre cómo podría dominar físicamente a Señor durante una de las visitas al baño.
Aquel mismo día, uno de los otros debió intentarlo.
Lewis escuchó un grito y a Señor jurar en arameo.
Luego, escuchó cómo algo era lanzado contra la pared.
A eso le siguieron más palabras airadas.
El sonido de una persona emitiendo gemidos de dolor se escuchó por todo el edificio antes de que Señor se marchara y apagara la luz.
Lewis oyó gritos de dolor durante las siguientes horas.
Al día siguiente, vio una señal de un mordisco en una de las manos de Señor cuando le llevó la comida.
Cada vez que lo sacaban, Lewis intentaba idear un plan de fuga.
Contaba los pasos que daba sobre la grava dura hasta que lo empujaban al llegar al baño exterior.
Tenía diecisiete pasos para intentar escapar.
Pero tenía los ojos vendados y estaba desnudo, salvo por los calzoncillos.
No sabía dónde estaba y era consciente de que carecía de la resistencia necesaria para correr más rápido que Señor.
Pero tenía que haber una manera. Solo había que esperar a que llegara el momento adecuado.
Al abrirse la puerta del granero, sus pensamientos se vieron interrumpidos. Llegaba la comida y, por mucho que odiara a sus captores y las condiciones en las que lo tenían, estaba agradecido de que fuera la hora de comer.
Señor apareció en la puerta de su corral y a Lewis se le vino el mundo encima cuando vio lo que el hombre tenía en la mano.
Era un plato de verdad. En él había carne humeante, verduras y puré de patatas. Su estómago rugió en respuesta, aunque hubiera sentido pavor de inmediato. Aquello solo había sucedido una vez con anterioridad. Lewis sabía lo que significaba.
—Muy bien, Lewis —dijo Señor, sentándose en el suelo a su lado.
El plato también contenía un cuchillo y un tenedor, que el chico nunca llegaría a tocar.
Señor cortó un trozo del filete.
—Vamos, Lewis, come. Mañana por la noche tienes combate.
A pesar del temor cada vez mayor que sentía, su cuerpo ansiaba la comida.
Solo lo habían llevado a pelear una vez con anterioridad, y fue una experiencia que jamás olvidaría.
La primera pelea había tenido lugar entre un par de chicos mayores que él.
Habían peleado un cuarto de hora largo antes de que uno de los chicos quedara inconsciente.
Lewis vio a hombres bien vestidos abuchear y jalear durante los combates.
Vio cómo el dinero iba cambiando de manos alrededor del ring .
Y vio cómo, tras fracasar los intentos de reanimar al chico inconsciente, lo arrastraron hasta que desapareció de la vista.
Escuchó a Señor decir «muerto», y supo que se estaba refiriendo al chico inconsciente.
Lewis no quería pelear. Por lo que había visto, ninguno de ellos quería hacerlo. Pero era una cuestión de supervivencia.
Abrió la boca para recibir la comida. Tenía que estar lo más fuerte posible o el siguiente al que arrastraran muerto podría ser él.