Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 56
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Capítulo 56

Penn cumplió su palabra y, cuando Kim llegó, ya tenía preparado algo de café recién hecho.

Un soborno en forma de paquete de dónuts para Jack sobre su mesa en la recepción había servido para asegurar la entrada de Barney en la comisaría.

—No puedo dejar de pensar en ello —dijo Penn—. Estamos hablando de separar a niños de sus familias y obligarlos a luchar.

—O peor aún —añadió Kim, que se imaginaba cómo podían haber utilizado a Josh de la forma más bárbara—. ¿Qué dicen las cifras? —le preguntó al sargento, sentándose frente a él con su taza de café.

—Es difícil hacerse una idea clara teniendo en cuenta todos los cuerpos policiales que existen, pero, si reducimos el rango de edad a los preadolescentes, estamos hablando de entre treinta y cincuenta niños que desaparecen cada año y nunca vuelven a ser vistos.

—Sin duda, suficientes para formar una especie de liga enfermiza. Pero ¿cómo demonios podríamos saber más de ella?

—Tiene que estar en algún lugar de la dark web —sugirió Penn—. Toda red necesita un nodo central desde el que transmitir información.

—Pero la Unidad de Delitos Informáticos está rastreándola. ¿Cómo es que no han encontrado nada?

Penn se encogió de hombros.

—Ya sabemos que hay motores de búsqueda que permiten a los usuarios conectarse sin temor a que puedan rastrearlos. También sabemos que hay portales de intercambio donde la gente puede comprar bienes y servicios ilegales.

A Kim esa idea siempre le evocaba la imagen de hombres enmascarados que aparcaban sus coches en zonas oscuras y sórdidas con el maletero abierto. Esperaba que la dark web no fuera más siniestra que la gente que vendía productos robados o falsificados en la parte trasera de sus furgonetas.

Hasta ella misma había oído hablar de páginas web como Silk Road, una especie de Amazon para drogas, permisos de conducir falsos y un número incalculable de otros productos ilegales. Aunque el FBI lo cerró en 2014, había seguido manifestándose de múltiples formas a lo largo de los años.

—Entonces, ¿podemos buscar en la dark web cualquier cosa que tenga que ver con peleas ilegales de niños? —preguntó Kim, tratando de imaginárselo como un Google obsceno.

—Ya lo he intentado —respondió Penn—. Sin éxito. O bien está disfrazado de otra cosa, o quizá tengamos que ser más creativos y profundizar más para encontrar el lugar en el que se esconde.

—¿A qué te refieres con que se disfrace de otra cosa?

—Quiero decir que es como cuando compras algo que luego resulta que no es lo que pensabas.

Supongo que es como llevar una máscara puesta.

Como un local que se anuncia a sí mismo en su escaparate como tienda de chucherías, pero, cuando entras, en realidad venden drogas.

Podría haber una página web disfrazada de otra cosa, y necesitamos un motor de búsqueda que sea capaz de explorar más a fondo el código para proporcionarnos lo que buscamos.

Kim se rascó la cabeza.

—Joder, Penn, no te sigo.

—Pues aún hay más. Si el nodo central de esa liga de boxeo se esconde bajo otra apariencia, puede que no sea solo en el escaparate.

—Explícate —instó Kim tras protestar en voz alta. Cada frase que pronunciaba Penn parecía alejarlos un poco más de la posibilidad de encontrar a aquellos monstruos.

El suave ronquido que emitió Barney bajo sus pies no disuadió al sargento.

—Venga, volvamos a nuestra analogía de la tienda de chucherías.

Digamos que estamos buscando la palabra «cocaína» en la dirección IP.

No la vamos a encontrar porque la dirección IP aparece como «Haribo», la famosa marca de golosinas, pero nosotros no nos lo creemos y accedemos al sitio de todos modos.

Y ahora que estamos dentro, podemos buscar cocaína, ¿verdad?

—Sí —asintió Kim.

—Pero ¿qué pasa si la cocaína en realidad figura como «sorbete de limón» o «fruta intensa»? La heroína podría estar listada como…

—Vale, lo entiendo. Entonces, me estás diciendo que encontrar esto en la dark web es prácticamente imposible a menos que conozcamos los códigos que utilizan, ¿verdad?

—Básicamente —respondió Penn, apartando el teclado.

Kim pensó durante unos instantes.

—No te pongas derrotista tan rápido. Si estamos en lo cierto, estamos hablando de una red.

—Correcto.

—Bueno, ya había redes mucho antes de que apareciera Internet, así que quizá esta también existiera antes. ¿Y cómo se inicia cualquier red tradicional que se precie? —preguntó Kim, echando hacia atrás su silla.

—Hablando, con el boca a boca, con periódicos…

—Exacto. Coge tu abrigo. Sé exactamente por dónde tenemos que empezar.

Penn siguió a Kim y a Barney escaleras abajo hasta el aparcamiento, donde un vehículo que a la inspectora le resultaba familiar se detuvo junto a ellos. Apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de que Steve Ashworth saliera del coche y se interpusiera en su camino.

—Inspectora, cuánto tiempo sin vernos.

Sí, habían pasado más de veinticuatro horas y Kim ya había pensado que era demasiado bonito para ser verdad.

—Hoy he almorzado con Lydia. Se acuerda de Lydia, ¿verdad? La mujer del hombre que usted…

—Anda, vete a la mierda —espetó Kim, tratando de esquivarlo.

El hombre se quedó parado justo delante de la inspectora, que tuvo que detenerse en seco para no tocarlo. Kim se figuraba cómo podría llegar a reaccionar el periodista si eso sucediera. Barney gruñó, tensando la correa.

—Vaya, ¿ya se está alterando y perdiendo los nervios, inspectora?

—la provocó Ashworth—. Probablemente no sea la primera vez.

No le sorprenderá saber que Lydia la odia.

Esa mujer me ha resultado tremendamente útil.

Me ha dado muchas fechas y horas. Todavía las conserva después de todos estos años.

Muy interesante de leer todo lo que me ha proporcionado.

Kim volvió a intentar rodearlo mientras Penn la miraba como para saber qué hacer.

—Ah, y he encontrado a Amber Rose. Ahora tiene veintiocho años y su vida no ha sido precisamente…

—No me interesa —gruñó Kim.

—Vaya, pero en su día sí que le interesó, inspectora. Lo suficiente como para causar la muerte de un hombre.

Kim se le encaró.

—Ashworth, te juro por Dios que te voy a arrancar…

—Una de las páginas de tu cuaderno —intervino Penn, interponiéndose entre ellos. Luego dio un paso atrás, alejando así a Kim del reportero y dándole un segundo para recuperar la cordura.

Ashworth la miró con aire triunfante, satisfecho por haber sido capaz de provocarla para que perdiera la compostura y por haber conseguido la reacción que había esperado.

El periodista le dedicó una última sonrisa burlona antes de volver a su coche.

—Maldita sea —protestó Kim entre dientes mientras se subía al coche de Penn.

Su compañero se quedó callado mientras ponía el coche en marcha, aunque le acababa de hacer un favor enorme.

Si no se hubiera interpuesto entre Ashworth y ella, quién sabía lo que podría haber hecho.