Capítulo 19
Kim sabía que no debía tener ideas preconcebidas sobre cuál sería la apariencia de un pedófilo y de su casa.
El estereotipo de impermeables sucios y hombres desaliñados sin afeitar que se escondían en rincones oscuros no era más que un mito que ya llevaba décadas siendo desmentido.
Los delincuentes sexuales no siempre procedían de lo más bajo de la sociedad.
Algunos tenían una buena formación, vivían bien y tenían trabajos decentes.
Otros eran empresarios de éxito consolidados que podían permitirse tener una propiedad de cierto nivel con un muro alto para mantener alejados a los gamberros del barrio.
Y ese parecía ser el caso de Roderick Skidmore.
La investigación que Stacey había realizado durante la noche, y que compartió con su equipo durante el desayuno, les había revelado que el hombre tenía cuarenta y dos años.
Había crecido siendo el único hijo de unos padres de clase media.
Su madre había sido orientadora en un centro escolar y su padre, inspector de edificios comerciales.
Además de ser un pedófilo, aquel hombre también era un tipo bastante inteligente que se ganaba muy bien la vida diseñando páginas web.
Había cumplido dos condenas cortas en prisión por posesión de imágenes ilícitas de niños menores de diez años y, aunque Kim podía entender que Red hubiera asumido que Lewis no estaba en el rango de edad preferido de aquel pedófilo en particular, tampoco es que hubiera un mundo de diez años a doce.
—¿Cómo es posible? —preguntó Bryant mientras se aproximaban al interfono.
Kim sabía que se refería a la casa elegante y a los muros altos.
Ojalá tuviera una respuesta que ofrecerle a su compañero, pero la realidad era que muchos miles de hombres disfrutaban de vidas y carreras exitosas a pesar de ser pedófilos.
Su perversión sexual no les impedía rendir de forma normal en todos los demás aspectos de sus vidas.
A través del altavoz del interfono se escuchó una voz suave y clara.
Bryant se presentó a sí mismo y a la inspectora ante aquel hombre y le preguntó si podían hablar con él.
Escucharon el sonido de un engranaje y la hoja izquierda del portón de madera maciza de roble comenzó a deslizarse a lo largo de la pared, mostrando así una casa blanca de tres plantas de diseño cuadrado y moderno, con amplias superficies de cristal.
Había un Lexus y un Porsche aparcados en el camino de entrada de grava.
—Dos millones —susurró Bryant—. Y no estoy de broma. No puedo odiar más a este tipo.
Kim entendió lo que el sargento quería decir. Bryant no lo odiaba porque fuera un hombre que tenía un Porsche. Lo odiaba porque era un pedófilo que tenía un Porsche.
La puerta principal de la casa se abrió una vez que el portón exterior se volvió a deslizar hasta la posición de cierre.
El hombre era un fiel reflejo de la propiedad en la que vivía. Kim calculó que mediría un poco menos de metro ochenta; vestía unos pantalones negros lisos y una camisa blanca abierta por el cuello. Tenía el pelo de color arenoso, bien cortado.
El tipo sonrió y les tendió una mano. Kim la ignoró y, esta vez, Bryant también.
—¿Roderick Skidmore? —preguntó la inspectora.
El hombre retiró la mano con un gesto de aceptación.
A Kim le daba igual el dinero que tuviera. No era suficiente para que ella le estrechara la mano.
—Supongo que vienen por Lewis y Noah —dijo el hombre, retrocediendo para que Bryant y Kim pudieran entrar en su casa.
—¿Los conoce? —preguntó la inspectora, sorprendida por la familiaridad que mostraba ante esos nombres.
—No, la verdad es que no.
—Entonces, ¿estaba esperando una visita de la policía? —dijo Kim, entrando en el vestíbulo y preguntándose cómo coño el equipo de Blackpool podía descartar a aquel hombre sin haberlo interrogado siquiera.
Roderick se encogió de hombros mientras cerraba la puerta.
Kim dirigió la mirada hacia las obras de arte colgadas en la pared.
De inmediato sintió náuseas. Todas las fotografías eran en blanco y negro y en todas ellas aparecían niños prepuberales semidesnudos.
No eran las imágenes en sí mismas las que a la inspectora le daban ganas de vomitar, sino la razón por la que ese hombre las tenía colgadas en su pasillo.
—Muy bonitas —dijo Kim de forma sarcástica.
—Esta es mi casa. No tengo por qué disculparme —dijo el hombre, encogiéndose de hombros con indiferencia.
—¿Podemos hablar en algún lugar donde sus obras de arte no destaquen tanto? —preguntó Kim.
—Vamos a la cocina —respondió Roderick, indicándoles el camino.
Por el gesto de tensión en la mandíbula de Bryant, Kim percibió que su compañero estaba pasando por las mismas dificultades que ella. Tenía la sensación de que jamás había interrogado a un pedófilo como aquel.
—Resulta demasiado evidente que no se avergüenza lo más mínimo de su perversión, señor Skidmore —observó Kim, incapaz de no tocar ese tema.
El hombre ni se inmutó ante el término que ella había utilizado.
—Soy libre de decorar mi casa como quiera —respondió, señalando una mesa pequeña con cuatro sillas a su alrededor—.
No he hecho nada malo por lo que no haya recibido ya un castigo.
Tenía unas fotos que me gustaban. Ni yo aparecía en las fotos, ni las saqué yo mismo, ni tampoco las difundí.
Me pillaron y me castigaron. Puede que ustedes no estén de acuerdo con la condena que cumplí, pero ese es su problema, no el mío.
Es su sistema. —Hizo una pausa—. Por favor, siéntense.
—Yo me quedo de pie —dijo Bryant.
Kim se sentó.
—No me molestaré en ofrecerles un café —dijo el hombre, apoyándose en la encimera—. ¿ Han venido para preguntarme por los chicos?
Sí, pero Kim tenía antes un par de preguntas más que hacerle.
—Tiene que ser un coñazo ser la primera persona a la que se acude cuando desaparece un niño, ¿verdad? —preguntó Kim.
Roderick negó con la cabeza.
—En absoluto. Es comprensible.
—La gente de la zona debe venir a su casa poco menos que con horcas y antorchas, ¿no?
El hombre volvió a hacer un gesto de negación con la cabeza.
—Los vecinos nunca me molestan. Recibo algún que otro correo electrónico o mensaje de texto, pero nunca se presentan en mi casa —explicó, como si la idea fuera absurda.
—¿Por qué?
—Porque soy rico —respondió con naturalidad.
No había arrogancia ni tampoco un atisbo de pretensión en su tono de voz, y Kim comprendió la situación.
El dinero traía consigo la percepción de poder.
Hostigar a aquel hombre no era igual que tirar huevos y mierda de perro a la vivienda municipal de un pedófilo asqueroso y mugriento.
Y, sin embargo, entre ambos casos no había ninguna diferencia más allá de la fachada de cada persona.
Si no fuera por las fotos que había en la pared y la actitud desafiante de aquel hombre, incluso Kim podría llegar a preguntarse cómo habían terminado en su ordenador aquellas imágenes.
—¿Y su negocio no se ha visto afectado desde que cumplió su condena?
—Créame, a mis clientes les da igual mi condena.
—¿Diseña usted páginas web? —preguntó la inspectora para asegurarse de que lo había entendido bien. Eso implicaba que debía contar con un nombre corporativo que habría salido a la luz pública durante su juicio. ¿Qué empresa respetable optaría por volver a utilizar sus servicios después de aquello?
—Ninguna que sea probable que usted vaya a ver —respondió, recostándose en su silla.
Bryant carraspeó, mostrando así su incomodidad, y Kim lo entendió. Por muy bien que se presentara a sí mismo, se trataba de un delincuente sexual al que le gustaban los niños pequeños y, sin embargo, llevaba una vida privilegiada. Ella quería saber cómo era posible.
—No diseño páginas web para la clearnet , o sea, el Internet convencional —explicó, y Kim comenzó a comprenderlo.
Ese era el nombre que los usuarios de la dark web daban a las páginas normales de Internet.
—Cuéntenos cómo funciona eso, señor Skidmore —le pidió Kim. No había mejor manera de descubrir el funcionamiento de aquella ciénaga que preguntarle a una de las personas que vivían en ella.
—Voy a usar el ejemplo más común, el del iceberg.
Internet convencional sería la parte del iceberg que sobresale del agua.
La deep web sería el resto y es, con muchísima diferencia, la parte más grande de Internet.
Es el lugar en el que las empresas gestionan sus intranets o donde se guarda toda la información de las bases de datos.
Información personal, datos bancarios, etc.
Es donde se almacenan los correos electrónicos, las cuentas de mensajería o la información legal, financiera y médica.
La deep web representa alrededor del noventa por ciento de todas las páginas web.
Es tan grande que es imposible saber con exactitud cuántas páginas están activas en un momento concreto.
—¿Es ahí donde usted trabaja? —preguntó Kim.
—Yo trabajo en la dark web , que es una parte de la deep web , pero una parte muy pequeña. Mucho más pequeña que la clearnet que ustedes conocen tan bien.
—Entonces, ¿usted crea páginas web que apoyan actividades ilegales?
—preguntó Kim. Siempre valía la pena determinar el nivel de inteligencia de una persona, por no hablar del acceso que podía tener a diferentes recursos.
Aquel hombre parecía poseer ambas cosas en abundancia.
Eso implicaba que tenía la capacidad de hacer desaparecer a chicos jóvenes, lo que lo convertía en una persona de mucho interés para la investigación.
Un hecho que el equipo policial local no debería haber ignorado.
—No siempre ilegales. A veces, de mal gusto o inmorales, pero no siempre ilegales —respondió Skidmore.
Bryant volvió a carraspear.
—¿Quiere un vaso de agua? —preguntó Skidmore.
—Estoy bien, gracias —respondió el sargento sin moverse ni un centímetro de la puerta.
Kim comprendió que Skidmore no estaba intentando ser simpático. No estaba intentando ser nada en concreto. Estaba mostrándose tal y como era, sin ningún pudor.
—Y bueno, para terminar mi analogía, la dark web sería la parte inferior del iceberg sumergido.
—¿Y ahí es donde pasa su tiempo? ¿En el nivel más bajo? —preguntó Kim.
—Muy pasiva-agresiva, agente.
—¿Qué nos impide a nosotros acceder a la parte inferior del iceberg y clausurarlo todo?
Kim se refería a la policía en general, aunque era consciente de que había equipos encargados de investigar la dark web y de que su tarea era una batalla muy ardua. El lugar estaba lleno de armas, drogas, pornografía, enlaces ilícitos, extremismo y estafas relacionadas con la piratería informática.
—En primer lugar, tiene que quitarse de la cabeza la idea de que se trata de una casa cochambrosa donde hay una habitación oscura en la que se puede entrar iluminando con una linterna y descubrir a un grupo de hombres con sus teléfonos móviles en un rincón.
Si no se tiene algo de conocimiento sobre lo que se está haciendo, ni siquiera los van a encontrar.
—¿Por qué no? —preguntó Kim.
La inspectora podía ponerse en contacto con la Unidad de Delitos Informáticos para que ellos le explicaran cómo funcionaba todo aquello, pero en ese momento podía aprender cosas del hombre que tenía delante.
—A ver, considere que los motores de búsqueda como Google son barcos pequeños de pesca. Solo pueden capturar los peces que están más cerca de la superficie. La dark web no está indexada por los motores de búsqueda habituales.
Kim sabía que, una vez que te orientabas en ella y aprendías a manejarte bien, la dark web estaba llena de portales de compraventa donde la gente podía comprar todo tipo de bienes y servicios ilegales.
También era consciente de que era el hogar de programas de espía, redes de bots, programas de secuestro de datos y estafas por suplantación de identidad.
A Kim aquello le recordaba a una tabla de güija. Aunque ella no creía en el más allá, sentía que ese objeto era una invitación al peligro. Una vez que abrías esa puerta, no podías volver a cerrarla. Una vez que dejabas tu huella en la dark web , estabas expuesto a cualquier tipo de estafa.
El gesto de inquietud en el rostro de Bryant la instó a darse prisa. Resultaba obvio que el sargento quería alejarse de la presencia de aquel hombre lo antes posible.
Y ella también, pero estaba aprendiendo un montón. Roderick era un experto en hacer cosas malas y en saber cómo salir impune de ellas.
Pero ¿cómo de graves serían las cosas que podría llegar a estar dispuesto a hacer?
—Entonces, lo único que sabe de Lewis Stevens y Noah Reid es lo que ha visto en los medios, ¿no?
—Prácticamente —respondió el hombre.
Kim frunció el ceño.
—Eso no es un sí definitivo, señor Skidmore, lo cual resulta desconcertante, al igual que el hecho de que haya utilizado sus nombres de pila en cuanto hemos entrado en su casa. ¿Los conoce o no?
—He visto a Lewis por ahí. Conocía su nombre. Blackpool no es una ciudad muy grande.
—Sigo sin entender cómo es posible que conozca su nombre.
—Lewis ya ha salido en las noticias. No es la primera vez que desaparece, y asumí que ese sería el motivo por el que todavía no habían venido a hablar conmigo. Red cree que se ha escapado de casa, ¿verdad?
¿Todo el mundo en aquella ciudad se refería al inspector de policía por su apodo?
—Red no está investigando nada, lo estamos haciendo nosotros, y no creemos que Lewis se haya fugado.
Skidmore echó hacia atrás su silla.
—Bueno, aquí están perdiendo el tiempo. Es un poco mayor para mí. Con doce años, es prácticamente un adulto.
—Jefa —gruñó Bryant, y Kim captó el mensaje. Era la última advertencia que le hacía su compañero antes de hacer algo de lo que ambos se arrepentirían.
—¿Dónde estuvo usted la noche que Lewis desapareció? —preguntó Kim.
—Aquí, yo solo. No salí de casa.
—¿Y el domingo por la noche, cuando desapareció Noah?
El hombre se encogió de hombros.
—Me temo que exactamente igual.
No había forma de probar o refutar sus coartadas, y Roderick lo sabía.
Kim se puso de pie.
—Disculpe si no le doy las gracias por su tiempo —dijo, dirigiéndose hacia la puerta.
Una vez en el exterior, la inspectora fijó la mirada en el hombre.
—Me ha proporcionado usted mucha información, y tengo la sensación de que he aprendido un montón. Entre otras cosas, he aprendido que aunque se vista a un trozo de mierda con ropas elegantes, se le ponga una corona y se le llame rey, al final sigue siendo tan solo un trozo de mierda.
Kim se dio la vuelta y se dirigió al coche junto a Bryant, que por fin tenía una sonrisa en la cara.