Capítulo 20
Penn llamó a la puerta de la casa de la señora Perton, la tutora de Lewis.
Carly Walsh y James Dickinson habían hablado con ella cuando el crío desapareció, pero eso había sucedido en el colegio, antes de la semana de vacaciones de mitad del trimestre.
Por lo tanto, como Penn no tenía acceso a los datos del domicilio de la mujer, se había puesto en contacto con el centro escolar mediante su página de Facebook.
Quienquiera que la gestionara le había respondido diciendo que habían transmitido su mensaje.
No más de dos minutos después, el sargento recibió una llamada de la mujer, que lo invitó a ir a su casa, ya que estaba cuidando a sus nietas.
Precisamente, una de las nietas iba agarrada de la mano de la señora Perton cuando esta abrió la puerta.
Algunos mechones de cabello castaño se habían escapado de lo que parecía un moño improvisado; no llevaba más joyas que un par de pendientes de zafiro.
Penn calculó que la mujer tendría unos cincuenta y cinco años.
—Soy el sargento Penn —se presentó, mostrando su identificación policial.
—Yo soy Brenda Perton, y esta es Poppy —explicó la mujer, señalando con la cabeza a la niña de cinco o seis años que se escondía detrás de sus piernas.
—Hola, Poppy —saludó Penn con su tono de voz menos amenazante.
La niña asomó la cara, pero seguía mirándolo con recelo.
—No le haga caso, es muy tímida. Pase —dijo Brenda, apartando a la niña para permitirle la entrada a Penn—. Vamos a la cocina, que la pequeña está durmiendo.
Penn las siguió en silencio, pasando junto a unas escaleras y el salón hasta llegar a la cocina, donde había una gran variedad de juguetes esparcidos por el suelo.
—Cariño, ponte a jugar con tus juguetes un rato —le dijo a su nieta. La mujer cogió el dispositivo con pantalla que utilizaba para vigilar a la niña que estaba durmiendo arriba. Lo colocó sobre la mesa, justo entre ellos.
—¿Hay alguna novedad? —preguntó.
Penn negó con la cabeza.
La tristeza que ensombreció su rostro era auténtica, sin duda.
—¿Es Lewis un buen chico? —preguntó Penn.
—Yo no diría tanto como eso, pero he tenido niños peores en mi clase.
—Nos han contado que al crío le gusta mucho una pelea.
—Probablemente más que a la media, pero no siempre es culpa suya. Tiene mal genio, pero sufre mucho bullying . Utiliza los puños para defenderse.
—¿A qué se debe el bullying ? —preguntó Penn, aun sabiendo que no siempre tenía por qué existir una razón.
—Un par de chicos mayores lo vieron una vez rebuscando entre las papeleras y comenzaron a insultarlo de todas las formas posibles. A veces también se meten con sus padres.
—¿Y qué le parecen a usted sus padres?
—Siendo sincera, no es fácil saberlo, porque no los veo mucho. Siempre están ocupados con otras cosas.
—¿No los ve en las tutorías con los padres? —preguntó Penn.
Brenda negó con la cabeza.
—No vienen nunca.
—Pero ¿cuidan bien de Lewis?
—¡Ay, sargento, qué pregunta tan difícil de responder! ¿Ha tenido el chico una infancia perfecta, rodeado de atenciones? No. ¿Le pegan y le hacen pasar hambre a diario? Tampoco.
—¿Cree que se encuentra en un término medio entre ambas cosas? —preguntó Penn.
—Sí, pero también me parece que todos lo estamos. ¿Ha venido a veces al colegio sin desayuno? Sí, pero muchos otros niños también.
—¿Les preguntó a sus padres al respecto?
—Por supuesto. Me aseguraron que se lo habría comido de camino al colegio.
Penn esperó.
—No, yo no les creí, pero no volvió a ocurrir durante algún tiempo.
—¿Puede darme su opinión sincera sobre Lewis? —le pidió Penn.
Brenda se inclinó hacia su nieta.
—Cariño, ve a vigilar a tu hermana un ratito, ¿vale?
Poppy se giró con el ceño fruncido.
—Está durmiendo.
—Bueno, tú ve y asegúrate de que sigue así mientras yo le cuento a este señor algunas cosas que no quiero que escuches.
—Vale —respondió la cría, que cogió un peluche y se lo llevó con ella.
Una vez que su nieta se hubo alejado lo suficiente como para no escucharla, Brenda comenzó a hablar de nuevo.
—Creo que el chico pasa hambre, pero no de comida, sino de afecto, de orientación y de compromiso e implicación por parte de sus padres.
Sí, el muchacho ha aprendido a usar los puños y se le da bastante bien.
Gana todas las peleas en las que se mete, pero no va por ahí buscando problemas.
Es un niño solitario y aislado al que prácticamente todo el mundo ignora.
—Excepto usted —observó Penn.
Eso no estaba en la declaración que el equipo policial local le había tomado a la mujer.
—Sí, yo tengo debilidad por él, pero no puedo hacer mucho más de lo que hago. Tengo otros treinta y un alumnos en mi clase que también necesitan que los atienda.
Y, sin embargo, Penn tenía la impresión de que la señora Perton había atendido a Lewis Stevens con especial esmero.
—Al chico lo han expulsado unas cuantas veces. ¿No sufrió una expulsión por robar pegamento?
Cuando Penn estaba en el colegio, muchos adolescentes probaban a esnifar pegamento.
El consumo de disolventes era una forma rápida y barata de intentar alcanzar una sensación de euforia.
Él lo probó una vez y tan solo se sintió un poco desorientado, pero tenía amigos que robaban tubos de pegamento de forma frecuente y que terminaron probando aerosoles domésticos.
—Sí, pero aquello no fue por lo que usted está pensando —explicó Brenda Perton con una sonrisa en la cara.
Penn esperó. ¿Por qué otra razón iba a intentar robar pegamento un niño de doce años enfadado, solitario y desatendido?
—Le gusta hacer maquetas con cerillas viejas. Por eso rebuscaba en las papeleras y en las alcantarillas. Hoy en día es más difícil encontrarlas, pero era algo que le gustaba hacer.
Más información que no figuraba en la declaración oficial de la mujer.
Penn iba teniendo en su cabeza una imagen cada vez más clara de Lewis.
—¿Y usted cree que se ha escapado de casa? —preguntó el sargento. Aquella mujer parecía conocer al chico bastante bien y él confiaba en su criterio.
Ella enseguida negó con la cabeza.
—No, no precisamente ese fin de semana —dijo la señora Perton, señalando con la cabeza hacia la encimera, donde había varios montones de cajas de cerillas—.
Lewis tenía muchas ganas de que llegara el lunes —explicó—.
Yo había pensado dedicar toda una clase a hacer maquetas con cerillas.
Él estaba como loco por ello. —Acto seguido, la mujer frunció el ceño—.
Lo que no entiendo es que todo esto ya se lo he contado a la policía.
Ya les he dicho que es imposible que simplemente se escapara de casa.
Penn trató de reprimir su cabreo, pero por dentro estaba enfurecido. La opinión de la mujer sobre aquello era rotunda e incuestionable.
Otra cosa más que no se había detallado en su declaración.