Capítulo 34
Penn era consciente de que tenía una doble tarea en el rato que iba a pasar con Dickinson.
Nadie había logrado descifrar aún a aquel oficial.
Pasaba mucho tiempo escuchando, pero hablaba bien poco.
Por otra parte, tenía que observar bien a los padres de Noah y ver si había algo en ellos que le pareciera sospechoso.
Pensando en posibles comportamientos sospechosos, Penn decidió permanecer en silencio durante el trayecto hasta la casa de la familia Reid.
Si empezaba a bombardear a Dickinson con preguntas en cuanto se quedaran a solas, corría el riesgo de que descubriera la operación encubierta de su equipo.
También tenía que tomarse algo de tiempo para meterse en el personaje que le habían pedido que adoptara.
El papel de agente de policía joven y ambicioso no era tan difícil de imaginar como el que se le había pedido a Bryant.
Pero, aun así, a Penn le resultaba bastante ajeno.
La ambición nunca había formado parte de su personalidad.
Nunca había sido un tipo competitivo y siempre le había importado más el día a día que un posible destino final.
Si le gustaba algo, lo hacía, pero no sentía la necesidad de prevalecer, de ganar a nadie.
Hasta aquel momento, Dickinson apenas había hablado con ningún miembro del equipo, ni siquiera les había mirado a la cara a menos que hubiera sido estrictamente necesario. Penn tenía que actuar con cuidado.
No habían intercambiado todavía una sola palabra cuando Dickinson aparcó frente a un pareado con doble acceso para vehículos a unos cinco kilómetros de Blackpool.
—Déjame hablar a mí, ¿de acuerdo? —le pidió Dickinson al salir del coche.
—Por supuesto —respondió Penn. De todos modos, él no sabía prácticamente nada del caso.
Les abrieron la puerta antes incluso de que llegaran a la altura de la misma.
—Señor Reid —saludó Dickinson, tendiéndole la mano a un hombre.
Este se la estrechó sin apartar la mirada del rostro de Dickinson.
El sargento local movió la cabeza de lado a lado en un gesto de desolación cuando la señora Reid apareció junto a su marido y se le escapó de los labios un sollozo casi imperceptible mientras los invitaba a entrar en la casa.
Los dos oficiales siguieron a los anfitriones por el pasillo hasta la cocina.
Por el camino, Dickinson les presentó a Penn.
—¿Por qué podría tener interés en Noah alguien de Birmingham? —preguntó el señor Reid mientras alcanzaba el hervidor de agua.
—No tiene nada que ver conmigo —dijo Dickinson, levantando la mano como si se estuviera disculpando—. Es más bien un ejercicio de observación. El equipo de Birmingham tiene muy poco que ver con el caso de Noah. Lo estamos gestionando los agentes que ustedes ya conocen.
Los Reid parecieron tranquilizarse al escuchar eso, y Penn luchó interiormente contra el impulso de aclararles que Black Country no era Birmingham. Por mucho que no lo fuera, eso a los padres de Noah les iba a dar igual.
—Solo quería pasarme por aquí para ponernos un poco al día de todo. ¿Están seguros de que no quieren considerar la posibilidad de contar con un agente de comunicación con las familias? Podría…
—No —respondió la señora Reid con rotundidad—. No quiero a un extraño en mi casa. Ya la siento demasiado rara.
Por las fotos que había en la pared, daba la sensación de que Noah era hijo único, así que, a diferencia de la familia Stevens, ellos no contaban con la distracción que podrían suponer otros niños correteando por ahí.
Dickinson se sentó junto a la mesa de la cocina frente a la señora Reid, mientras que el señor Reid permaneció cerca del hervidor de agua. Preparar refrigerios siempre resultaba ser la actividad de distracción más común, independientemente de la situación.
—Va a pasar otra noche por ahí afuera, ¿verdad? —dijo la señora Reid, mirando hacia la ventana de la cocina, desde donde se veía ya la completa oscuridad de la noche.
Dickinson no lo negó, aunque tampoco lo confirmó.
—Todos los agentes que están trabajando en estos momentos están buscando a su hijo, y vamos a continuar investigando durante toda la noche.
Hay oficiales hablando en estos momentos con trabajadores de tiendas y restaurantes, y estamos descubriendo más testigos potenciales todo el tiempo.
Con que una sola persona haya visto algo, podremos…
—Sigo sin entenderlo —dijo el señor Reid, moviendo la cabeza de lado a lado en un gesto de desesperación—. Ustedes dicen que salió del muelle y que nosotros estábamos justo al otro lado de la calle. ¿Cómo pudo desaparecer así sin más?
Penn no creía que el hombre esperara una respuesta concreta a esas palabras que estaba dejando salir de su boca.
—No va a saber apañárselas, ¿saben? —afirmó la señora Reid, juntando las manos—. No es un chico fuerte. Nunca ha tenido la necesidad de valerse por sí mismo. Tiene once años. Acaba de empezar el instituto. Ni siquiera ha ido jamás de acampada. —A la mujer se le llenaron los ojos de lágrimas.
El señor Reid dejó el hervidor de agua y se sentó junto a su mujer, con el rostro lleno de preocupación y miedo.
—Tranquila, cariño. Lo van a encontrar. Y Noah es más fuerte de lo que crees —dijo para intentar calmarla, tomándole la mano.
—Pero esta va a ser su tercera noche fuera —replicó la mujer, girándose hacia su marido—. Nunca ha estado separado de nosotros durante tanto…
El señor Reid interrumpió las palabras de su mujer al atraerla hacia su pecho. Ella comenzó a llorar sobre el mismo.
—No les molestamos más —afirmó Dickinson, poniéndose de pie—.
Solo quería asegurarles de nuevo que estamos haciendo todo lo posible para encontrar a Noah.
También quiero volver a recordarles que nosotros estamos aquí para apoyarlos en lo que necesiten.
En cuanto sepamos algo, ustedes serán los primeros en enterarse.
La señora Reid apartó la cabeza del pecho de su marido.
—Gracias.
—Vamos a encontrarlo, señora Reid —aseguró Dickinson, tocándole ligeramente el brazo a la mujer antes de salir de la cocina.
Penn siguió al sargento local hacia el exterior de la casa, preguntándose si debía hacer una promesa como aquella. Pero ¿qué otra cosa podría decir en una situación como esa?
Al subir al coche, Penn reflexionó sobre el hecho de que parecía haber una diferencia evidente entre el trato que recibían los Stevens y los Reid.
Por lo que él sabía, no había visitas nocturnas para informar a los Stevens, ni siquiera llamadas telefónicas regulares.
Penn no dejaba de preguntarse de dónde procedería aquella instrucción.
Nada de lo que había visto en aquella casa le había inquietado ni hecho sentir ninguna desconfianza. La apariencia de aquellos padres contrastaba radicalmente con el comportamiento de Bobby y Shirley Stevens, pero también lo hacía el trato que se les estaba dispensando.
Por la mañana le transmitiría sus observaciones a su jefa, pero mientras tanto tenía una segunda tarea de la que encargarse.
En cuanto Dickinson se hubo alejado mínimamente de la casa, Penn sacó su teléfono y comenzó a desplazarse por la pantalla del mismo.
—¡Joder! —maldijo, casi entre dientes.
—¿Va todo bien?
Penn suspiró y guardó el teléfono.
—Sí, es solo que se me acaba de pasar el plazo para solicitar una buena oportunidad de trabajo.
—¿No estás contento donde estás? —preguntó Dickinson, mordiendo el anzuelo.
Penn se encogió de hombros.
—No es un mal equipo, pero no tengo ningún vínculo emocional, si es eso a lo que te refieres. No existen posibilidades de que me asciendan y todo se está volviendo un poco aburrido. —Penn trató de no forzar demasiado la conversación y dejar que Dickinson llevara parte de la misma por su cuenta.
—¿Quieres ser inspector? —preguntó Dickinson.
—Por supuesto. ¿Tú no?
Ahora fue Dickinson quien se encogió de hombros.
—Tengo treinta y dos años. Aún tengo mucho tiempo por delante.
—No, yo no puedo pensar así —dijo Penn—. Quiero ser inspector a los treinta y cinco e inspector jefe a los cuarenta. No podré conseguirlo si me tiro demasiado tiempo en el mismo sitio.
—Pero pareces tener una relación muy estrecha con Wood —dijo Dickinson.
Penn se rio.
—Tengo buena relación con cualquiera que me convenga, e intento no ganarme la enemistad de jefa. Una recomendación de mi inspectora me vendría fantásticamente, así que tengo que llevarme bien con ella y mantenerla contenta.
Penn se dio cuenta por la expresión tensa del rostro de Dickinson que aquello no estaba yendo a ninguna parte. Aquel hombre no se identificaba con el personaje que estaba interpretando.
—Pero bueno, no es algo que sea para todo el mundo —continuó Penn—. Hay gente que no quiere más papeleo ni dolores de cabeza. Me gustaría haberme encontrado un equipo en el que quisiera quedarme un buen tiempo.
—A veces, que la mayoría de tus compañeros te acepten por completo tiene más importancia que ganar un poco más de dinero.
—¡Ah, claro, yo estoy totalmente de acuerdo con eso!
—aseguró Penn, que había leído entre líneas.
Había sospechado que Dickinson era gay, y su equipo lo sabía.
La primera impresión que había tenido de aquel hombre le encajó con el estereotipo, pero justo eso le hizo ser prudente para no adjudicarle ninguna etiqueta.
Que se preocupara por el cuidado del pelo y de la piel no significaba automáticamente que fuera homosexual.
En cualquier caso, parecía que en aquella ocasión su radar gay había funcionado bien.
Penn entendía a la perfección la tranquilidad y la seguridad que otorgaba encontrar un equipo como el que Dickinson había descrito, pero no podía admitirlo abiertamente en el papel que le había tocado fingir.
—Me alegro por ti. Aunque Moss no parece ser una persona tolerante, alguien que acepte con facilidad.
—Roy no lo sabe todo sobre todo el mundo —afirmó Dickinson con severidad, lo cual le dejó claro a Penn que ese hombre sabía exactamente cómo reaccionaría Moss ante la noticia y que nunca tendría un minuto de paz de ahí en adelante.
—Sí, todos tenemos cerca policías de la vieja escuela, pero bueno, todos ellos acabarán muriendo tarde o temprano —dijo mientras Dickinson se adentraba en el aparcamiento de la comisaría de Blackpool.
—No estoy del todo convencido con la idea de que debamos conformarnos con esperar a que la intolerancia y el racismo se jubilen —respondió Dickinson con tono cortante.
—Sí, debería poder hacerse alguna otra cosa. Pero mientras trabajen de forma honesta y decente…
—¿Y si no es así? —preguntó Dickinson, deteniendo el vehículo junto al coche de Penn.
—Entonces, supongo que todos deberíamos hacer lo que corresponde en casos como esos —replicó Penn mientras abría la puerta del coche.
Salió del mismo y la cerró, saludando con la mano mientras Dickinson se alejaba, aunque el sargento del equipo local parecía centrado en conducir.
Penn abrió la puerta de su propio coche. No podía evitar hacerse una pregunta después de aquella conversación. Había descubierto que, a primera vista, Dickinson era un miembro leal de su equipo que no soportaba las malas prácticas policiales.
¿Habría alguna posibilidad de que acabara de encontrar al soplón?