Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 11
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Capítulo 11

Como era de esperar, la casa contigua a la de los Stevens tenía exactamente la misma distribución. Era propiedad de una pareja de sesenta y pocos años: Joyce y Dennis Smith.

Joyce los invitó a entrar con total naturalidad y Dennis dejó el periódico y apagó la televisión para atenderlos.

Aunque la casa tenía la misma estructura que la propiedad de al lado, ahí terminaban las similitudes.

A Kim le dio la impresión de que las paredes lucían un empapelado reciente y la pintura estaba impecable y nítida.

La diferencia en el estilo de las ventanas le indicaba que aquella pareja habría comprado su vivienda social y saltaba a la vista el esmero con el que la mantenían.

Por lo que Kim pudo observar, ese mismo esmero se extendía al jardín.

Kim había visto con anterioridad sitios como aquel. Se imaginó que la pareja se habría mudado allí décadas atrás, cuando el barrio no era tan conflictivo como ahora. Probablemente todo se había ido deteriorando su alrededor, pero ellos eran felices en el hogar que habían creado.

—¿En qué podemos ayudarlos? —preguntó Joyce cuando Kim y Bryant se sentaron en el sofá.

—Estamos investigando la desaparición del niño de la casa de al lado.

La mujer frunció ligeramente los labios, pero asintió, esperando una pregunta.

—¿Conocen bien a Lewis?

Ambos movieron de lado a lado la cabeza en señal de negación.

—Pero a ver, lo hemos intentado —añadió Dennis—. Cuando se mudaron, solo tenían a los dos chicos mayores. Los invitamos a casa, pero nunca vinieron. Intentamos charlar con ellos en el patio trasero, pero siempre se metían en casa. No puedes estar insistiendo indefinidamente —concluyó.

Joyce parecía querer decir algo. Kim esperó.

—No quiero ser grosera, pero creo que es que no son demasiado simpáticos, la verdad. A lo largo de los años, no hemos visto muchas visitas de amigos. Ni tampoco de amigos de los niños.

A Kim no le preocupaba demasiado ese hecho. Muchas familias preferían ir a lo suyo.

—¿Alguna vez les han dado problemas? —preguntó la inspectora.

Vivían al lado de un chico de quince años, otro de doce y un puñado de niños pequeños.

Ambos negaron con la cabeza, lo cual la sorprendió. Como mínimo, habría esperado que se quejaran del ruido.

—¿Y los padres?

—Directamente, no —respondió Dennis—. A veces son un poco ruidosos, discuten y gritan. La cosa ha empeorado un poco desde que él se quedó sin trabajo. Problemas económicos, supongo. Hay muchas bocas que alimentar, así que se oyen muchos gritos y portazos. La última pelea fue horrible.

Joyce asintió.

—Curiosamente, fue la noche en la que el niño desapareció.

Lo vimos salir; luego, salió su hermano mayor, y entonces los padres tuvieron una bronca descomunal.

Bobby salió furioso de la casa. No escuchamos más ruidos y nos fuimos a la cama.

Nos enteramos de la desaparición de Lewis al ver llegar a la casa el coche de la policía a la mañana siguiente.

—¿No vieron a nadie de la familia buscándolo, llamándolo a gritos? —preguntó Bryant.

A menudo, los padres de los niños desaparecidos no eran capaces de quedarse quietos.

Aunque fuera una misión inútil, tenían que salir a hacer algo: llamar a las casas de los vecinos, buscar en los últimos lugares donde tenían constancia de que el chico en cuestión había estado, hablar con sus amigos…

Joyce negó con la cabeza.

—La última vez que se escapó llamaron a la policía, así que pensamos que podría haber vuelto a hacer lo mismo.

Kim pensó que sí, que aquel parecía ser el consenso general de todo el mundo.

—¿Están muy unidos? —preguntó la inspectora—. Me refiero a los padres y los niños. ¿Lo han podido apreciar?

Joyce hizo una mueca antes de negar con la cabeza.

—No, yo creo que no. No parecen pasar demasiado tiempo con los chicos mayores. Veo a Kevin con un par de amigos de vez en cuando, pero Lewis siempre está solo. Creo que se mete en problemas por pelearse.

Sí, eso también lo habían oído.

—Una vez hicieron venir a unos policías para que le dieran un toque de atención y trataran de enderezarlo, imponerle un poco de disciplina. Los mismos policías que vinieron después del robo.

—¿Les robaron? —preguntó Kim, que empezaba a cuestionarse qué otras cosas podían desconocer.

—Hace un par de meses. Nunca atraparon a los ladrones, pero eso suele suceder, ¿verdad?

La afirmación de Joyce no contenía ninguna malicia, y Kim comprendió por qué la había hecho. Sin pruebas contundentes, era difícil encontrar a los responsables de los robos, y muchos de ellos terminaban formando parte de unas estadísticas vergonzosas para la policía.

—¿Y les pidieron a esos mismos agentes que vinieran a hablar con Lewis para tratar de encauzarlo? —quiso aclarar Kim.

Joyce asintió.

Si se trataba de Red y Roy, ahora comprendía por qué la señora Stevens los llamaba por sus nombres de pila.

—Bueno, al menos eso es lo que yo oí —dijo Joyce con una expresión pensativa.

—Joyce… —advirtió Dennis.

Una vez más, Kim esperó.

—Ya lo sé, cariño, pero ya lleva días desaparecido —dijo Joyce.

Kim se enderezó en el sofá.

Dennis suspiró y miró a Kim y a Bryant antes de tomar la palabra.

—Las cosas que les acabamos de contar las sabemos con certeza; hay otras que solo hemos oído y que no hemos contado a nadie —dijo—. No queremos hacerles perder el tiempo buscando en la dirección equivocada.

—Es muy considerado por su parte, pero como agentes de policía tenemos que contemplar todas las opciones. Por favor, continúe.

Joyce volvió a dudar, pero Dennis le hizo un gesto con la cabeza para que les contara lo que sabían.

—Bueno, cuando nos enteramos de que Lewis había desaparecido, pensamos que quizá se tratara de algún tipo de castigo que salió mal.

Kim sintió un ligero escalofrío.

—¿Por qué pensaron eso?

—Corría el rumor de que una vez le dijeron a su hermano que se lo llevara a un lugar lejano que no conocía y que lo abandonara allí sin comida ni dinero para darle un escarmiento.

—¿De verdad creen que hizo eso? ¿Coger a su hermano y ponerlo en peligro de esa manera? —preguntó Kim.

Joyce se encogió de hombros.

—No los conozco lo suficiente. Yo oí eso en la peluquería. La madre de un amigo de Kevin explicó que su hijo había participado en ese castigo.

—¿Lo denunció alguien a la policía? —preguntó Bryant.

Joyce se encogió de hombros.

—Cuando me llegó la noticia, ya era información de tercera mano, así que no hice nada al respecto.

Kim se preguntó si habría algo de cierto en aquella historia o si tal vez fuera uno de esos mitos que surgían de la nada cuando desaparecía un niño.

—¿Ha oído hablar de algo parecido en esta ocasión? —preguntó Kim.

Joyce negó con la cabeza.

La inspectora se levantó para marcharse, pero entonces recordó la pregunta que había ido a hacer a aquella casa.

—Solo por curiosidad, ¿saben por qué la comunidad no se ha involucrado? ¿Por qué no hay carteles, búsquedas por el barrio, grupos en las redes sociales y ese tipo de cosas?

—Se lo consultaron a la familia —respondió Dennis—.

Sarah, la vecina que vive al final de la calle, que nos ayuda un poco con la limpieza, se ofreció a organizar cosas de ese estilo.

Les pidió una foto reciente para imprimir unos carteles, pero no se la dieron.

Le dijeron que no querían montar un alboroto ni llamar la atención porque luego quedarían en ridículo cuando el crío volviera humillado, con el rabo entre las piernas.

—¿Cuándo sucedió eso? —preguntó Kim.

—Cuando transcurrió un día completo desde su desaparición. Créanme, si alguien hubiera podido movilizar a un ejército completo, esa persona habría sido Sarah.

Quizá tuviera lógica que los Stevens hubieran pensado aquello el primer día, pero ahora habían pasado diez y ellos seguían aferrados a esa creencia.

Kim dio las gracias a la pareja y salió de la casa para volver al coche.

¿Por qué todo el mundo daba por buena la idea de que el niño simplemente se había escapado de casa?

La inspectora centraba sus pensamientos en un niño de doce años que estaba claramente descontento por algún motivo y que parecía no encontrar alegría ni en casa ni en el colegio.

Era una situación con la que se había encontrado muchas veces a lo largo de su carrera durante el desarrollo de las investigaciones relacionadas con niños desaparecidos, pero en el caso de Lewis había un elemento nuevo.

Aquel niño de doce años había desaparecido como por arte de magia y nadie parecía preocuparse lo más mínimo por buscarlo.