Capítulo 42
Como nunca antes había visitado aquel enclave costero, Stacey todavía estaba tratando de decidir si le gustaba Blackpool o no.
Había pasado los últimos veinte minutos caminando por sus calles, armada con Google Maps y unos cuantos códigos postales.
Sus paseos la habían llevado a través de una serie de callejuelas que probablemente habrían sido muy animadas años atrás, en la época dorada de la ciudad.
Las propiedades vacías aún conservaban los signos de lo que alguna vez había habido en su interior: mercados, tiendas de artesanía y cafeterías.
La última callejuela la condujo hasta una calle larga que, según Google, la llevaría hasta Coral Island, aunque ella no tenía la intención de llegar hasta allí.
Su objetivo era aproximarse hasta el lugar donde Lewis desapareció de la vista de las cámaras de los recreativos, para verlo con sus propios ojos.
Los hostales y pensiones que quedaban a su derecha poco a poco fueron dejando paso a tiendas de regalos y de recuerdos baratos, locales donde vendían patatas fritas y hamburgueserías, todo ello a medida que se iba acercando al centro de la localidad.
Comenzó a divisar el aparcamiento que Lewis cruzó antes de entrar en el recinto, y entonces comenzó a prestar más atención. Vio en un cartel que aquel espacio tenía más de trescientas plazas de aparcamiento y en ese momento, a las diez de la mañana, estaba casi lleno.
Stacey continuó avanzando por la calle, mirando los locales a su derecha y luego hacia el aparcamiento.
Una sensación de desasosiego se apoderó de ella al acercarse al lugar en el que Lewis se detuvo aquel día a charlar con alguien. Hasta aquel momento, la ayudante de detective no había visto ninguna cámara que pudiera resultarle útil en ninguno de los locales cercanos.
Caminó otros quince metros y calculó que ya se encontraría más o menos a la altura del lugar que buscaba.
Detrás y a su izquierda había una cafetería pequeña que no tenía ninguna cámara.
Justo detrás había una tintorería, también sin cámaras.
A su derecha había un establecimiento donde vendían kebabs…
y en la esquina superior, encima del letrero, había una cámara.
« Por favor, por favor, por favor, que no sea un dispositivo de pega», rezó Stacey interiormente mientras llamaba a la puerta. En la parte trasera del local se podía ver una luz que indicaba que había alguien en su interior, a pesar de que aún no habían abierto.
Un hombre de piel oscura con un delantal, una fregona y un rostro bastante irritado se dirigió hacia la puerta.
Stacey ya tenía su identificación policial en la mano.
—Policía —dijo, prefiriendo omitir el cuerpo policial específico para el que trabajaba.
El hombre la miró con el ceño fruncido.
Ella sonrió.
—No se preocupe, que usted no está metido en ningún problema. Pero ¿podemos hablar un momento?
—Pase —invitó el hombre, apoyando la fregona contra la puerta.
—¿Es de pega? —preguntó la ayudante de detective, señalando hacia la parte delantera de la tienda.
—¿De pega? —repitió el hombre, rascándose la cabeza.
—Lo siento. Me refiero a que si es de mentira, y la usa para que parezca que funciona de verdad —respondió Stacey, tratando de explicarse mejor.
El hombre negó con la cabeza.
—Es una cámara real.
El desánimo de Stacey se convirtió en esperanza.
—¿Tiene grabaciones? —preguntó, sin darse cuenta de que, inconscientemente, estaba haciendo gestos con las manos que probablemente confundían al hombre todavía más—. ¿Vídeo? —le aclaró.
El hombre asintió y se hizo a un lado.
Solo entonces Stacey cayó en la cuenta de lo vulnerable que se encontraba en esa situación.
Estaba en una ciudad desconocida, a punto de entrar en un local desconocido con un hombre al que jamás había visto antes.
La jefa siempre les advertía de que estuvieran atentos a su entorno, pero, como ella se pasaba la mayor parte del día sentada en un escritorio, no siempre sabía estimar los peligros potenciales.
El hombre pareció ver que el rostro de la agente estaba lleno de dudas y dio la sensación de comprender que se encontraba en una situación difícil. Su reacción fue entregarle a Stacey las llaves que llevaba consigo.
Ella le sonrió en señal de agradecimiento y lo siguió hasta la trastienda. Las cajas que había apiladas por el espacio la obligaron a moverse como un cangrejo para avanzar por el mismo.
Más allá del almacén había una cocina pequeña llena de armarios viejos. El fregadero y la zona de preparación de alimentos estaban impecables y parecían nuevos, al igual que un armario que iba del suelo al techo y que se encontraba junto a un congelador.
El hombre le hizo un gesto con las manos y ella se dio cuenta de que quería las llaves.
Ella se las dio.
Él eligió una y le devolvió el resto; luego, señaló hacia el armario.
—Gracias —dijo Stacey, introduciendo la llave en la cerradura.
El armario se abrió para revelar un estante extraíble con un teclado y un ratón. Sobre la estantería que quedaba por encima había un monitor de pantalla plana y en el suelo había un disco duro. Todo el conjunto parecía bastante nuevo.
—¿Cuántas cámaras hay? —preguntó Stacey mientras cogía una silla.
El hombre levantó tres dedos.
—Detrás, tienda, delante —especificó, señalando en varias direcciones.
La ayudante de detective encendió el disco duro y se volvió a girar hacia el hombre.
—¿Sabe hasta cuánto tiempo atrás se remontan las grabaciones?
Él negó con la cabeza.
—¿Por qué tienen una cámara delante? —preguntó Stacey.
—Mi hijo mira coches, tarde de noche —respondió el hombre, que señalaba de nuevo hacia la parte delantera.
¿Habría una posibilidad de que la cámara estuviera colocada para vigilar el aparcamiento?
—¿Todo bien? —preguntó el hombre, dispuesto ya a salir de la habitación.
Stacey asintió. Sin duda, empezaba a tener esperanzas de que así fuera.