Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 44
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Capítulo 44

Gornal Wood era uno de los tres pueblos pequeños, junto con Upper y Lower Gornal, que formaban la región principal de Gornal.

La zona también albergaba la urbanización Stratis, una aglomeración de viviendas construidas a principios de los años sesenta.

A Kim siempre le había parecido divertido que todas las calles de aquel barrio llevaran nombres de poetas y escritores famosos. Sonrió cuando giraron a la izquierda en Chaucer Avenue para entrar después en Kipling Road.

La sonrisa desapareció de su rostro al recordar lo que habían ido a hacer allí.

La gran mayoría de las casas por las que habían pasado eran adosados que estaban bien cuidados.

—Creo que es aquí —aseguró Penn, aparcando al pie de un camino en pendiente de ladrillos rojos que terminaba en un garaje para un solo coche que quedaba a la derecha de la casa.

Kim se coló en el hueco que había entre los dos coches pequeños que se encontraban en el camino de entrada para llegar hasta la puerta de la casa.

Respiró hondo y se preparó antes de llamar.

Informar a los familiares de la muerte de un ser querido no se hacía más fácil con la experiencia, especialmente en el caso de un niño.

La puerta se abrió y, por un segundo, el corazón de la inspectora se detuvo.

Casi que tuvo que mirar dos veces. De inmediato, se disipó cualquier duda que pudiera tener sobre si estaban en el lugar correcto.

Ante ella se encontraba el doble de Josh Lucas. Bueno, de Josh Lucas si hubiera estado vivo, en buena forma, sano, bien alimentado y sin moratones por todo el cuerpo.

—Hola, ¿está tu madre en casa? —preguntó Kim.

—Bueno, una de ellas sí —respondió el adolescente con una sonrisa.

Kim se la devolvió. Había algo cautivador en aquel chico.

La inspectora estaba buscando su identificación policial cuando una mujer vestida de manera informal apareció detrás de él.

Al instante, la sonrisa se le congeló en el rostro.

Kim dejó su identificación donde estaba. No la necesitaba. La mujer sabía quiénes eran.

—¿Podemos pasar? —preguntó Kim con delicadeza mientras la mujer palidecía.

El chico miró alternativamente a la inspectora y a Penn.

—¿Tiene algo que ver con Josh? —les preguntó.

Kim no dijo nada.

—Harry, vete a tu habitación —le dijo la mujer sin mirarlo a la cara.

—Prefiero quedarme —respondió el chico, dando un paso atrás para coger la mano de su madre.

La mujer lo miró durante un segundo, le apretó la mano y les hizo un gesto a Kim y a Penn para que entraran.

—¿Clare Lucas? —le preguntó la inspectora mientras caminaban hacia el salón. Clare Lucas era la persona que había denunciado la desaparición de su hijo.

La mujer asintió y señaló uno de los sofás mientras ella y su hijo se sentaban en los sillones.

—¿Quiere llamar a alguna persona? —preguntó Kim, echando un vistazo a las fotos que adornaban las paredes.

Aunque estaban colocadas al azar, Kim pudo observar una cronología que parecía comenzar cuando los niños tenían seis o siete años. Había fotos de los cuatro hasta que los gemelos tuvieron once o doce años. Después de eso, Harry era el único niño que aparecía en las imágenes.

La tristeza por la historia que esas fotografías representaban invadió a la inspectora. Josh nunca regresaría para volver a completar aquella familia.

Clare negó con la cabeza en respuesta a la pregunta de Kim.

—Mi mujer está el hospital, le han extirpado un riñón. —Hizo una pausa—. ¿Lo han encontrado?

La expresión de la mujer al preguntar aquello indicaba que cada palabra de esa frase le iba raspando la garganta casi como fueran cuchillas de afeitar.

Era obvio que no quería pronunciarlas. Y, sin embargo, era la única pregunta que quería hacer.

Una vez respondida, no habría forma de regresar al limbo, al lugar donde aún había esperanza.

Kim asintió mientras Harry se acercaba a su madre y le cogía de nuevo la mano.

—Señorita Lucas, es…

—Clare, por favor, llámeme Clare —dijo la mujer.

Kim lo entendió. No quería oír aquellas palabras inevitables, aquella noticia que llevaba años temiéndose, de la boca de una persona que se estuviera dirigiendo a ella por su apellido.

—Clare, no son buenas noticias —le advirtió Kim.

La mujer tragó saliva y asintió para que continuara.

—El cuerpo de Josh ha sido encontrado hoy en…

Clare gritó mientras Harry enterraba la cabeza en el brazo de su madre.

—Los acompaño en el sentimiento —dijo Kim, consciente sin embargo de que ni todas las condolencias del mundo iban a servir para aliviar su dolor.

Kim esperó mientras madre e hijo asimilaban la noticia, abrazados con fuerza.

Dirigió su mirada hacia Harry, un chico con el que tenía más cosas en común que con cualquier otra persona allí presente y cuyo dolor comprendía mejor que nadie.

Clare había perdido a un hijo y no se podía negar la magnitud de un dolor como aquel, pero Harry había perdido a su otra mitad, y Kim sabía por experiencia que esa pérdida le afectaría durante el resto de su vida.

Finalmente, Clare levantó la mirada con los ojos enrojecidos para encontrarse con los de la inspectora, que pudo observar que a la mujer se le acumulaban un montón de preguntas. Las respuestas no iban a ayudar a nadie en su proceso de duelo, y menos aún a Harry.

Kim empezó a girarse hacia su compañero, pero él ya se había dado cuenta y se le adelantó.

—Oye, amigo, ¿te importaría enseñarme un poco la cocina? —preguntó Penn.

Harry miró a su madre, que le dio una palmadita en el brazo y asintió.

—Qué fotos tan bonitas de los chicos —afirmó Kim, echando un vistazo por el salón.

Pronto llegaría el momento de revelar los detalles que la mujer necesitaba.

Clare fijó la mirada en una foto de los dos niños vestidos con ropa idéntica. Kim se dio cuenta de que era la única en la que los niños vestían así.

—Nunca volvimos a hacerlo —dijo Clare con una sonrisa llena de dolor en el rostro—. Josh dejó muy claro que no le gustaba.

Al mirarla más de cerca, Kim pudo apreciar el gesto enfadado de uno de los niños.

—Me dejó bien claro que a él le gustaba el azul y a su hermano, el verde —explicó, moviendo la cabeza de lado a lado en un gesto de desolación—. Siempre fue el más franco. El que siempre describía con detalle lo que les gustaba y lo que no. Harry no hablaba mucho al principio.

—¿Fueron adoptados? —preguntó Kim.

Clare asintió.

—Siempre supimos que queríamos adoptar, y no queríamos bebés.

Queríamos niños que fueran difíciles de colocar en un hogar.

Sabíamos que teníamos mucho amor que ofrecer y la fuerza para hacerlo.

Supimos de estos chicos. Su padre murió en un atropello en el que alguien se dio a la fuga y su madre se quitó la vida una semana después del funeral de su marido.

Como era de esperar, eran niños difíciles.

Estaban confundidos, afligidos y aterrorizados.

Después de que la tercera familia de acogida los devolviera, llegamos nosotras. Tenían seis años y medio.

Kim admiró de inmediato a aquella mujer. Acoger a dos niños pequeños llenos de dolor y rabia no era una tarea para personas pusilánimes.

Enarcó una ceja, y Clare entendió aquel gesto.

—No nos arrepentimos ni un solo segundo de nuestras vidas. Cuanto más difíciles resultaban, más decididas estábamos a darles el amor y la estabilidad que necesitaban. El acuerdo de adopción era para toda la vida, y ellos son nuestros hijos.

Kim permaneció en silencio, dejando que la mujer hablara.

—Harry fue el primero en abrirse a nosotras.

Fue una alegría enorme ver cómo iba saliendo de su caparazón y aprendía a confiar en nosotras.

Eso nos dio la seguridad de saber que estábamos haciendo algo bien.

Josh fue un hueso más duro de roer —explicó mientras una lágrima se deslizaba inadvertida por su mejilla—.

Fue Jacks, Jaqueline, mi mujer, quien se lo terminó ganando.

Siendo como es una persona tan pragmática, convocó una reunión familiar justo antes de su séptimo cumpleaños y le preguntó directamente por qué no era capaz de aceptar nuestro amor.

Nunca lo olvidaré. —Clare se secó la mejilla.

—Continúe, por favor —la animó Kim, como si intentara facilitarle una especie de colchón formado por recuerdos agradables antes de tener que romperle el corazón.

—Josh le respondió que lo único que nos unía era un trozo de papel, y no la sangre, y que por eso podríamos devolverlos en cualquier momento. Dijo que no iba a sentirse cómodo nunca porque solo era algo temporal.

Kim sintió una pena enorme por aquel niño lleno de dudas y miedo.

—Jacks enseguida supo qué hacer. Cogió una aguja y pinchó los pulgares de los cuatro.

Luego, todos juntamos los dedos, y dijo: «Mirad, ahora vuestra sangre corre por nuestras venas y la nuestra, por las vuestras.

Nunca os abandonaremos». —Clare volvió a comenzar a derramar lágrimas—.

Un gesto de lo más sencillo, pero funcionó.

A partir de ese día, Josh se permitió a sí mismo confiar en nuestro amor y en nuestra familia.

Kim trató de contener la emoción que sintió. Ella había estado a punto de tener una familia como esa.

—Quiero saberlo todo —dijo Clare, retorciéndose las manos—. Pero, a la vez, no quiero. Cuando conozca los detalles, tendré que aceptar que es real.

Kim lo entendió. Aún no se habían pronunciado las palabras definitivas. Todavía no habían adoptado forma. Josh seguía siendo un niño desaparecido.

—¿Podría volver a contarme lo que pasó aquel último día? —le preguntó Kim. Habían transcurrido cuatro años, pero dio por hecho que aquel recuerdo nunca se habría desvanecido.

—Era martes, nuestro día de transición.

Kim frunció el ceño.

—Yo trabajo de sábado a martes y Jacks, de martes a viernes.

Los martes siempre eran un poco caóticos, sobre todo porque también era la noche en la que Josh jugaba al bádminton.

Iba a llegar un poco tarde a recogerlo, aunque aún tenía algo de tiempo.

Hubo un pequeño incendio en un contenedor del gimnasio, evacuaron a todo el mundo y Josh desapareció.

Los chicos del gimnasio dieron por hecho que habría decidido volverse a casa, ya que el gimnasio está a menos de un kilómetro y medio de aquí, y yo supuse lo mismo cuando llegué y me contaron lo del incendio.

Conduje hasta casa por el camino que él solía recorrer, pero no lo vi por ninguna parte.

Nadie lo vio caminando hacia casa aquella noche.

Fue como si se hubiera evaporado —explicó, mirando a Kim a los ojos—. Pero no fue así, ¿verdad?

La pregunta significaba que Clare ya estaba lista para recibir algunas respuestas.

Kim negó con la cabeza.

—¿Estás completamente segura de que es Josh? —preguntó.

—Lo he estado del todo en cuanto he visto a Harry.

Clare comprendió la situación al instante y el horror se apoderó de su rostro.

—¿Ha estado vivo todo este tiempo?

Kim asintió.

—¡Dios mío, no! —exclamó, cubriéndose el rostro como si estuviera intentando evitar que esa información calara en ella—.

¡No, Dios mío, no! —repitió, llevándose la mano al corazón—.

Siempre me he consolado con la idea de que, si había sufrido, habría sido algo rápido; de que él no nos estaría echando de menos tanto como nosotros a él, que estaba en paz.

Así fue como logré recomponerme un poco y seguir adelante.

Las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas mientras se daba cuenta de la realidad.

—Seguimos viviendo. Teníamos que hacerlo. Ha habido momentos en los que nos hemos reído, hemos vivido aventuras pensando que Josh estaba en paz. Hemos llorado su pérdida, pero también hemos vivido, y el sentimiento de culpa por ello nunca…

Kim permaneció en silencio, incapaz de consolar a aquella mujer.

—¿Cuándo…? —preguntó Clare, incapaz de pronunciar la palabra fatal.

—Hace poco. Cuestión de días —confirmó Kim.

—¿Puedo verlo? —preguntó la mujer con esperanza, como si eso fuera a devolverle la vida a su hijo.

—Vamos a necesitar que nos confirme que es Josh —dijo Kim—. Pero tiene que estar preparada para ello. Las personas que lo secuestraron no lo han cuidado bien.

Clare cerró los ojos a causa del dolor que le causaba esa información.

—Ha sufrido, ¿verdad?

Kim asintió. No podría saberse hasta qué punto hasta que Keats tuviera una «conversación» más profunda con el chico.

—¡Ojalá no hubiera llegado tarde ese día! ¡Ojalá no se hubiera producido aquel incendio en el gimnasio! —exclamó Clare, que volvió a enterrar la cabeza entre las manos.

Kim deseaba poder ofrecer algún tipo de consuelo a aquella madre afligida, pero lo único que estaba en su mano era intentar encontrar a los responsables de la muerte de su hijo.

Y uno de los «ojalá» que Clare acababa de exteriorizar sin duda merecía un examen más detenido.