Capítulo 22
Stanley Park estaba situado a unos dos kilómetros y medio del centro de Blackpool y parecía estar a pleno rendimiento en aquel día fresco y luminoso de octubre. Los columpios, las estructuras para trepar y los tiovivos estaban llenos de niños de todas las edades abrigados con gorros y bufandas.
Excepto un niño con las mejillas enrojecidas que parecía más grande que el resto y estaba tirando piedras a una papelera metálica.
Mirando a su alrededor, Penn supuso que aquel era el niño al que había ido a ver allí y que su madre sería la mujer que estaba sentada en el banco dándole un paquete de caramelos a un niño más pequeño.
Ese último niño salió corriendo hacia el subibaja cuando el sargento se acercó al banco.
—¿Señora Davis? —preguntó.
La mujer asintió con la cabeza.
Cuando Penn le preguntó a la tutora de Lewis si había algún niño en particular con el que el chico tuviera una relación cercana, la mujer mencionó a Danny Davis.
Como Brenda era una persona muy servicial, tuvo la amabilidad de llamar a la madre del niño para ver si podían concertar una cita para charlar.
—Gracias por acceder a hablar conmigo —dijo Penn tras tomar asiento. A continuación, sacó su identificación policial, casi de forma automática.
—Le creo —respondió ella sin siquiera mirarla—. De todos modos, le advierto que estamos entre comidas.
—¿Cómo que entre comidas?
—Hemos desayunado en Morrisons, donde los niños comen gratis, y luego comeremos en Asda, donde por una libra puedo comprarles un poco de comida caliente.
Entre medias, cuando no llueve, venimos aquí.
No todo el mundo puede permitirse el lujo de pasar tiempo en el centro de la ciudad, aunque viva aquí.
Penn no podía imaginarse cómo sería pasear por todas las tiendas, salas recreativas y atracciones que había en aquella localidad con dos niños y sin dinero en el bolsillo.
—Danny, me imagino —dijo, señalando con la cabeza al niño de aspecto aburrido que estaba a unos diez metros.
—Sí, solo tiene que buscar una cara de pocos amigos para encontrarlo.
—¿Puedo? —preguntó Penn.
La mujer asintió para darle permiso para hablar con Danny mientras ella se centraba en el más pequeño, que ahora se había trasladado a la estructura para trepar.
Penn se acercó al niño y se sentó en la hierba, cerca de él.
—¿Eres Danny? —le preguntó, tendiéndole la mano.
El niño lo ignoró y cogió otra piedra.
—¿Te ha dicho tu madre por qué quiero hablar contigo?
—¿Para charlar sobre Lewis?
—Sí. ¿Eres amigo suyo?
Danny se encogió de hombros.
—No especialmente. Lewis no tiene amigos. Todo el mundo le put… Quiero decir, todos se meten con él porque rebusca en las papeleras y a veces huele mal.
—Pero ¿hablas con él de vez en cuando?
—Me siento a su lado en la hora de tutoría. No me queda más remedio —respondió Danny mientras lanzaba una piedra a la papelera. Le dio.
Penn cogió una piedra y la lanzó. Falló. Lo intentó de nuevo. Y volvió a fallar.
—No lo estás haciendo bien —dijo Danny mientras su cara de pocos amigos se suavizaba—. Tienes que concentrarte en la papelera y lanzar más allá de ella.
—¡Ah, vale! —exclamó Penn, que volvió a intentarlo. Esa vez acertó y recibió una mirada de advertencia de la madre del niño.
—Todo el mundo dice que Lewis se ha escapado de casa. ¿Crees que es así? —preguntó el sargento mientras se sacudía el polvo de las manos.
Danny se encogió de hombros.
—Yo creo que no.
—Pero ya lo ha hecho antes, ¿no? —preguntó Penn.
—Sí, hace mucho tiempo, pero no lo disfrutó demasiado. Me dijo que se sintió muy solo y que pasó un poco de miedo por las noches.
—¿Cuánto tiempo estuvo fuera?
—Dos días, creo. Uno era domingo, así que solo faltó un día al colegio. Yo me habría fugado entre semana y habría faltado dos.
Lewis llevaba ahora mucho más tiempo fuera de casa, pero todo el mundo parecía creer que el chico iba a aparecer con la ropa sucia, el estómago vacío y un montón de disculpas saliendo de su boca.
—¿Es feliz en su casa? —preguntó Penn.
—Su hermano es un poco capullo, su madre lo ignora y su padrastro se pone de muy mala leche cuando Lewis se pelea y cosas por el estilo.
—¿Sabes si hay alguna cosa que pudo provocar que se volviera a escapar?
Danny negó con la cabeza.
—¿Y sabes si algún desconocido lo había estado siguiendo o se había acercado a él? ¿Te contó algo parecido a eso?
—¿Te refieres a pedófilos?
Era una pena que niños de doce años tuvieran que tener conocimiento de cosas así.
—Sí, ese tipo de cosas.
Danny volvió a negar con la cabeza, pero por primera vez se giró y miró a Penn a los ojos.
—Está muerto, ya te lo digo.
—¡¿Qué…?! —exclamó Penn, atónito.
—Me contó que sus padres querían que desapareciera.
Penn se tranquilizó.
—La mayoría de los niños piensan eso de sus padres —replicó—. Lo más seguro es que tú también hayas sentido lo mismo. Seguro que alguna vez los has cabreado y has pensado que querían que desaparecieras, ¿verdad?
Danny se encogió de hombros y volvió a dar media vuelta.
—Sí, pero Lewis llegó a escucharlos hablar sobre cómo iban a hacerlo.