Capítulo 50
Aunque el gimnasio parecía pequeño desde fuera, la entrada se abría a una zona amplia que abarcaba un ring de boxeo, una zona de equipamiento y un tabique que separaba una pista de bádminton de un estudio de baile.
Nada más entrar, se les acercó un hombre que vestía una camiseta roja con el nombre del gimnasio en el lado izquierdo del pecho.
Kim le mostró su identificación policial.
—Qué rápido han llegado —dijo el hombre con una sonrisa en la cara. Como ni Kim ni Penn respondieron, continuó hablando—: Supongo que vienen por lo del retrovisor roto en el aparcamiento frente a la entrada. Yo soy Warren. He estado hablando con la mujer que…
—No es exactamente por eso por lo que hemos venido, Warren. ¿Cuánto tiempo lleva trabajando usted aquí? —le preguntó Kim.
—Casi siete años. ¿En qué puedo ayudarlos?
—¿Recuerda al niño que desapareció?
Al hombre no le resultó fácil recordar de primeras, pero finalmente terminó asintiendo.
—Jake… Eh…
—Josh Lucas —le recordó la inspectora.
—Sí, sí, lo recuerdo. Un buen chico.
—¿Estaba usted trabajando aquella noche?
Al abrirse la puerta del gimnasio, Warren se giró y saludó con la cabeza a dos adolescentes que llevaban sendas bolsas de deporte.
—¿Quieren que nos sentemos ahí? —les preguntó, señalándoles dos sofás de cuero desgastados situados junto al ring de boxeo.
Mientras se sentaban, un par de chicos de poco más de veinte años se subieron al ring .
—Sí, trabajé aquella noche. Hubo un pequeño incendio en un cubo de basura ahí, en la parte de atrás. Saltó la alarma de incendios. Todo el mundo salió del gimnasio y Josh se fue a casa. Eso es todo.
—Bueno, no, eso no es todo, ¿verdad, Warren? Porque Josh nunca llegó a casa. Probablemente usted fue una de las últimas personas que lo vio con vida.
—Yo no estaba prestando demasiada atención. Estuve intentando asegurarme de que todo el mundo estuviera a salvo.
—A salvo del incendio, que fue causado por…
—Ah, nada, un fuego pequeño en un cubo de basura en la cocina. Se apagó con un cuenco de agua.
—¿Y la causa? —preguntó Kim.
—No lo sé. Cosas que pasan.
Hasta donde Kim sabía, en el interior de cubos de basura no se producían incendios sin motivo alguno.
—¿Y vio a Josh salir del edificio? —le preguntó al hombre.
—Sí, y las cámaras también lo grabaron. No sé de qué va todo esto, pero nosotros no hicimos nada mal. El chico se fue, y nosotros no los acompañamos a todos a casa.
—Hablando de cámaras, hay una en la entrada que cubre el aparcamiento y los contenedores de basura.
—Sí.
—No estaba cubriendo esa zona durante la noche en la que Josh desapareció.
—Ah, sí, es que unos malditos contratistas habían venido el día anterior a limpiar y revisar todas las cámaras. Movieron esa cámara de su posición original. No nos dimos ni cuenta hasta que ustedes vinieron a buscar las grabaciones.
A Kim cada vez le olía peor la cantidad de coincidencias que se habían dado para producir un buen caos y la desaparición de un niño de la que nadie se percató.
Un pequeño incendio en un cubo que no causó daños ni heridos, pero sí un trastorno considerable.
Una cámara que estaba convenientemente apuntando hacia otro lado.
—Al día siguiente ya estaba arreglada, pero…
—Eso no nos sirve de mucha ayuda —dijo Kim, que decidió cambiar de tema—. ¿Recuerda algo diferente en Josh aquella noche? —le preguntó.
—No, ya lo hablamos con ustedes en su momento. Estuvo aquí haciendo lo que siempre hacía.
Kim se sentía cada vez más impaciente. El chico no se pudo haber metido en un agujero negro.
—¿Sabe con quién estaba jugando al bádminton?
Warren frunció el ceño.
—Josh no venía aquí a jugar al bádminton. Venía a pelear.
—¿A qué? —preguntó Kim, que no ocultó su sorpresa al escuchar aquello. Lo primero que pensó fue que lo más probable era que su madre no lo supiera. Ella les había dicho que iba al gimnasio para jugar en la liga de bádminton.
—A boxear. Venía porque quería aprender a pelear. En el colegio le estaban haciendo la vida imposible, metiéndose con él por eso de tener dos madres. Quería defenderse. El chico tenía un talento especial para el boxeo.
—¿A los once años? —preguntó Kim, que sabía que había sido a esa edad cuando Josh empezó a ir al gimnasio.
—No hay nada de malo en ello. No es ilegal que un niño practique boxeo. Deben tener dieciocho años para participar en un combate de boxeo profesional, pero pueden entrenar a cualquier edad.
—¿No cree que hay algo un tanto perturbador en animar a los niños a participar en un deporte en el que el único objetivo es hacerle daño al oponente?
El hombre negó con la cabeza.
—No se trata solo de pelear. Se trata de entrenar, usar los sacos, enseñar reflejos y habilidades de golpeo repetitivo.
Aprenden el directo, el cruzado, el gancho y el uppercut .
Les enseñamos a defenderse, a esquivar, a balancearse, a bloquear, a cubrirse, los agarres, el juego de pies y a retroceder.
Es una destreza. Es bueno para los niños, porque aumenta el tono muscular.
Fortalecen los huesos y los ligamentos, mejoran su capacidad cardiovascular, su resistencia muscular, la estabilidad de su centro corporal, su coordinación y la conciencia de su cuerpo.
Además, sirve para aliviar el estrés y aumentar su autoestima.
—Pero está hablando de un niño —insistió Kim.
—Hay muchos organismos reguladores y existen normas. Se utilizan vendas en las manos en todo momento; hay protectores bucales y cascos que…
—Los cascos no evitan que se puedan producir daños cerebrales —interrumpió Penn—. Entre 1980 y 2007, más de doscientos boxeadores murieron debido a lesiones sufridas en el ring o durante los entrenamientos. ¿No es por eso por lo que está prohibido en algunos países?
No era la primera vez que Kim se preguntaba de dónde se sacaba Penn los datos y las cifras que aportaba de repente en diversas situaciones. Alguna vez cotejaría en Google todos esos datos.
—Ya, y el sexo antes del matrimonio también está prohibido en algunos países, pero eso no va a impedir que el resto del mundo lo practique.
—¿Y qué me dice de las drogas? ¿También les meten esteroides? —le preguntó Kim.
—No, aquí no vienen ni culturistas ni enganchados a las proteínas y los suplementos. Ya se lo he dicho. A Josh le gustaba pelear y era…
Warren dejó de hablar cuando sonó el teléfono de Kim.
Era Keats. No le dio oportunidad de hablar.
—Necesito que vuelvas aquí. Tienes que ver algo.
El forense colgó, y Kim se puso de pie. El tono de la voz de Keats no había dejado lugar a la duda. Había encontrado algo que ella no iba a querer oír.