Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 12
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Capítulo 12

Penn echó un vistazo hacia la sala de la brigada que tenían al lado y bajó la voz antes de hablar.

—¿Sabes cuando empiezas a tener una sensación en tu interior, pero intentas luchar contra ella?

—Penn, ya hemos tenido esta conversación. Estoy casada.

—Ya, lo llevo fatal. Y deja de tocarte esa tirita.

—¿Qué sensación tienes? —preguntó Stacey, dejando de jugar con el apósito.

—Que, de momento, me parece que este equipo está haciendo un trabajo de mierda.

Stacey también miró a Adil antes de asentir.

Para Penn, aquello era como faltarle el respeto a un difunto. Nadie quería pensar que otros policías no estaban realizando un trabajo a la altura de las circunstancias.

—Pero, a ver, ¿será cosa nuestra? —insistió.

—No lo sé —respondió Stacey—. Pero yo llevo ya un rato con la misma duda.

Lo único que sé es que nuestra jefa cada día nos incita a que lo cuestionemos todo.

Nos dice que, cuando creamos que ya no podemos ir más allá, sigamos profundizando, que ampliemos la perspectiva, que pensemos de forma diferente.

Aquí no he visto nada de eso, al menos por ahora.

Penn apreció el matiz que Stacey había añadido al final de la frase. Le dio esperanzas de que, tal vez, aún tuviera la posibilidad de contemplar algún fogonazo de brillantez, un atisbo de creatividad, algo de pasión por llevar a aquel chico de vuelta a casa.

—¿Cómo son las declaraciones? —preguntó Stacey.

—Tan escasas y frágiles como las tortitas de mi madre —respondió el sargento con sinceridad.

—Pero hay muchas.

—Sí, sí, pero muy pocas son útiles. ¿Quieres intentar adivinar a cuántos de sus compañeros de clase han interrogado?

—¿A todos? —preguntó Stacey.

—A tres —respondió Penn.

Stacey frunció aún más el ceño y el sargento supo lo que su compañera estaba pensando. Había que hablar con todos. Algunos niños se asustaban ante situaciones como aquella y no daban de forma voluntaria información que podía resultar esencial.

—¿Y con cuántos profesores piensas que han hablado? —preguntó Penn.

—Con todos los que le daban clase al chico, con el director y tal vez incluso con el personal del comedor, si es que lo hay, porque ellos siempre lo saben todo.

—Con dos —respondió Penn—. El tutor y su profesor de Lengua. Desde luego, nadie del personal del comedor.

—Vaya —dijo Stacey.

—Ah, y todavía falta lo mejor. Siete de las declaraciones mencionan a un hombre llamado Roderick Skidmore, pero ¡adivina de quién no existe declaración alguna!

—De Roderick Skidmore —respondió Stacey.

—Correcto.

—Eh… ¿y quién es Roderick Skidmore? —preguntó la ayudante de detective.

—Me alegro de que me hagas esa pregunta. Roderick Skidmore es el pedófilo fichado de la zona.