Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 52
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Capítulo 52

Lo primero que Kim percibió al entrar en la morgue fue que el cuerpo de Josh Lucas seguía sobre la mesa y que la sábana blanca lo cubría hasta el cuello, como si lo hubieran arropado para dormir.

Keats mostraba compasión y respeto en todos los casos, pero en aquella ocasión parecía haber un elemento adicional: cierta ternura.

—Bueno, Keats, ¿qué tenemos? —preguntó Kim, acercándose al cadáver.

—Más lesiones de las que soy capaz de contar.

—Cuéntame más —le pidió la inspectora, que retrocedió y se apoyó en la mesa de trabajo de Keats.

Penn permaneció de pie junto al cuerpo, incapaz de ser tan atrevido.

—Primero, el estado general de salud. Cualquiera puede ver que el niño está desnutrido. El peso normal para su edad oscila entre los cuarenta y seis y los setenta y ocho kilos. Josh pesa cuarenta y dos.

—¿Solo cuarenta y dos? —preguntó Kim.

Keats asintió.

—Pero es importante señalar que no siempre ha sido así. Ni sus órganos ni su sistema digestivo muestran signos de inanición prolongada. Esto es algo reciente.

«¿Por qué han mantenido al chico en buenas condiciones durante años y, de repente, lo han dejado morir de hambre?», se preguntó Kim.

—No hay restos de comida sólida en su estómago; su última comida fue algún tipo de batido saludable.

Kim trató de procesar esa información antes de asentir para que continuara.

—El niño ha sufrido muchas fracturas óseas a lo largo de los años.

Cada fractura deja un rastro, y he contado hasta setenta y seis lesiones distintas.

Hay varias repartidas por todo el cuerpo, un par en los dedos de los pies, tres en las costillas…

Pero la mayor parte, cuarenta y cuatro fracturas para ser exactos, se encuentra en las manos.

—¿Boxeo? —preguntó Kim.

—Sí, y no del bueno. A ver, tampoco es que exista el boxeo bueno. Deberían haber prohibido ese deporte hace años.

—Pero el chico del gimnasio nos ha explicado que hay medidas de seguridad —alegó Penn.

—Ay, querido, permíteme un minuto para sacarte esa idea de la cabeza.

Dime qué organismo regulador puede prever si golpear a una persona hasta dejarla inconsciente le puede causar una conmoción cerebral leve o, tal vez, un daño cerebral permanente.

Dime cómo regulan la fuerza necesaria para noquear a una persona o matarla.

Nómbrame un solo ente que pueda predecir la aparición posterior de una enfermedad cerebral degenerativa llamada encefalopatía traumática crónica, que no tiene cura y que comienza de forma leve con cambios de humor y de personalidad, y luego se convierte en pérdida de memoria, confusión y problemas de movimiento.

—Pero los boxeadores saben…

—¿Lo sabía él? —gritó Keats, haciendo que Penn diera un respingo mientras el forense señalaba a Josh.

Penn no había sabido leer las señales.

Que Keats hubiera avisado a Kim de forma tan escueta, con tan pocas palabras.

La ausencia de bromas a costa de la inspectora.

La enorme consideración del forense hacia la víctima.

Muy pocos casos afectaban emocionalmente a Keats, pero ese lo había hecho.

—¿Has dicho que esto está relacionado con boxeo del malo? —preguntó Kim, sintiendo que Penn ya había sufrido suficiente.

—Boxeo sin guantes. Veréis, en los primeros combates de boxeo no había reglas escritas. Se permitían los cabezazos, hurgar en los ojos, los estrangulamientos, etc. El boxeo sin guantes se originó en Inglaterra y resurgió a principios del siglo XXI.

—Pero si es un niño —susurró Kim, preguntándose qué tipo de persona enferma quería ver a unos niños pegándose palizas entre ellos.

—Habrá dinero por detrás, igual que en las apuestas legales. Se apostarán grandes sumas, pero no encontrarás las cuotas en casas de apuestas oficiales como William Hill.

—Es algo clandestino —aportó Kim.

—Probablemente exista un calendario y una liga —añadió Penn.

Dado el número de niños desaparecidos en los últimos años, Kim no pudo evitar preguntarse con qué diablos se podían haber topado en aquel caso.

—De acuerdo, Keats, gracias por…

—Bueno, en realidad, no te he llamado por eso. Seguramente estabas a punto de descubrirlo por ti misma.

El forense se colocó a los pies del cadáver y tiró suavemente de la sábana hasta los dedos de los pies.

—Además de las múltiples fracturas en todas las falanges de las manos, hay una fractura reciente tanto en el hueso piramidal como en el hamato.

Kim frunció el ceño; el forense la agarró de la mano y le apretó el punto donde la mano se une con la muñeca.

—Vale —aceptó la inspectora, retirando la mano.

—Tenlo en cuenta cuando vuelvas a mirar sus moratones.

Kim se quedó callada. Los muchos moratones tenían exactamente el mismo aspecto que cuando los había visto antes.

—¿Tuvo que enfrentarse a una pelea muy fuerte? —preguntó Kim.

Keats rodeó la mesa, hablando mientras caminaba.

—Un moratón comienza siendo rojo, ya que aparece sangre debajo de la piel.

En uno o dos días, la hemoglobina de la sangre cambia y el moratón se vuelve azulado, morado o negro.

Después, entre cinco y diez días más tarde, se tornan verdes o amarillos.

Posteriormente, entre diez y catorce días después, son de color marrón amarillento o simplemente marrón.

Los moratones leves pueden perdurar desde unos días hasta una semana.

Los graves, varias semanas, o incluso más.

—Entonces, ha tenido que pelear muchas veces —dijo Kim al ver la cronología de los moratones por todo el cuerpo del joven.

—Echa un vistazo a sus muñecas y recuerda lo que te he dicho sobre la lesión más reciente.

Kim vio lo que parecían marcas de cuerdas en ambas muñecas.

—Esa lesión en la mano significaba que no podía pelear —dijo Kim, comenzando a comprender el hallazgo de Keats.

—Ni siquiera habría podido cerrar el puño.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Kim, uniendo en su cabeza todas las pistas que Keats le había dado. La desnutrición, la lesión, las muñecas y los moratones.

—Yo no lo entiendo —dijo Penn, mirando a ambos.

Kim tuvo que tragar saliva para contener las náuseas antes de responder.

—Ya no les servía a sus captores como boxeador, pero lo usaron con un último propósito mientras se moría de hambre lentamente.

La inspectora respiró hondo antes de pronunciar las palabras que le hicieron comprender que estaban tratando con unos monstruos.

—Lo ataron y lo usaron como saco de boxeo.