Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 40
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Capítulo 40

Bryant no tardó en darse cuenta de que Roy hacía todo como si fuera la única persona que existiera en el mundo.

Apenas habían recorrido un par de kilómetros y su coche ya había sido objeto de más de un bocinazo y unos cuantos dedos corazones alzados contra su conductor.

—Me imagino que ni te creerás que hayan llamado a esa cabrona para que regrese, ¿no? —le preguntó Roy—. A veces no queda otra que creer que Dios existe, ¿eh?

Era surrealista oír a ese hombre referirse a Dios de cualquier manera. Aquel tenía que ser el hombre menos devoto que Bryant hubiera conocido jamás. Pero aquel día estaba más dispuesto a seguirle el juego.

—Ya te digo, sin ella delante tengo la oportunidad de hacer un trabajo policial de verdad y quizá, mientras tanto, divertirme un poco —respondió, metiéndose en el rol del personaje despreciable que le correspondía representar.

Aunque tenía el permiso de la jefa para actuar así, se seguía sintiendo culpable cada vez que hablaba mal de ella.

Roy se rio.

—Si lo que buscas es diversión, hay por ahí un antro al que hay que hacerle una redada. Eso te va a alegrar el día.

Bryant miró por la ventana para ocultar la tensión que se había apoderado de su rostro al recordar los ojos sin vida de Pippa Jacobs, así como su alma rota y su comportamiento temeroso.

Estaba bastante seguro de que aquella mujer no obtenía diversión alguna.

—Escucha, a esos tipos del muelle no les vamos a sacar mucho más, así que charlaremos con ellos media hora y luego nos buscamos un lugar tranquilo para tomarnos un café.

—¿No crees que puedan ayudarnos a encontrar a Noah?

—Nah…

—Sus padres deben estar volviéndose locos —dijo Bryant, recordándole de forma nada sutil el trabajo que tenían entre manos.

—Deberían habérselo pensado mejor antes de dejar al niño solo.

Su negligencia nos supone un gran dolor de cabeza.

Si el crío termina muerto, ¿a quién crees que van a culpar, a nosotros o a los dos adultos que lo dejaron solo?

En serio, me pone de muy mala hostia que la gente tenga hijos y al final sean otros los que tengan que…

—Roy dejó de hablar al escuchar una llamada en su teléfono.

Poco sorpresivo fue que lo sacara del bolsillo, se lo llevara a la oreja con una mano y contestara mientras conducía con la otra.

Escuchó durante unos segundos.

—¿Dónde? —preguntó.

Le aseguró a su interlocutor que iban de camino y colgó la llamada.

—Cambio de planes, compañero —afirmó. Dio la vuelta, adentrándose con el coche en el camino de entrada privado de una casa.

Bryant se agarró al borde del asiento.

—El jefe nos dijo que a lo mejor recibíamos alguna llamada, y esta es muy importante. Te voy a enseñar cómo hacemos las cosas aquí.

« Sí, por favor, enséñame cómo se puede investigar de manera superficial y poco rigurosa » , pensó Bryant mientras se agarraba al asiento como si su vida dependiera de ello.

***

Bryant sintió un gran alivio cuando Roy detuvo por fin el coche con un chirrido de neumáticos frente a la cinta de acordonamiento que servía de barrera en un polígono industrial.

Todas las cabezas de los presentes, desde los ciudadanos de a pie hasta los agentes de policía, se giraron. A Bryant le recordó a los créditos iniciales de las antiguas series policiacas de los años setenta, en las que los protagonistas aparecían a toda velocidad para resolver un caso.

Al ver de quien se trataba, los policías allí congregados enseguida perdieron el interés, pero los civiles seguían observándolos cuando Roy comenzó a abrirse paso entre la multitud.

El agente que llevaba el registro de entrada a la escena logró asentir a Roy a modo de saludo sin siquiera levantar la vista.

Toda la actividad se centraba en una pequeña nave industrial que parecía en desuso.

Roy no habló con nadie mientras se acercaba hasta allí. Un hombre que Bryant supuso que era el forense parecía maldecir entre dientes.

Como aquel no era su caso, Bryant podía permitirse observar las reacciones de las personas que lo rodeaban, y aún no había visto a nadie que se alegrara de haber visto a Roy Moss.

—Apartaos —instó Roy sin dirigirse a nadie en particular.

Todos lo hicieron, y Bryant se quedó petrificado.

Su mirada se posó sobre la figura de una mujer que tendría cerca de treinta años.

Tenía los vaqueros bajados hasta los tobillos y la ropa interior, hasta las pantorrillas. Le habían remangado la sudadera, dejando al descubierto el sujetador. Tenía un único corte en el cuello; la herida había sangrado hasta el esternón y le había empapado su pelo negro.

—Mierda —dijo Roy, pasándose una mano por el pelo—. Conozco a esta mujer.

—Ah, vaya —farfulló Bryant, tratando por todos los medios de no delatarse.

Él también la conocía.

El rostro que estaba contemplando pertenecía a Jasmine Swift, la mujer a la que habían visitado el día anterior. La mujer que había denunciado un robo y a la que luego el inspector Red Butler había estado acosando.

Bryant tuvo que apartar la cara para ocultar el estado de shock que amenazaba con hacerse dueño de su cuerpo. Estaba seguro de que Roy se daría cuenta de inmediato de que él también conocía aquel rostro.

¿Cómo era posible que una mujer con la que acababan de hablar estuviera ahora tirada en el suelo a menos de metro y medio de él después de haber sido violada y asesinada?

¿Habrían sido ellos quienes habían causado aquello?

¿Sabría alguien que habían estado hablando con ella?

¿Habría alguien intentando borrar huellas?

El primer instinto de Bryant fue sacar su teléfono y llamar a la jefa.

Aquella mujer joven y llena de energía estaba muerta, y él desconocía si ellos eran los responsables.

Pero tenía que guardar la calma. La jefa ya no podía hacer nada por ayudar a Jasmine, y cualquier comportamiento extraño por su parte podría parecer sospechoso.

Solo cuando estuvo seguro de que podía mantener una expresión impasible en el rostro volvió a mirar el cadáver que yacía a sus pies.

Las similitudes con la foto de la escena del crimen que Roy le había mostrado en la comisaría el día anterior eran asombrosas.

—Se parece a…

—Sí, sí, eso es justo lo que estaba pensando —afirmó Roy, acariciándose la barbilla—. ¿Cuánto tiempo lleva muerta? —le preguntó a continuación al forense, con quien aún no había intercambiado ni una sola palabra amable.

La relación entre su jefa y Keats no era precisamente de cariño y afecto, pero al menos se trataban de forma cordial y con respeto.

—Doce horas más o menos —respondió el forense, que miraba a Bryant como si esperara que se lo presentara.

—¿Algo más que necesite saber? —preguntó Roy, sin ningún tipo de educación.

Bryant percibió claramente que el forense se irritaba ante la actitud del sargento. En lugar de responder, se dio la vuelta para consultar algo con uno de los técnicos forenses.

—Ahora tienes tu oportunidad —le susurró Roy al oído mientras sacaba su propio teléfono.

«Joder, no», pensó Bryant. La mera idea de hacer una foto le daba náuseas, pero sacó su móvil de todos modos. Al levantarlo, golpeó con el codo la mano de Roy, provocando que el teléfono del sargento de Blackpool golpeara el suelo con estrépito.

El forense se giró y miró a Roy con severidad.

Roy murmuró una disculpa y recogió su teléfono, pero había perdido su oportunidad, porque el forense había vuelto a centrar su atención en la víctima.

«Pequeñas victorias», se dijo Bryant a sí mismo. Aquel hombre era despreciable, al margen de grosero, insensible y arrogante, pero al menos no tendría la oportunidad de examinar las fotos de aquella pobre mujer en un futuro próximo.

—¡Joder, tío! —exclamó Roy mientras regresaban al coche después de lo que debió ser la visita más breve de Bryant a la escena de un crimen.

—Sí, joder, si ya te lo dije. A mí siempre me pillan.

—Las de la escena del crimen no serán tan buenas como la que podía haber sacado aquí. Tenía el ángulo perfecto para verle justo…

—¿Y a dónde vamos ahora? —preguntó Bryant todo lo rápido que pudo.

—Bueno, como ya sé algunas cosas sobre esta maravillosa mujer, creo que vamos a empezar con su exnovio.

—¿No con su familia? —preguntó Bryant. Los primeros con los que siempre había que contactar eran los familiares más cercanos, sin duda.

—Bueno, vamos a dejar que de eso se encarguen otras personas. El ex tiene que ser el primer sospechoso, y yo sé dónde vive.

—Pero seguro que…

—Amigo, tienes que olvidarte de todas las reglas que sigues al pie de la letra. Aquí, en el norte, hacemos trabajo policial de verdad. Ya deberías haberte dado cuenta, Toto, de que ya no estás en Kansas.