Capítulo 39
A pesar de que el coche de Penn daba la sensación de seguir en pie gracias a un poco de cinta aislante aquí y allá, mucho pegamento y poco menos que la intervención divina, llegaron en un tiempo prudencial hasta el hospital Russell Hall, recorriendo los más de ciento cincuenta kilómetros del trayecto para entrar en aquel edificio poco después de las nueve de la mañana.
Cierto era que el viaje no había sido tan cómodo como en el Astra Estate de Bryant, y en ello pensaba Kim cuando se dirigía junto a Penn al depósito de cadáveres.
Aunque, a decir verdad, lo que más le había preocupado durante el trayecto era la posible razón por la que Keats hubiera decidido llamarla específicamente a ella, a pesar de que se encontraba a más de cien kilómetros de allí.
Había otros detectives, y se habría asignado uno de inmediato según el protocolo, así que debía existir una razón que explicara que Keats la quisiera a ella.
La inspectora dudaba mucho que fuera por pura diversión.
Jimmy, el ayudante de Keats, abrió la puerta cuando los vio acercarse. El forense se estaba lavando las manos en la antesala.
—Bueno, Keats, explícate —dijo Kim, cogiendo la ropa protectora que ya estaba preparada para ella.
—Buenos días, inspectora. He oído que estabais todos en Blackpool, así que voy a intentar contener la curiosidad que siento por saber por qué tenemos aquí al joven Penn en lugar de a Bryant. Lamento interrumpir vuestras vacaciones, pero tengo un cadáver.
—¿Solo uno? —preguntó Kim. Por el camino, había pensado que quizá se tratara de un caso de triple asesinato o algo por el estilo.
—Sí, solo uno, pero…
—¿No hay otra persona que pueda encargarse de ello? —preguntó la inspectora mientras pensaba en el resto de su equipo, que había quedado a merced de la brigada de Blackpool.
—Me enviaron a Waines —afirmó Keats a modo de explicación.
—Es un tipo competente —replicó la inspectora, aunque ella nunca había trabajado con él.
—Quiero algo más que competencia para esta pobre criatura. Quiero dinamismo, compromiso, pasión y perseverancia. A falta de esas cualidades, me vale contigo.
—Espera un momento —dijo Kim, enarcando una ceja—. Retrocede un poco. ¿Eso ha sido un cumplido?
—Si estás tan desesperada por recibir elogios, pues vale, tómatelo como quieras. Mientras tanto, sígueme.
Kim obedeció y siguió al forense hasta llegar a la altura de la primera mesa de metal de las tres que había en fila. Una sábana aún cubría el cuerpo.
—¿Estás lista? —le preguntó Keats.
Kim asintió.
El forense retiró la sábana para revelar primero un cabello rubio claro; a continuación, un rostro, un rostro joven; luego, unos hombros estrechos y un cuerpo demacrado; después, uno calzoncillos sucios y unos huesos de la cadera pronunciados; y, por último, unas piernas delgadas y unos pies huesudos.
Kim permaneció en silencio durante un minuto mientras observaba la escena que tenía ante sí.
Calculó que el chico no tendría más de quince años.
No fue solo la corta edad del crío lo que la entristeció, sino que, a medida que Keats iba descubriendo el cuerpo poco a poco, se iban revelando más y más hematomas. La piel del chico era un lienzo de moratones amarillos, morados y rojos. Habían golpeado despiadadamente a aquel chaval.
—¿Es así como lo encontraron? —preguntó Kim.
Keats asintió.
—En la dársena del canal de Dudley. No se ha encontrado ninguna otra prenda, pero no se ahogó. Yo diría que lo que lo mató fue esto —explicó mientras señalaba una línea de hematomas que se extendía por todo el cuello del chico.
Kim frunció el ceño. Daba la sensación de que el agua apenas hubiera entrado en contacto con el cuerpo del joven. Había visto muchas víctimas ahogadas a lo largo de su carrera.
—No mucho. Esa es la respuesta a tu siguiente pregunta.
Kim esperó en silencio.
—Yo diría que llevaría en el agua poco más de una hora —continuó Keats—. Aún no puedo decirte con exactitud cuánto tiempo antes de eso lo asesinaron, pero intentaré darte una respuesta más precisa cuando haya tenido la oportunidad de tener una conversación con él.
Kim sabía que la «conversación» de Keats implicaba la disección de todos los órganos principales en busca de respuestas. También era consciente de que cada paso de aquel proceso se llevaría a cabo con total respeto y sensibilidad.
—¿Algo más? —preguntó Kim, echando un último vistazo al cadáver.
—Nada, excepto que tienes que encontrar al responsable.
La inspectora salió de la morgue y se dirigió a la antesala. Penn iba dos pasos por detrás de ella.
¿Era una simple casualidad que justo cuando estaba ayudando a investigar la desaparición de dos niños preadolescentes en Blackpool la hubieran llamado para que regresara a Black Country y se enfrentara con el cadáver de lo que parecía ser un niño de quince años?
Sí, era cierto que había unos años de diferencia entre los chicos, pero Kim no creía en ese tipo de casualidades.
Keats asomó la cabeza por la puerta cuando ella se quitaba ya las zapatillas protectoras.
—Entonces, ¿te quedas con el caso?
La inspectora asintió.
—Sí, Keats, esta vez has hecho bien en llamarme.