Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 54
64%

Capítulo 54

A las nueve menos veinte de la noche, Kim por fin dejó caer sus piernas cansadas sobre el sofá de su casa. Al final, decidió que tanto ella como Penn se fueran a casa tras la visita a la morgue. Lo único de lo que tenía ganas era de recoger a Barney y de pasar un rato agradable con su compañero.

Aunque solo había estado fuera un par de días, sin duda a ambos les había parecido mucho más tiempo. A Kim le costaba creer que aquella misma mañana hubiera estado en Blackpool con el resto de su equipo.

—¡Ven aquí, chico! —llamó al perro, dando una palmadita a su lado sobre el sofá.

Barney saltó y se acurrucó sobre sus piernas. Kim acercó instintivamente una mano a la parte posterior de la cabeza del animal, el lugar que a él más le gustaba. Como si estuvieran sincronizados, ambos dejaron escapar un largo suspiro.

—Sí, yo también te he echado de menos, amigo —dijo Kim, apoyando la cabeza sobre el respaldo del sofá.

Seguía dándole vueltas a todo lo que había averiguado durante aquel día.

No dejaba de pensar en dos cosas. Por un lado, en la imagen tan triste de Josh sobre la fría mesa metálica, un niño al que habían molido a golpes hasta dejarlo medio muerto.

Por otro, en aquella pequeña familia que ahora estaba obligada a aceptar que nunca regresaría a casa una parte esencial de la misma.

Tampoco la abandonaba esa sensación de repulsión por lo que había descubierto un rato antes.

Pensaba en la horrible imagen de Josh amarrado por las muñecas y colgado como una res en un matadero para que otros niños entrenaran con él, sobreviviendo solo con algo de líquido para que pudieran seguir golpeándolo repetidamente.

Kim sintió que la ira volvía a crecer en su interior.

Barney también lo sintió, pues levantó la cabeza para averiguar por qué fluía tensión desde los dedos de Kim.

Cualquiera que le dijera a la inspectora que los perros no eran capaces de comprender las emociones de sus dueños no había tenido un perro en su vida, sin duda.

Para distraerse, cogió el teléfono y, de nuevo, comenzó a pensar en cómo iba a resolver otro de sus problemas.

Durante el día, había recibido tres mensajes de Frost. El primero contenía uno de esos chistes malos de irlandeses acompañado de una serie de emoticonos riendo.

El segundo, un vídeo de una niña cantando de forma brillante una canción de Celine Dion en un concurso de talentos de la televisión.

Ese mensaje iba acompañado de unos emoticonos llorando.

El tercero era una invitación para tomar un café después del trabajo.

Mientras Kim sostenía el teléfono, este pitó al recibir otro mensaje. Sacudió la cabeza. Acababa de llegarle el cuarto mensaje de la periodista. Hizo clic en él.

Hola, ¿estás viendo la televisión? ¡Taskmaster está divertidísimo esta noche!

Kim salió de inmediato del mensaje, como si tuviera la sensación de que Frost pudiera atraparla si lo mantenía abierto.

No iba a responderle a ese. Había ido contestando los anteriores con una sola palabra y sin ningún emoticono, pero obviamente no estaban sirviendo para que Frost captara el mensaje que quería transmitirle.

Al día siguiente, todo volvía a empezar.

Kim se preguntó por un instante si otro golpe en la cabeza de la periodista serviría para arreglar las cosas.

Luego se estremeció al pensarlo, recordando el charco de sangre en el que la habían encontrado.

No, tendría que hallar otra forma de hacerle saber la verdad a Frost.

Dejó el teléfono sobre el brazo del sillón mientras Barney colocaba ya el cuerpo entero sobre sus piernas.

—Lo sabes, ¿verdad? —le dijo, frotándole con fuerza la cabeza.

El perro empujó la cabeza contra la mano de Kim cuando esta volvió a coger el teléfono.

No podía quitarse de la cabeza la sospecha de que, en aquellos mismos instantes, habría otro chico colgado donde antes estuvo Josh, recibiendo golpes como parte de un entrenamiento.

Solo pensar en esa posibilidad era suficiente para que la adrenalina no dejara de recorrerle el cuerpo.

Marcó el número de su compañero. Este respondió al segundo tono.

—Penn, no puedo descansar. Voy a volver a la comisaría.

—No hay problema. Pongo agua para el café.

—¡¿Qué?! —exclamó Kim mientras se levantaba ya del sofá.

—Voy a preparar café para los dos. Estoy aquí ya, no me cuesta ningún trabajo.

Kim colgó con una leve sonrisa en la cara mientras le ponía la correa a Barney.

Algunos días su equipo la dejaba boquiabierta.