Capítulo 21
—¿Y el trozo de papel estaba escondido debajo del teclado? —quiso aclarar Kim. Estaba sentada junto a Bryant en un rincón tranquilo al fondo de una cafetería, y había puesto a Stacey en el manos libres de su móvil.
—Sí, con solo tres nombres escritos en él.
—¿Y? —preguntó Kim.
—No te puedo contar nada más. Solo tengo acceso al historial de incidentes de Lewis. No sé quiénes son las personas que aparecen en el papel.
—Ni tampoco por qué han dejado sus nombres en tu escritorio. Ni lo más importante: quién lo ha hecho. ¿Tienes alguna idea?
—Todo el equipo local llegó antes que nosotros, así que podría haber sido cualquiera. Pero la sargento Walsh me dio un poco de conversación hace un rato.
—¿Algo interesante?
—Por ahora nada, pero ya veremos más adelante. Estoy intentando ponerme manos a la obra con las cámaras de seguridad, pero tengo la dirección de Jasmine Swift, si la quieres. Es el primer nombre que aparece en la lista.
—¿Cómo has…?
—Bueno, al censo electoral sí que tengo acceso —explicó Stacey.
Kim pudo percibir una sonrisa tras la voz de la ayudante de detective.
—Mándasela a Bryant en un mensaje. Buen trabajo —dijo la inspectora antes de terminar la llamada.
—Bueno, te agradezco el gesto, jefa —dijo Bryant—, pero este café no me está ayudando a quitarme el mal sabor de boca.
Sí, a ella también le habría venido fenomenal pasarse por el hotel para darse una ducha rápida después de haber estado con Roderick Skidmore.
A pesar de que el hombre había alegado que Lewis no pertenecía al rango de edad que a él le atraía, Kim no iba a descartarlo.
La mayoría de los pedófilos tenían unas edades específicas que despertaban su atención, pero ninguno hacía ascos a niños un par de años mayores o menores.
El teléfono de su compañero sonó al recibir un mensaje de texto.
—Bueno, vamos a ver de qué se trata —dijo Kim. Cuanto más tiempo y distancia pusieran entre ellos y Skidmore, más limpios se sentirían.
Bryant introdujo el código postal en el GPS del coche.
—Está a solo unos tres kilómetros de aquí —afirmó, arrancando el coche.
Quizá el trayecto durara lo suficiente como para que Kim decidiera cómo iba a abordar aquella situación. No tenía ni idea de si los nombres que habían dejado sobre el escritorio de Stacey estaban relacionados con el caso de los chicos desaparecidos o con las acciones del equipo local.
Lo que sí que demostraba era que un miembro del equipo de Red quería compartir información. Estaba justificado, por tanto, que la inspectora jefa Miranda Walker tuviera motivos para estar preocupada.
Kim comenzó a recordar algunos de los casos de mala praxis policial que habían llegado a copar los titulares de los medios.
Stephen Cloney, de Merseyside, había vendido direcciones de narcopisos para que sus contactos pudieran asaltaros y robar las drogas. Lo condenaron a cinco años de cárcel.
En mayo de 2019, un niño con problemas de salud mental se acercó al agente Benjamin Kemp.
Este le roció con spray de pimienta y le golpeó más de treinta veces con una porra.
Lo expulsaron del cuerpo, pero no le imputaron ningún delito, a diferencia del agente Benjamin Monk, que sometió con una pistola táser a Dalian Atkinson durante treinta y tres segundos y le dio una patada en la cabeza.
Lo condenaron por homicidio involuntario.
El agente de la Policía Metropolitana de Londres David Carrick había llegado a admitir hasta cuarenta y nueve cargos. Veinticuatro de ellos eran por violación.
El propio cuerpo policial de Kim no estaba tampoco libre de culpa.
En los últimos nueve años, más de siete agentes habían sido condenados por delitos diversos.
Además, estaba la infame Brigada de Delitos Graves, que había estado activa entre 1974 y 1989, cuando la disolvieron tras una investigación por incompetencia y abuso de poder.
El equipo fue declarado culpable de asfixiar parcialmente a los sospechosos para obtener confesiones, falsificar las mismas y malversar los pagos a los informantes.
Posteriormente, anularon más de sesenta de sus condenas, incluidas las de los famosos casos de Los Seis de Birmingham y Los Cuatro de Bridgewater.
Pero todo aquello no hacía que la existencia de corrupción en otros lugares fuera más fácil de digerir.
Todos tenían el deber de erradicar y poner fin a cualquier comportamiento policial que fuera contrario al código de conducta, y Kim tenía la esperanza de que la primera persona de la lista anónima que habían dejado en el escritorio de Stacey los ayudara en esa tarea.
***
En cuestión de minutos, Bryant estaba aparcando frente a una pequeña casa adosada. En el camino de entrada había un coche eléctrico casi nuevo.
—¿Cómo vamos a hacer esto? —preguntó el sargento mientras salían del coche—. Ni siquiera sabemos por qué hemos venido aquí.
—Eso es lo de menos —dijo Kim, acercándose a la puerta de la propiedad.
Una cámara de vigilancia los observaba desde el marco de la puerta.
Una mujer respondió con un simple «hola» a través del interfono. Kim no estaba segura de si esa mujer estaba o no dentro de la casa.
—¿Jasmine Swift? —preguntó la inspectora.
—¿Quiénes son ustedes? —respondió la mujer sin contestar a la pregunta.
—Inspectora Stone y sargento Bryant, de la policía de West Midlands —informó Kim, mostrando su identificación policial.
—Acérquela más a la cámara, por favor.
Kim lo hizo. Si la mujer estaba en casa, estaba sola.
—¿Qué quieren?
—Hablar con usted cara a cara, si es posible.
No hubo respuesta verbal, pero se escucharon pasos que se acercaban a la puerta. La mujer la abrió, aunque con la cadena todavía puesta.
—Enséñeme de nuevo su identificación, por favor.
Kim no tuvo ningún problema en hacerlo. Prefería que la gente fuera cautelosa, y además el comportamiento de Jasmine le estaba dando pistas sobre cómo iniciar la conversación con ella.
La mujer que finalmente abrió la puerta tenía poco más de treinta años y una melena negra y sedosa recogida en una coleta.
Su rostro, ya de por sí atractivo, estaba realzado con la cantidad justa de maquillaje, dando la sensación de que llevaba muy poco.
Vestía una camiseta morada con cuello de pico con un corte lo bastante alto como para no resultar demasiado reveladora pero lo bastante bajo como para demostrar que no le importaba lucir su cuerpo.
Sus vaqueros negros estaban ceñidos a su cuerpo, mostrando unas curvas bien definidas.
En los pies llevaba unas zapatillas enormes de andar por casa con forma de pies de dinosaurio, con sus garras y todo.
La mujer se dio cuenta de que Kim miraba su calzado.
—Las ventajas de trabajar desde casa. No se ven en una llamada de Zoom.
—Claro —dijo Kim, siguiéndola a través del pasillo hasta la única otra habitación que había en la planta baja.
En otras casas aquella estancia podría haber sido una sala de estar, pero en esa se había convertido en una oficina.
Había un sofá pequeño de dos plazas colocado frente a un modesto jardín trasero, mientras que frente a una de las paredes podía verse una mesa de dibujo y un taburete alto.
A la izquierda de la mesa de dibujo había una papelera y unas cuantas cajas apoyadas contra ella.
Dondequiera que Kim mirara, había pistas imposibles de ignorar.
—¿Es usted arquitecta? —preguntó la inspectora mientras tomaba asiento.
Jasmine Swift se sentó en su taburete y se giró hacia ellos.
—Sí, así es, pero esa no es la razón por la que han venido aquí.
—¿Trabaja desde casa? —preguntó Kim, tanteando otra pista.
—A veces, cuando no quiero distracciones ni interrupciones.
Kim prestó atención por si había algún indicio de que se tratara de un comentario sarcástico o hiriente, pero no lo encontró.
—Seguro que se está preguntando a qué hemos venido, señora Swift.
—Llámenme Jasmine, por favor. Y sí, tengo un poco de curiosidad —respondió, haciendo rebotar un lápiz sobre la palma de su mano izquierda.
Kim supuso que aquel sería uno de los tics habituales de aquella mujer cuando pensaba en algo, un gesto del que probablemente no era consciente.
—Estamos aquí por el robo que se produjo recientemente —explicó Kim.
—¿Por qué les preocupa eso a ustedes? —preguntó Jasmine.
La inspectora dio las gracias en silencio por haber acertado.
La cámara de vigilancia de la puerta exterior era nueva, al igual que la cadena.
El aspecto de Jasmine y su comportamiento general no eran los de una persona que hubiera sufrido una agresión sexual.
No trabajaba desde casa porque le diera miedo salir a la calle.
Y, por la sensación que daba, era probable que una de las cajas que estaban apoyadas contra la papelera hubiera contenido el ordenador portátil nuevo que se había tenido que comprar.
—¿Los han cogido? —preguntó Jasmine con una leve esperanza.
Kim negó con la cabeza, sabiendo ya cómo iba a afrontar la conversación.
—Nosotros no tenemos nada que ver con el caso. Formamos parte de una nueva iniciativa, creada desde que se publicó el informe de la Policía Metropolitana de Londres.
Jasmine asintió en señal de comprensión.
Kim continuó explicándose.
—A algunos oficiales nos han encomendado la tarea de llevar un control de calidad entre los diferentes cuerpos policiales.
Nos asignan un caso aleatorio y nos envían a revisar que se hayan seguido los procedimientos correctos y que todas las acciones ejercidas se hayan llevado a cabo de forma profesional.
—De acuerdo —dijo la mujer con ciertas dudas.
Kim sonrió.
—Así que sería genial que pudiera contarnos su experiencia. Todo lo que nos diga será completamente anónimo.
—Por supuesto. Salí con unos amigos y, cuando volví a casa, vi que habían abierto la puerta a patadas.
La casa estaba patas arriba y se habían llevado casi todos mis dispositivos electrónicos.
Hasta la batidora —explicó, con un gesto de fastidio en el rostro—.
Llamé a la policía. Primero vinieron dos agentes de uniforme y me hicieron un par de preguntas, y luego apareció el Departamento de Investigación Criminal.
¿Estaba Kim imaginándose la tensión que recorrió las facciones de la mujer en ese momento?
—Continúe —la instó.
—Fueron muy meticulosos. Me hicieron muchas preguntas.
—¿Cómo se llamaban? —preguntó Kim.
—Inspector Butler y sargento Moss.
Red y Roy parecían ser inseparables.
—Hicieron que viniera un forense, pero no había huellas por ninguna parte. No podían hacer mucho más —explicó—. Me dieron algunos consejos básicos sobre seguridad y eso fue todo.
Pero Jasmine ya no estaba haciendo rebotar el lápiz contra la palma de su mano, sino frotándose ambas manos de forma nerviosa.
—Entonces, ¿no pudieron hacer ninguna otra cosa para ayudarla? —insistió Kim.
—No, no. Seguro que no.
—¿Y se comportaron de forma profesional en todo momento?
—Sí. Sí. Por supuesto que sí.
Kim no comprendía la repetición de monosílabos que se había producido en las dos últimas respuestas de la mujer. ¿A quién estaba intentando convencer y por qué?
¿Había algo más que pudiera preguntarle a aquella mujer que tal vez llegara a explicar por qué les habían dejado su nombre en un escritorio?
—De acuerdo, Jasmine, muchas gracias por su tiempo —dijo Kim, poniéndose de pie.
Una sombra de duda se apoderó del rostro de la mujer. Eso era suficiente.
—Por si no he sido demasiado clara, le recuerdo que todo lo que diga es totalmente confidencial y que su nombre no se mencionará a nadie.
—¿Está segura de ello? —preguntó Jasmine, provocando que Kim tuviera una razón por la que volver a sentarse.
—¿Quiere compartir algo con nosotros?
—Solo si me asegura que no saldrá de aquí.
Si Kim le daba su palabra, no podría faltar a ella. La inspectora asintió.
—Fue algo que sucedió después del robo.
—¿A qué se refiere?
—La cosa empezó con una llamada telefónica para ver cómo estaba, solo para confirmar que me encontraba bien. Me pareció un seguimiento muy de agradecer. Luego recibí un mensaje con un enlace relacionado con cámaras de seguridad.
—Seguía siendo algo que servía de ayuda —observó Kim.
—Sí, pero incluía una oferta personal para venir a instalarlas.
—Ah.
—Siendo sincera, me hizo sentir un poco incómoda. Le di las gracias, pero le dije que ya lo tenía todo solucionado.
—Continúe, por favor —instó Kim. Estaba claro que había algo más.
—Se sucedieron más mensajes, así que yo iba respondiendo de forma cada vez más escueta. Pero… Una noche llamó a la puerta de casa, me dijo que simplemente pasaba por aquí y quería asegurarse de que estaba bien.
Kim sintió que le empezaba a hervir la sangre. Estaba segura de que aquella mujer estaba hablando del depravado de Roy Moss. Ese tipo de comportamiento estaba escrito en su semblante.
—¿Qué hizo usted?
—Le dije que mi madre venía de camino para cenar conmigo. Él captó la indirecta y se marchó. A la noche siguiente me mandó un mensaje preguntándome si quería ir a tomar una copa.
Kim estaba cada vez más furiosa.
Había oído hablar de casos como aquel, en los que algunos agentes se aprovechaban de mujeres que consideraban vulnerables. Jasmine Swift parecía ser una mujer culta, profesional, soltera y, lo más importante, víctima de un delito.
—¿Y?
La mujer se puso colorada.
—Le pedí a mi hermano que se hiciera pasar por mi novio y que contestara al teléfono la próxima vez que llamara.
—¿Dejó de hacerlo?
Jasmine asintió.
Kim solo tenía un par de preguntas más.
—¿Por qué le avergonzaba pedirle a su hermano que interviniera?
—Bueno, debería haber sido capaz de gestionarlo yo sola, ¿no le parece? Nunca he necesitado que mi hermano me defendiera, pero no pude reaccionar como lo habría hecho si un chico me hubiera estado molestando en un bar.
—¿Por qué no?
—Porque no estaba segura de si estaría malinterpretando las señales, de si el oficial simplemente se estaba asegurando de que yo estaba bien.
—No, no estaba haciendo eso —respondió Kim—. Y me apuesto lo que sea a que soy capaz de encontrar a cien víctimas de delitos que no tienen su aspecto físico que no han recibido ese tipo de atención posterior.
Jasmine no ocultó su sorpresa ante aquel comentario de Kim.
—Nuestro acuerdo de confidencialidad funciona en ambos sentidos —afirmó Kim—.
Pero aquello no fue fruto de su imaginación.
Las acciones de ese oficial fueron inapropiadas.
Su instinto se lo dijo, e hizo muy bien en pedirle a su hermano que interviniera.
¿Puedo preguntarle por qué no confió en su intuición y lo denunció?
—Él es policía. ¿Y si hubiera estado equivocada? ¿Y si lo hubiera interpretado mal? Mi denuncia no habría llegado a ninguna parte. ¿Y si hubiera necesitado volver a pedir ayuda? No sé cómo habría manejado ese hombre el rechazo. Por muy bien vestido que vayas, no…
—Perdone, ¿Roy Moss? —preguntó Kim, frunciendo el ceño ante aquel comentario.
—¡No, no! —respondió Jasmine, negando con la cabeza—. El hombre que me dio el coñazo fue el inspector Butler.