Capítulo 31
Bryant no se sorprendió cuando Roy Moss entró sigilosamente tras él en la cocina. Era lo que la jefa había pretendido.
—Qué puto infierno, tío. Esa cabrona te trata como una puta mierda. ¿No te encantaría darle una buena hostia?
—Tengo que aguantar el tipo, compañero —respondió Bryant sin mirarlo a la cara.
Si lograba salir airoso de aquella situación, en cuanto acabaran en Blackpool se matricularía en una escuela de arte dramático.
La única persona a la que quería darle una hostia en aquel momento era el hombre que tenía delante, que estaba sacando unas cuantas tazas de un pequeño armario.
Cada fibra de su ser despreciaba las ideas, las acciones y la actitud de Moss.
Le resultaba casi imposible tener que morderse la lengua, pero había de hacerlo porque necesitaban que Moss se comportara tal y como era para poder exponerlo públicamente.
Hasta aquel momento, había insultado indirectamente tanto a Stacey como a la jefa, y solo quedaba Penn…
Aunque, tratándose de un hombre blanco heterosexual, quizá no iba a llamarle demasiado la atención.
Moss imitó a Bryant y alineó las tazas para su equipo. Luego, frunció el ceño.
—Mierda, no sé si quieren azúcar o no. Siempre los prepara Carly.
«Por supuesto», pensó Bryant.
Bryant sabía que él no era el policía perfecto.
A lo largo de los años, en alguna ocasión se había reído de chistes inapropiados y tal vez en otras no había defendido a alguien cuando quizá debería haberlo hecho, pero, a medida que el sistema había ido mejorando y evolucionando, él había aceptado sin reparos y con mucho gusto evolucionar con él.
Y nunca, ni una sola vez, había utilizado su posición como agente de policía en su propio beneficio, ni con su equipo ni con cualquier ciudadano civil.
Les habían dado los nombres de tres personas con las que hablar, y Moss estaba involucrado en el peor de los tres casos.
Bryant iba a recordar durante mucho tiempo la actitud completamente abatida de Pippa Jacobs.
Se moría de ganas de ir él mismo de inmediato a ver a la inspectora jefa para contarle lo que habían descubierto, pero era consciente de que Kim tenía razón. No tenían suficientes pruebas y tampoco tenían a nadie que los respaldara.
—Oye, mira, tengo algo que te va a animar un poco —dijo Roy, sacando su teléfono.
Bryant siguió preparando los tés para su equipo.
—Deléitate con esto —le ofreció Moss, echando un vistazo furtivo a su alrededor antes de mostrarle la pantalla a Bryant.
En ella aparecía la imagen de una mujer de unos veinticinco años. Tenía los pantalones bajados hasta los tobillos y le habían rasgado y abierto la camisa, dejando al descubierto sus pechos. Yacía entre hojas secas y maleza. Y estaba muerta.
Bryant se esforzó enormemente por contener la ira que lo invadió y mantuvo el rostro impasible. Miró fijamente la pantalla, pero no porque quisiera, sino porque, sinceramente, no se podía creer lo que estaba viendo.
—Fue nuestro último caso importante. Violación y asesinato. No es muy guapa de cara, pero mira qué tetas.
Bryant pensó que iba a vomitar.
Asintió y apartó la mirada del teléfono, y de pronto lo invadió un profundo desprecio por sí mismo.
Tenía que centrarse en lo importante. Si noqueaba al tipo de un golpe en aquel mismo momento, lo apartarían del caso y perdería la opción de encontrar algo que enviara a ese desgraciado a la cárcel sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
—¿Cogisteis al culpable? —preguntó Bryant mientras removía el té.
—No, no se encontró ninguna prueba. El cabrón salió impune.
—¿Cómo se llamaba ella? —insistió Bryant, tratando desesperadamente de encontrar aunque fuera un atisbo de humanidad en aquel tipo.
—No lo sé. Layla, Lucy o algo así.
—¿Tienes más? —preguntó Bryant, rezando para que le respondiera que no.
—Solo me quedo las buenas. Hay que tener algo con lo que recordarlas, y en este trabajo uno mismo tiene que buscarse su diversión. ¿Y tú? —preguntó Moss.
—Se me da como el culo evitar que me pillen —afirmó Bryant, tratando de borrar la imagen de su mente.
No podía soportar la idea de que la familia de la víctima ni siquiera supiera que su ser querido estaba sufriendo aquella última humillación—.
Mi jefa me pillaría aunque estuviera a un kilómetro de distancia. Tiene ojos en la nuca.
—Sí, no me sorprende —dijo Moss, vertiendo agua en las tazas que tenía delante—. No duraría mucho si fuera mi jefa —añadió mientras Bryant cogía la bandeja.
Bryant se mordió la lengua con fuerza para evitar que se le escapara alguna réplica y luego regresó a la sala de la brigada, preguntándose cómo cojones iba a seguir representando aquel papel.