Capítulo 26
NOAH
La luz que entraba por la pequeña ventana sucia era la única noción que Noah tenía del paso del tiempo.
Creía haberse pasado una noche durmiendo después de que le hubieran dado esa agua tan rara para beber, pero su percepción del tiempo estaba completamente distorsionada.
Luego, durante el día anterior, el hombre al que había de llamar Señor regresó dos veces y, después, cayó la noche.
Noah pensaba que ahora tal vez fuera martes, pero no tenía forma de saberlo con certeza.
No sabía cuánto tiempo había estado durmiendo; era posible que hubieran pasado más noches sin que él se hubiera dado ni cuenta.
En la primera visita del día, el hombre le dijo que se llamaba Señor.
No añadió nada más mientras vaciaba el cubo.
Noah se encogió en un rincón, preguntándose si lo iban a examinar como la noche anterior.
Tembló de miedo cuando Señor le tocó y apretó los brazos, le dio la vuelta y le pellizcó los muslos y las pantorrillas.
Justo cuando ya pensaba que su vejiga lo iba a traicionar, Señor aflojó su agarre y se alejó de él.
Se llevó el paquete de galletas y dejó agua fresca y un dónut con la orden tajante de que comiera. Noah le dio un bocado, pero lo vomitó en cuestión de segundos.
No sabía cuántas horas habían pasado entre la primera y la segunda visita, pero, cuando Señor regresó, trajo más agua y dos pastillas.
Noah se las tragó mientras el hombre se quedaba de pie junto a él.
Luego, Señor comprobó el interior de su boca.
Satisfecho con que se hubiera tragado las pastillas, volvió a salir de la habitación.
Minutos más tarde, regresó con un plato sobre el que había un recipiente de plástico.
Por encima del plato se elevó el vapor de lo que parecía ser algo así como pasta con tomate.
—Cómetelo o te lo haré tragar a la fuerza —le advirtió Señor antes de cerrar la puerta tras salir.
Noah ignoró el plato durante unos minutos, pero el olor de la comida caliente que impregnaba la diminuta habitación viajó desde sus fosas nasales hasta su estómago.
Miró más de cerca lo que parecían ser espaguetis a la boloñesa.
Luego, alzó el tenedor de plástico y probó un bocado.
Rellenó el hueco que había dejado en el plato, pues no quería darle a Señor la satisfacción de haberlo obedecido.
Luego miró el revoltijo pegajoso y pensó que probablemente podría comerse otro bocado y alisarlo de nuevo para que el plato pareciera intacto.
Cuatro bocados después, se dio cuenta de que ya no había forma de contener su apetito y decidió terminárselo todo, pero quedarse con el tenedor. Con más fuerzas y un arma, tal vez pudiera escapar la próxima vez que Señor entrara en la habitación.
Empujó el plato a un lado y esperó, suponiendo que las pastillas que se había tomado le darían sueño. Pero el letargo no llegó.
Seguía completamente despierto cuando la puerta se abrió por tercera vez. La ventana le indicaba que era de noche y no había esperado volver a ver a Señor tan pronto.
El hombre asintió en señal de aprobación al ver el plato y lo cogió. Le tendió una mano a Noah.
—El tenedor.
Noah sacó el trozo de plástico de su bolsillo y se lo entregó, tratando de calmar el temblor de su mano.
—Levántate, Noah —le ordenó Señor, siempre con la máscara puesta.
Noah pudo ver que de su bolsillo colgaba un trozo de tela.
—Quítate la ropa hasta quedarte en calzoncillos —dijo Señor con calma.
—¡¿Qué…?! —exclamó Noah, sintiéndose otra vez muerto de miedo.
—Quítate todo excepto los calzoncillos o lo haré yo por ti.
Su tono de voz no era ni amable ni desagradable. Era firme, sin más.
Noah dudó.
—Voy a contar hasta cinco.
Noah se quitó el forro polar y la camiseta. El frío le recorrió la piel desnuda.
Tembló mientras se bajaba los vaqueros hasta los tobillos y después se los quitaba. Entrelazó las manos y se las puso por delante del cuerpo. A pesar de los calzoncillos, se sentía completamente desnudo y aterrorizado por lo que fuera a suceder a continuación.
—Buen chico —dijo Señor, que, acto seguido, sacó una venda de su bolsillo y se la colocó a Noah alrededor de los ojos.