Capítulo 38
NOAH
La paja no le resultaba ahora más cómoda sobre su piel desnuda de lo que lo había sido la noche anterior, cuando lo trasladaron hasta allí.
Señor le ató una venda a los ojos y lo guio sin decir palabra hacia el exterior de la casa. Comprendió por qué le había permitido quedarse con los zapatos puestos cuando sintió el aire fresco de la noche en la piel y la grava crujiendo bajo los pies.
—Quédate callado —le dijo Señor. En menos de un minuto, sintió que la superficie bajo sus pies cambiaba. Ahora caminaba sobre hormigón y el aire era más cálido. Había un olor que le recordaba a cuando su madre lo llevó a ver los burros en la playa.
Noah escuchó que se abría algo; luego, lo empujaron hacia delante, y entonces sintió la paja áspera que le raspaba los tobillos.
—Siéntate —le dijo Señor con voz calmada.
Noah lo obedeció.
Señor le cogió la mano derecha y la mantuvo plana contra el suelo.
Acto seguido, le puso una cadena alrededor de la muñeca.
Noah retrocedió de forma instintiva ante el metal frío y retiró el brazo.
Señor lo volvió a sujetar, esta vez con más vigor, y le puso la palma de la mano contra el suelo a la fuerza.
—Silencio —le dijo Señor mientras le quitaba la venda de los ojos.
Noah lo vio salir por la puerta del corral en el que lo acababa de encerrar.
Era más pequeño que el cuartito anterior, y había una pared de ladrillo a su izquierda y otra de bloques de hormigón a su derecha.
Delante de él tenía una valla de madera y la puerta.
Le recordaba a un corral de animales que había visto cuando su padre lo llevó una vez a un zoológico interactivo.
No podía ponerse de pie, pero tenía la sensación de que había un corral similar justo enfrente.
Las luces del techo se apagaron, y Noah se quedó dormido. Ahora debía ser miércoles por la mañana, o eso era lo que se figuraba.
Llevaba tres días sin ver a sus padres.
De repente, oyó un crujido y se quedó petrificado, paralizado por el terror que lo invadió. ¿Qué animales podría haber allí con él? ¿Podrían llegar hasta él atravesando la valla? ¿Morderían?
Por alguna razón, Noah tenía incluso más miedo que antes. Sus padres aún no lo habían encontrado y tenía la sensación de que aquel último traslado iba a ser más permanente. Algo le decía que no iba a salir de allí en mucho tiempo y que sus captores lo sabían.
La idea de que sus padres quizá nunca lo llegaran a encontrar lo golpeó con fuerza.
Un sollozo escapó de sus labios y, una vez que lo hizo, le siguió un torrente de lágrimas, que empezaron a recorrerle las mejillas sin que fuera capaz de detenerlas.
Aquellos desconocidos lo habían secuestrado, y él no sabía por qué.
No eran amables, y Noah no sabía qué iban a hacer con él.
Lo único que sentía era que estaba perdiendo la esperanza de volver a ver a sus padres.
Ahogó un grito cuando escuchó un estornudo. Y otro.
Había alguien más allí con él.
Sintió esperanza y miedo al mismo tiempo.
—¡¿Quién anda ahí?! —gritó.
—Shhh —oyó desde el otro lado.
—¿Dónde estás? —volvió a gritar.
—Cállate —respondieron de forma seca—. Como hables, no nos darán de comer.
—Por favor, solo dime…
—Tienes que callarte. ¿Quieres que nos maten?
Noah movió la cabeza de lado a lado mientras escuchaba cómo se abría la puerta del granero.
No sabía dónde estaba ni qué querían de él, pero al menos ahora sabía que no era el único.