Capítulo 25
—¡Ay, Dios mío! —exclamó Kim, que buscaba su teléfono mientras Bryant aparcaba frente a la casa de la tercera persona de la lista.
Estaban a dos calles del paseo marítimo, y la casa formaba parte de una hilera de cuatro viviendas que se encontraban a continuación de unas tiendas tapiadas.
—¿Qué pasa? —preguntó Bryant mirando hacia el teléfono de Kim, que acababa de recibir un mensaje—. ¿Otra vez tu mejor amiga?
—Bryant —le advirtió la inspectora.
—Vale, lo siento. ¿Es Frost?
—Sí —dijo Kim, que suspiró.
—¿Qué le pasa ahora?
—Quiere saber dónde estoy y a qué hora termino de trabajar.
—¿Por qué?
—Creo que los emoticonos de la cerveza y la copa de vino pueden ser una pista.
—Jefa, estoy esforzándome todo lo que puedo para que esta situación no me parezca divertida —admitió Bryant.
—Y estás fracasando estrepitosamente —respondió Kim mientras tecleaba una respuesta.
—¿Qué le has dicho?
—Tú métete en tus malditos asuntos —sugirió la inspectora mientras se bajaba ya del coche. Su compañero estaba disfrutando demasiado de la situación como para que ella lo mantuviera al tanto de todo, dándole todos los detalles.
La realidad era que estaba recibiendo más mensajes de los que estaba compartiendo con Bryant. Y que también los estaba respondiendo, porque no sabía cómo contarle la verdad a la mujer.
Decidió que pensaría en ello más tarde. Avanzaron juntos hacia lo que parecía una casa de yonquis.
La puerta se abrió incluso antes de que llegaran hasta ella.
—¿Venís a hacer una redada? —preguntó un chico de poco más de veinte años, que solo llevaba puestos unos calzoncillos.
Kim negó con la cabeza y le mostró su identificación policial. Él ni siquiera la miró.
—¡Todo bien! —gritó por encima del hombro.
—¿Vive aquí Pippa Jacobs?
—Creo que sí, porque la casa es suya —respondió el chico, que volvió a gritar hacia atrás—. ¡Pip, han venido unos polis!
Kim escuchó un ruido, una especie de crujidos que provenían del interior.
El joven hizo una mueca y volvió a gritar hacia atrás.
—¡No es una redada, ya os lo he dicho!
—¿Podemos pasar? —preguntó Kim.
—Es que la casa no es mía —respondió el chico, dejando claro que no iba a echarse a un lado.
Si estuvieran a punto de hacer una redada, no hacía falta ser un genio para saber lo que iban a encontrar.
La policía que Kim llevaba dentro tenía ganas de irrumpir en el interior de la vivienda y arrestar a todos los drogadictos que se cruzaran en su camino, pero aquella no era su zona de acción, y por lo tanto no era problema suyo.
Estaba claro que la policía sabía de aquel lugar, ya que la mujer que habían ido a buscar era la tercera de la lista.
Debía haber interactuado con el equipo del Departamento de Investigación Criminal en algún momento.
—¿Dónde están los de siempre? —preguntó el joven, mirándolos de arriba abajo.
—Os hacen muchas redadas, ¿verdad? —preguntó Bryant.
—Frecuentemente. Todas las semanas.
Kim no pudo hacer la pregunta obvia porque apareció una mujer por detrás del hombre.
La inspectora calculó que tendría unos treinta años, con un margen de cinco años hacia arriba o hacia abajo.
Su complexión demacrada y sus pómulos prominentes indicaban que era drogadicta.
Pero era más que eso. Había en sus ojos una mirada muy apagada, un vacío que Kim rara vez veía.
—¿Qué queréis? —les preguntó, colocándose delante del chico que había abierto la puerta—. Todo bien, Chase, vuelve dentro.
El hombre miró directamente a Bryant.
—No, me quedo por aquí.
—Estoy bien. Lárgate —ordenó la chica, empujándolo a un lado.
Tras lanzarle una última mirada sombría a Bryant, Chase se dio la vuelta y salió de la entradilla.
Bryant miró a Kim de forma interrogante. Ella tampoco sabía qué era lo que acababa de suceder, pero comenzó a notar un cosquilleo desagradable en el estómago.
—¿Os hacen muchas redadas? —preguntó Kim, repitiendo la pregunta anterior ahora que Chase se había ido.
—Muchas. ¿Y a ti qué te importa?
—¿Por qué os las hacen?
Pippa se encogió de hombros.
—Por nada. A ver, ¿qué queréis?
Había una frialdad en ella que Kim encontraba desconcertante, y no tenía nada que ver con las drogas. Se la veía rota por dentro. Algo en su interior se había marchitado y extinguido.
—¿Vienen a cazarte por prostitución o por las drogas? —preguntó Kim.
—No es asunto tuyo. Pregúntame otra cosa o vete a tomar por culo.
Kim comenzó a formarse una idea en la cabeza que le dio ganas de vomitar.
—¿Siempre son los mismos los que vienen a las redadas?
El rostro de Pippa se endureció. Asintió, bajando la mirada al suelo.
Estuviera rota por dentro o no, lo que estaba claro era que sentía vergüenza.
—¿Moss o Butler? —preguntó Kim.
—Moss, pero no quiero líos. Voy a mudarme —dijo, señalando con la cabeza hacia el interior de la vivienda—. Voy a intercambiar la casa la semana que viene con una pareja que tiene un piso en Lytham, así que de verdad que no quiero ningún problema.
Kim asintió para mostrar su comprensión.
—Bueno, ¿qué queréis preguntarme? —insistió Pippa, mordiéndose el labio.
—Ha sido un error mío, señorita Jacobs. En realidad, no tengo ninguna pregunta. Siento haberla molestado y espero que su mudanza vaya bien.
La mujer frunció el ceño mientras se alejaban y cerró la puerta.
—Pues vaya, esto ha sido una maldita pérdida de tiempo. ¿A qué estás jugando? —le preguntó Bryant mientras se dirigían al coche.
—No me ha parecido necesario obligarla a revivirlo todo. Ella ya se siente bastante hecha polvo por ello.
—Jefa, no tengo ni idea de qué…
—Piensa un poco. Considera las pistas. La mujer es una prostituta. Lo hace para financiar su adicción a las drogas. Cada semana la misma persona le hace una redada y, sin embargo, nunca la detienen ni la acusan de ningún delito. ¿Por qué no?
—¡Mierda! —exclamó Bryant cuando cayó en la cuenta—. Le exige favores sexuales a cambio de su silencio.
—Qué forma más suave de decirlo. La está amenazando con denunciarla a cambio de sexo. Ese tipo es lo peor que…
—¿Y quieres que me haga amigo suyo? ¿Que actúe como si tuviéramos algo en común? —preguntó Bryant, que mostraba su repulsión.
Kim asintió, pero no dijo nada porque comenzó a sonarle el teléfono. Poner a Bryant en compañía de ese hombre no era su primera opción, pero tal vez fuera la mejor oportunidad que tenían de presenciar algo que pudiera utilizarse en su contra.
—Dime, Stace —respondió Kim.
—Jefa, quizá queráis repetir una visita. Hay una persona que no os ha dicho la verdad.