Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 17
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Capítulo 17

—¿Charlie ya ha aprendido a usar FaceTime? —preguntó Bryant una vez que Kim y él estuvieron en el coche.

—Más o menos, aunque en realidad no del todo —respondió Kim con total sinceridad.

La inspectora había intentado llamarlo la noche anterior para ver a Barney y había visto casi prácticamente toda la casa de Charlie menos el lugar en el que estaba el perro.

Kim comprendió que el anciano se estaba poniendo nervioso porque no conseguía averiguar cómo funcionaba la aplicación, así que volvió a la vieja costumbre de la llamada telefónica.

Fue así como supo que Charlie estaba mimando a Barney igual que siempre que se quedaba con él, que era su mejor amigo.

Kim sabía que no tenía nada de qué preocuparse, pero no le gustaba estar tan lejos de su perro.

—Estará bien —dijo Bryant, que avanzaba serpenteando por las callejuelas de Blackpool.

Ella no dijo nada. De alguna manera, su compañero siempre sabía cuándo estaba pensando en Barney.

—¿Te ha mandado tu mejor amiga algún mensaje más?

—Bryant, no te atrevas a llamarla así otra vez —gruñó Kim.

El sargento se rio, y ya no volvieron a hablar hasta que se detuvo frente a la residencia de los Stevens.

—Quizá sea un poco pronto para ellos, jefa —dijo, mirando hacia la casa.

Kim también se había dado cuenta de que las cortinas echadas seguían ocultando la visión a través de todas las ventanas de la propiedad.

—Son casi las ocho de la mañana, tienen tres hijos pequeños y otro desaparecido. No creo que estén durmiendo plácidamente, aunque sea la semana de vacaciones de mitad del trimestre.

Una parte ingrata de cualquier investigación sobre un niño desaparecido era tener que indagar entre los miembros de su familia.

La historia y las estadísticas habían demostrado que en casi el cincuenta por ciento de los casos de jóvenes desaparecidos había algún familiar o amigo involucrado de alguna manera.

Había muy pocas personas que no hubieran oído hablar del caso de Shannon Matthews, una niña de doce años a la que un familiar había ocultado con el conocimiento de su madre en un intento de enriquecerse gracias a las donaciones.

Para las familias que eran completamente inocentes, la presión de los interrogatorios policiales volvía insoportable una situación ya de por sí devastadora.

Aunque Kim no estaba segura de a qué grupo pertenecían ciertos miembros de la familia Stevens, los trataría con consideración y respeto mientras no tuviera pruebas que sugirieran que dejara de hacerlo.

Bryant y ella tuvieron que dar tres golpes fuertes en la puerta para obtener una respuesta, por lo que Kim reconsideró su idea original de que ninguno de los miembros de la familia estaría durmiendo profundamente.

—¡¿Qué cojones?! —exclamó Bobby Stevens cuando por fin abrió la puerta, frotándose los ojos para espabilarse un poco, y se los protegió de la luz de la mañana.

Era un poco extraño que pareciera confundido sobre su presencia, cuando fácilmente podrían haber acudido a su casa para informarles de que habían encontrado a su hijo, una circunstancia que no tendría por qué ceñirse al horario laboral.

—¿Podemos hablar?

El hombre se hizo a un lado y les hizo un gesto para que accedieran a una casa en la que no entraba nada de luz natural.

Bobby comenzó a abrir cortinas y persianas de inmediato antes de girarse hacia Kim con el ceño fruncido.

—¿Lo han encontrado?

La inspectora negó con la cabeza.

—Entonces, ¿por qué vienen tan temprano? —preguntó el hombre, sin mostrarse enfadado.

—Cuanto antes hablemos con ustedes tres, antes podremos retomar la búsqueda de Lewis.

—¡Sshh! —murmuró Shirley Stevens, que bajaba las escaleras de puntillas.

Con tres niños pequeños, Kim supuso que aquella mujer estaba intentando ganar algo de tiempo antes de que su día comenzara de verdad.

—¿Con los tres? —preguntó Bobby, cayendo en la cuenta de lo que Kim había dicho.

—Sí, también tenemos que hablar con Kevin.

Shirley sacó su teléfono del bolsillo de la bata. Marcó un número y, mientras le respondían, miró a Kim y a Bryant con cara de mosqueo.

—Baja —dijo Shirley al teléfono—. Porque yo lo digo —añadió antes de colgar.

Kim los siguió a ambos hasta una cocina que mostraba restos de comida a domicilio, pedida a altas horas de la noche.

La superficie estaba repleta de cajas amarillas de poliestireno y bolsas de patatas fritas a medio comer, a pesar de que la familia había estado cenando cuando los visitaron el día anterior.

Era bueno saber que todos ellos conservaban el apetito.

—Solo un par de cuestiones relacionadas con el seguimiento del caso —anticipó Kim, sentándose junto a la mesa de la cocina.

Bobby se apoyó en el frigorífico con congelador incorporado, cruzado de brazos. Mientras, Shirley calentó agua para el café.

—Nos han contado que hubo una fuerte discusión la noche en la que Lewis desapareció.

—¿Quién les ha dicho eso? Ah, espere, me lo puedo imaginar —afirmó Bobby, señalando con la cabeza hacia la pared que compartían con los vecinos.

Kim no lo confirmó ni lo desmintió.

—¿Les importaría contarnos a qué se debió la discusión?

—Por supuesto. Se debió a Lewis. Siempre se debe a Lewis.

Kim deseó, por una vez, poder ver en aquel hombre una pizca de emoción dirigida hacia su hijastro, un niño al que quizá nunca volviera a ver.

—¿Alguna razón en particular en esa ocasión? —preguntó Kim —Su descaro, su actitud, su holgazanería, sus peleas, su expulsión del colegio… Alguna de esas cosas, seguro.

Kim se giró hacia la madre de Lewis.

—¿De verdad es un niño tan problemático?

Shirley dudó antes de responder, como si intentara encontrar la respuesta correcta.

—Puede serlo, pero aun así, ojalá… —A la mujer se le quebró la voz.

—¿Ojalá qué? —insistió Kim.

—Ojalá estuviera aquí siendo problemático ahora mismo.

Los ojos de Shirley se llenaron de lágrimas. La mujer se dio la vuelta tras mostrar la primera emoción real que Kim había podido observar en ella. La inspectora detectó incluso un atisbo de arrepentimiento en el rostro de Bobby. ¿A qué se debería?

—Usted se marchó de casa hecho una furia poco después de que Lewis lo hiciera —dijo Kim, fijando la mirada en el padrastro.

—¿Y qué? —preguntó él, encogiéndose de hombros.

—¿Lo volvió a ver? ¿Le dio alcance?

Bobby negó con la cabeza.

—Pasaron diez minutos largos desde que él se fue hasta que yo salí.

Diez minutos no era mucho tiempo si caminabas rápido y sabías qué dirección tomar.

Aunque Lewis había entrado y salido solo de Coral Island, Kim quería saber si hubo algún otro contacto entre el padrastro y el chico después de que este se marchara de casa.

—Responda a mi pregunta, por favor.

—No lo volví a ver.

—¿Y a dónde fue usted?

—Oiga, espere un momento. No me gusta nada por dónde se está encaminando esto. ¿Está insinuando que yo tengo algo que ver con su desaparición?

—Como investigadores, tenemos que descartar cualquier posible implicación de los familiares —respondió Kim con total sinceridad—. Y me sorprende mucho que aún no les hayan preguntado al respecto.

El hombre descruzó los brazos y se metió las manos en los bolsillos.

—Esa es la diferencia cuando tratas con maderos que te conocen.

—¿Fueron Red y Roy quienes vinieron a cantarle las cuarenta a Lewis?

El hombre asintió.

—Estaban haciendo un seguimiento después del robo que sufrimos. Hablaron un poco con él.

Si la noche en la que Lewis desapareció la familia seguía discutiendo por algo relacionado con el chico, la charla para modificar de su comportamiento no había servido de gran cosa.

—Bueno, por favor, dígame a dónde fue cuando salió de casa —le recordó Kim.

—A dar un paseo por el barrio. Solo para despejar un poco la cabeza.

—¿Hay alguien que pueda corroborarlo? —preguntó Kim.

Bobby pensó un momento; finalmente, negó con la cabeza.

—¿Y a qué hora regresó a casa?

—Sobre las diez.

Media hora larga después de que Lewis saliera de los recreativos.

—Eso es mucho tiempo para despejar la cabeza —observó la inspectora.

—Pasear no es un delito, ¿no? —respondió el hombre, mientras cogía la taza de café que le ofrecía su esposa.

Kim cayó en la cuenta de que a ella y a Bryant no les habían ofrecido ningún tipo de refrigerio; daba la sensación de que los Stevens no querían que la policía estuviera en su casa ni un minuto más de lo necesario. A menos que los policías se llamaran Red o Roy.

—De acuerdo, si pudiéramos hablar con…

—¿Qué pasa? —preguntó Kevin Stevens al entrar en la cocina. Resultaba evidente que ese chico tenía la esperanza de poder volver pronto a la cama, pues llevaba puesto el pantalón del pijama, sin camiseta.

El crío apenas los miró, hasta que su madre asintió en su dirección.

—Solo un par de preguntas y luego le dejaremos en paz.

Kevin bostezó y se frotó los ojos.

—¿Dónde estaba usted la noche que desapareció Lewis?

—¿En mi cuarto, viendo la tele? —contestó, como si la respuesta tuviera que ser obvia para Kim.

—Nos han dicho que salió de casa.

—Podría ser —afirmó el chico, que se encogió de hombros como si no entendiera por qué era importante.

—¿Puede hacerme el favor de pensarlo bien, Kevin? —le pidió la inspectora.

El chico movió la cabeza de lado a lado.

—Me quedé en casa, seguro. No tenía ningún plan, así que me quedé aquí.

Un viernes por la noche, a poco más de un kilómetro de una de las economías nocturnas más lucrativas del país, y aquel adolescente no había tenido plan alguno.

Aunque, como lo único que Kim tenía era lo que los vecinos le habían contado de memoria, tampoco podía presionar a Kevin mucho más.

El chaval dio la vuelta para salir de la cocina.

—Espere, una cosa más —dijo la inspectora—. ¿Es verdad que una vez llevó a su hermano a un sitio y lo dejó allí tirado, como castigo por algo?

Los tres la miraron, sin duda sin comprender cómo ella podía saber aquello. Apostaría a que ni siquiera Red y Roy lo sabían.

El crío miró a sus padres, que no le sirvieron de ayuda alguna.

—Solo fue una broma, una travesura. Yo sabía que encontraría el camino a casa.

—Sí, porque estaba cerca de una parada de autobús y llevaba dinero encima, ¿verdad? —preguntó Kim.

Kevin se encogió de hombros.

—¿Cómo lo hizo? —insistió Kim. El chico no tenía edad para conducir.

—Lo llevé en mi moto. Le dije que mi amigo quería enseñarnos su moto nueva de motocross. Seguimos las vías del tranvía durante unos kilómetros y luego nos metimos por varios callejones para despistarlo.

—¿A qué distancia de casa? —preguntó Bryant.

—No lo sé. A unos quince kilómetros. No muy lejos.

«Demasiado lejos para abandonar a un chico a su suerte», pensó Kim.

—¿Cómo regresó a casa? —preguntó la inspectora.

—Haciendo autostop —murmuró Kevin, dejando claro que no había parada de autobús alguna y que, probablemente, su hermano tampoco llevaba dinero encima.

—¿Fue una broma o un castigo?

—Estaba siendo un capullo —dijo Kevin a la defensiva.

—¿Estaba siendo un capullo también el día que desapareció?

Kevin sacó el mentón hacia fuera.

—Probablemente.

—¿Y es posible que usted decidiera darle otro escarmiento, pero que esta vez haya salido algo mal y él no haya encontrado el camino de vuelta a casa?

—Yo no lo toqué. No salí esa noche, lo juro.

Kim era consciente de que no podía presionarlos más. Eran víctimas y merecían ser tratados como tales hasta que encontraran alguna prueba que les sugiriera lo contrario. Pero… Había algo que no cuadraba, y ella no iba a dejar de investigar a fondo hasta descubrir de qué se trataba.

Les dio las gracias por su tiempo y se dirigió al coche con una sensación de tristeza cada vez mayor.

Fuera o no un niño absolutamente insoportable, Lewis no parecía tener a nadie a quien recurrir.

¿No deberían su hermano mayor y él haber formado un equipo en medio de aquella nueva familia que se había creado?

Deberían haberse apoyado mutuamente en todo momento.

Sin embargo, Lewis parecía no tener a nadie en quien confiar más que en sí mismo.

La mente de Kim estaba dividida; tenía un conflicto interno.

Por un lado, estaba convencida de que la desaparición de los dos niños estaba relacionada.

No le gustaba un pelo la coincidencia, el escaso lapso de tiempo entre ambas desapariciones y le parecía bastante obvio que ambos niños habían sido secuestrados.

Pero luego cambiaba un tanto de opinión cuando hablaba con la familia Stevens y su comportamiento le hacía preguntarse si alguno de ellos sería responsable de la desaparición del chico.

Había algo que no le estaban contando y no tenía ni idea de cómo iba a averiguar de qué se trataba.