Capítulo 27
Kim no se había imaginado que fueran a volver tan pronto a la casa de Roderick Skidmore, y había tenido la esperanza de estar en posesión de una orden judicial cuando lo hicieran.
Por desgracia, en aquel momento no disponía de la posibilidad de llevar a cabo un registro a conciencia en la casa.
No podía hacerlo solo porque el hombre les hubiera mentido.
Roderick había estado en Coral Island a la vez que Lewis y, literalmente, había entrado en el recinto casi al mismo tiempo que él. No había infringido ninguna ley por el mero hecho de estar en el mismo lugar que el chico. Entonces, ¿por qué había sentido la necesidad de mentir al respecto?
Esa era la pregunta que Kim se moría de ganas por hacerle cuando aparcaron ante el portón doble de madera que daba acceso a su casa.
Kim se bajó del coche y pulsó el interfono.
No hubo respuesta.
Volvió a pulsarlo, manteniendo el dedo sobre el botón durante unos diez segundos.
—Ho… hola —dijo una voz femenina que sonó insegura y dubitativa.
—¿Podemos hablar con el señor Skidmore?
—No está aquí —respondió la mujer.
—¿Podría dejarnos pasar? —preguntó Kim.
La hoja izquierda del portón comenzó a deslizarse. Kim atravesó la puerta en cuanto quedó un hueco para hacerlo. Bryant esperó a que finalizara el proceso de apertura para poder pasar con el coche.
Una mujer de poco menos de sesenta años salió de la casa vestida con unos pantalones negros lisos, una sudadera y una de esas batas típicas que se usan para limpiar.
—¿Está él en casa? —preguntó Kim.
Ella negó con la cabeza.
—Me llamó y me pidió que viniera a cerrar por él.
—¿A cerrar? —preguntó Kim.
—Vengo a limpiar la casa tres veces por semana, pero mi día habitual es mañana. Me dijo que se iba de viaje de negocios y que se había olvidado de decírmelo.
También se había olvidado de comentárselo a ellos aquel mismo día.
No era algo que Roderick hubiera planeado con antelación. Apenas habían pasado unas horas desde que estuvieron en la casa, y no habían visto ninguna señal de que el hombre estuviera a punto de salir de viaje.
—¿Le comentó cuánto tiempo va a estar fuera? —preguntó Kim.
La limpiadora negó con la cabeza.
—Solo me pidió que hiciera lo de siempre —respondió, y les mostró una llave acompañada de un mando para el portón.
—¿Sabe a dónde ha ido?
—En otros viajes de negocios ha estado en Tailandia. Tiene una casa allí.
Ah, claro. ¿Qué pedófilo con recursos que se precie no tenía un escondite en Tailandia?
A pesar de la belleza de aquel país, se trataba de uno de los cinco peores en relación con la prostitución infantil, junto con Sri Lanka, Brasil, Estados Unidos y Canadá.
Kim había leído que, debido a la naturaleza oculta de esa actividad, era difícil obtener cifras precisas, aunque se estimaba que en Tailandia entre treinta y cuarenta mil niños eran explotados en el negocio de la prostitución. ¿En qué otro lugar iba sino a tener una casa de vacaciones ese cabrón?
—¿Y esto es una cosa excepcional? —preguntó Kim.
—Los viajes, no. Se va una o dos veces al mes, pero normalmente lo sé con antelación.
Entonces, ¿qué habría asustado tanto a Roderick como para marcharse tan de repente? ¿Habría sospechado que la policía iba a volver a hacerle otra visita?
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando para él? —preguntó la inspectora.
Quizá podrían sacar provecho de la visita a la casa del pedófilo si aquella mujer les contaba más cosas sobre él.
—Cuatro años.
—¿Y no le importa que…?
—Por supuesto que me importa, pero tengo un hijo con necesidades especiales. Trabajando aquí no tengo que dejarlo solo doce horas al día para poder permitirme cuidarlo desde un punto de vista económico.
Estaba claro que el hombre le pagaba lo suficiente como para que la mujer aparcara sus principios por un tiempo. Kim no podía juzgarla. Tenía facturas que pagar y, por lo que parecía, eran caras.
—Aunque mi familia no lo sabe —admitió justo después, mientras se metía las manos en los bolsillos.
Ya, tampoco era algo de lo que presumir.
Pero, dado que llevaba cuatro años trabajando para Skidmore, el hombre debía confiar en ella de alguna manera.
—¿Alguna vez ha visto o escuchado algo que la haya hecho sentir incómoda? —insistió Kim.
—No, Dios mío, no, y si no fuera por el registro de delincuentes sexuales y esas fotos que tiene en la pared, nunca podrías adivinar que… —Puso cara de asco—. Ya sabe lo que quiero decir.
—De acuerdo, gracias por su tiempo —dijo Kim, dándose la vuelta. Las preguntas que quería hacerle a Skidmore tendrían que esperar.
—No hay de qué, pero…
—¿Qué? —preguntó la inspectora, volviendo a girarse.
—No debería decirlo, pero hay un sótano en la casa. Lo tiene siempre cerrado con un candado y yo nunca lo limpio. No sé qué es lo que hace allí abajo, pero, sea lo que sea, no quiere que nadie lo vea.
—De acuerdo, gracias —volvió a agradecer Kim, dirigiéndose al coche mientras sacaba su teléfono.
Red respondió casi de inmediato.
—Necesitamos una orden judicial para un registro —afirmó la inspectora a modo de saludo mientras se subía al coche.
En condiciones normales, sería ella misma quien solicitaría la orden de registro, pero aquel no era su cuerpo de policía.
Y era precisamente el equipo local el que tenía que gestionar todos los trámites oficiales.
—¿Para dónde? —preguntó Red.
—Para la casa de Roderick Skidmore. Tiene una habitación secreta y se ha dado a la fuga. Está buscando…
—No voy a perder el tiempo —respondió Red, interrumpiendo a Kim antes de que tuviera la oportunidad de contarle lo más importante.
La inspectora sintió que se le arrugaba el rostro, fruto la confusión.
—¿Has oído lo que te acabo de decir? Te cuento, además, que siguió a Lewis hasta los recreativos, y ahora ha desaparecido.
—Te he oído. La cosa no es tan evidente como tú piensas. A ese hombre le gusta jugar al póquer en los recreativos, y tener una habitación cerrada con llave en tu casa no es un delito.
Kim no se podía creer lo que estaba oyendo.
—¿Has visto las obras de arte que tiene en su casa? Y sé que tienes conocimiento de su condena.
—No necesito verlas para saber que no se trata de obras maestras impresionistas, pero aun así no voy a pedir una orden judicial. Déjalo estar. No es nuestro hombre —dijo Red, que colgó a continuación.
Kim miró su teléfono con incredulidad. Un pedófilo fichado que parecía conocer a ambos niños había estado en la misma zona que uno de ellos justo cuando desapareció. ¿Cómo era posible que ese hecho no mereciera la atención inmediata del máximo responsable de la investigación?
La negativa de Red a obtener una orden judicial junto con las enormes lagunas que habían ido detectando en la investigación hacían saltar todas las alarmas en la cabeza de Kim. Empezaba a pensar que, en el fondo, el inspector Butler no quería que esos chicos fueran encontrados.