Capítulo 18
Stacey seguía pensando en la reunión informativa que había tenido lugar entre ambos equipos.
Le resultaba difícil saber cómo la jefa estaba logrando controlar su temperamento, ya que ella parecía ser el foco de todas las hostilidades. A los demás los habían recibido con silencio y miradas extrañas.
Así había seguido siendo cuando la jefa y Bryant salieron de la comisaría, seguidos poco después por Penn.
Los miembros del otro equipo habían ido saliendo poco a poco de la sala de la brigada, dejando esta vez al frente a la sargento Carly Walsh.
Cuando Penn se marchó para intentar localizar al tutor de Lewis en el colegio, una tarea que se hacía más difícil porque estaban en la semana de vacaciones de mitad del trimestre, la ayudante de detective consideró la posibilidad de idear algún pretexto para entablar conversación con la mujer que de vez en cuando miraba en su dirección.
Sin embargo, al final se centró en completar la solicitud por escrito a los recreativos para obtener más imágenes de las cámaras de seguridad, pero de todas las cámaras, durante el tiempo que Lewis estuvo en el interior del recinto, más quince minutos antes de que llegara y quince minutos después de que saliera.
Como Stacey desconocía con cuantas cámaras contaba aquel lugar, no tenía ni la menor idea de cuánto tiempo les llevaría esa tarea.
Lo único que la había disuadido de intentar entablar conversación con Walsh era la posibilidad de que ella y Adil confrontaran información y encontraran sospechosos sus intentos.
La ayudante de detective se ahorró la molestia de seguir pensando en la idea de hablar con la sargento cuando la propia mujer apareció en el umbral de la puerta y llamó con suavidad al cristal.
Stacey le hizo un gesto para que pasara.
—¿Quieres un café? —preguntó Carly.
—No, gracias —respondió Stacey—. Pero voy contigo a la cocina y me hago a ella mientras te lo preparas.
—La verdad es que no quiero café —dijo Carly, sin moverse de la puerta—. Era una excusa para venir a charlar contigo.
Stacey sonrió ante la sinceridad de la mujer y decidió ser igual de honesta.
—¿Os han prohibido hablar con nosotros cuando tu jefe está presente?
—Es más bien una regla implícita —respondió Carly.
—Ah, vale, ya entiendo. Yo también sigo siempre las reglas implícitas. Ahora que lo pienso, creo que sigo todas las reglas —dijo Stacey, bajando la mirada.
—¿Eres la más callada del equipo? —preguntó Carly.
—Trato de mantener la cabeza gacha y hacer mi trabajo. No me gusta armar líos. No es buena idea hacerlo cuando eres la que tiene menor rango en el equipo.
—Pero ¿compartes tus opiniones con ellos?
Stacey se encogió de hombros.
—La verdad es que no. Todos tienen una personalidad fuerte, así que yo soy fácil de ignorar —aseguró, con la esperanza de estar representando bien el papel que le había tocado asumir—. No me importa estar sola la mayor parte del tiempo.
Quizá la ayudante de detective había sido así de dócil cuando se unió al equipo, pero desde luego ya no lo era.
—Aunque está bien tener a alguien con quien charlar.
—Creo que todos estamos un poco confundidos sobre la razón por la que estáis aquí —admitió Carly.
—Pues es bastante sencillo. Vosotros estáis muy ocupados, nosotros cerramos un caso grande hace poco y ahora mismo no tenemos ninguno entre manos, y nuestros jefazos, que resulta que se formaron juntos, han decidido aunar esfuerzos.
—No sé yo si creerme eso —dijo Carly, inclinando la cabeza.
—Si hubiera algo más, estás hablando con la persona equivocada para enterarte de ello, pues yo soy la que pinta menos. No sé qué otra cosa piensas que podríamos estar haciendo.
Carly se encogió de hombros.
—Revisar casos, supervisar nuestro trabajo, quizá buscar ejemplos de bajo rendimiento…
—¡Ni de coña! —exclamó Stacey, negando con la cabeza—. ¿No tenemos departamentos especiales que se encargan de eso? Y además, según tengo entendido, tu jefa nos ha especificado dónde quiere que centremos nuestros esfuerzos. Creo que solo quiere contar con unas cuantas manos más.
—Nosotros estamos capacitados de sobra para hacer nuestro trabajo —dijo Carly a la defensiva.
—Oye, que yo te creo —afirmó Stacey, abriendo las manos—. Yo me limito a ir donde me dice mi jefa.
—Normalmente detrás de un escritorio, por lo que he observado.
Stacey se encogió de hombros.
—Es donde mejor me desenvuelvo. ¿Y tú?
—Yo lo odio, pero al jefe le gusta que nos vayamos turnando.
—¿Es un tipo decente? —preguntó Stacey.
Carly se encogió de hombros.
—Algunos días sí, y otros es un capullo. ¿Y tu jefa?
—Igual —dijo Stacey, que enseguida se sintió avergonzada por su deslealtad, aunque estuviera interpretando un papel.
—Sin embargo, da la sensación de que estáis todos muy unidos.
—No te dejes engañar por las apariencias. El sargento Bryant está a verlas venir, sobreviviendo hasta que le llegue la jubilación, y el sargento Penn vendería a su perro si eso le sirviera para escalar un peldaño más en la jerarquía del cuerpo.
Stacey odió cada palabra que salió de su boca, pero tenía la esperanza de que Carly compartiera esa información con su equipo. Les convenía dar la sensación de que andaban a la greña entre ellos.
Carly se rio, relajándose visiblemente.
—Ya, te entiendo. Nuestro Roy ya está un poco pasado de rosca para la policía moderna.
El tipo se pone zancadillas a sí mismo con su actitud anticuada, él es su peor enemigo.
Dickinson hace lo que le ordenan porque no quiere que se metan con él y Gonk simplemente tolera cualquier mierda con la esperanza de que lo trasfieran a otro equipo.
«¿Nadie utiliza el nombre de pila de Adil?», se preguntó Stacey.
—¿Y tú?
—Yo sé cuidar de mí misma —respondió Carly, descruzando los brazos.
Aquella respuesta le indicó a Stacey que la sargento tenía que cuidarse a sí misma. Lo que aún no sabía era de quién o de qué debía protegerse.
—Sí, ser mujer en la…
Stacey dejó de hablar cuando sonó el teléfono de Carly.
La mujer miró la pantalla.
—Lo siento, es el jefe, tengo que dejarte.
Stacey asintió en señal de comprensión mientras Carly cerraba la puerta tras de sí.
La sargento volvió a toda prisa a su escritorio con el teléfono apretado contra la oreja, como si la hubieran pillado con las manos en la masa.
El sonido que emitió la bandeja de entrada de Stacey tras la recepción de un correo electrónico nuevo hizo que la ayudante de detective se distrajera de sus pensamientos.
Fantástico. Estaban empezando a llegarle las grabaciones que había solicitado a los recreativos. Se acercó un poco el teclado y, mientras lo hacía, se detuvo en seco.
Debajo del mismo había un trozo de papel de no más de ocho centímetros cuadrados.
Stacey sabía que aquel papel no estaba allí la noche anterior. Le dio la vuelta y comprobó que no se trataba para nada de algún papel usado y viejo. Contenía tres nombres. Nada más.
Solo tres nombres.