Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 35
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Capítulo 35

El tipo de llamada que Keats más detestaba era cuando le informaban de que se había encontrado un cuerpo en el agua.

Era uno de los peores entornos en los que se podía hallar un cadáver.

A menudo, la víctima tenía un aspecto ceroso y estaba hinchada, ofreciendo una versión grotesca de la persona que había sido antes de fallecer.

El forense también era consciente de que se estaba haciendo demasiado mayor para que requirieran sus servicios a las cinco de la mañana.

Pintaba regular el comportamiento que pudiera tener hacia el inspector a cargo de la investigación, y sobre ello reflexionaba mientras se acercaba a la dársena del canal de Dudley.

Porque sabía quién podría ser esa inspectora.

Siempre le resultaba un aliciente poder descargar parte de su irritación picando un poco a la detective más beligerante con la que trataba.

Sus pullas y comentarios mordaces le servían para liberar la frustración acumulada y le permitían hacer su trabajo de forma más eficiente, cosa que el resto agradecía.

Pero no había ni rastro de la presencia de dicha inspectora cuando se acercó al grupo de personas con chalecos reflectantes que estaban observando cómo sacaban el cuerpo del agua.

El equipo de buceo, formado por seis personas, introdujo el cadáver en una bolsa impermeable para preservar cualquier posible prueba forense que pudiera quedar en él.

A continuación, colocaron la bolsa en una especie de flotador y lo trasladaron empujándolo con delicadeza hacia el borde de la dársena.

Entre los policías de uniforme, Keats vio a un hombre vestido con traje y chaqueta tres cuartos. Se trataba del inspector Waines, conocido por llevar un abrigo color camel prácticamente todos los días, exceptuando solo los más calurosos.

—¡Y aquí está nuestro patólogo, fresco como una rosa y rebosando vitalidad! —exclamó Waines, dándole una palmada en el hombro.

A Keats no le caía muy bien ese hombre, para empezar porque no se había molestado en leer la circular acerca de no tocar a los compañeros de trabajo.

Aunque esa no era la razón principal por la que no le gustaba aquel inspector.

Era insulso y anodino, no ofrecía un solo momento de brillantez ni de creatividad.

No hacía preguntas ni planteaba retos. Keats no podía provocarlo para que pensara, jugando al toma y daca como lo hacía con otros agentes.

No le aportaba la menor diversión. Keats sabía que aquel detective ni siquiera captaba la mayor parte de sus bromas.

—Siento que hayamos interrumpido tu desayuno, Keats —continuó Waines con una sonrisa burlona que parecía decir todo lo contrario.

Keats lo ignoró y se dirigió al inspector Plant.

—¿Quién ha avisado? —preguntó.

—Un tipo que estaba corriendo.

El forense dirigió una mirada a Plant.

—Lo siento, es que nunca he entendido esa fascinación.

Plant se rio.

—Yo tampoco. No me gusta ningún tipo de ejercicio que me obligue a levantarme de la cama siendo aún de noche, antes de empezar a trabajar. Y, además, siempre andan encontrando cadáveres. Este tipo se agachó para atarse los cordones y vio una extremidad enganchada en esa rama.

Keats echó un vistazo hacia el otro lado. Waines se estaba dirigiendo hacia el corredor, un hombre que andaría cerca de los treinta años.

—¿Por qué está aquí Waines? —le preguntó al inspector Plant—. Esto es competencia de Halesowen, ¿no?

—Sí, pero, por lo que he oído, todo el Departamento de Investigación Criminal de Halesowen está de excursión en Blackpool.

Keats frunció el ceño. Estaba bastante seguro de que no habrían ido todos juntos a ver las famosas luces, aunque a él aquello poco le incumbía.

—Eh, Keats, ya están saliendo —le avisó Mitch.

El forense se acercó al borde de la dársena mientras el equipo de buceo sacaba la bolsa que contenía el cadáver.

Se arrodilló y desabrochó la cremallera de la bolsa. Tras recorrer con la mirada a la víctima, sintió que el horror casi le comprimía el pecho. De inmediato, supo tres cosas: Que la víctima no había muerto ahogada.

Que el cuerpo no llevaba mucho tiempo en el agua.

Y, por último, que solo había una persona en la que confiaba para trabajar en aquel caso.

Sacó su teléfono e hizo una llamada.