Capítulo 10
Stacey no estaba en desacuerdo con la estrategia que había sugerido la jefa.
Revisar lo que ya se había establecido y, después, profundizar y ampliar la búsqueda.
No era la tarea más satisfactoria que se pudiera realizar, eso estaba claro, a diferencia de embarcarse en una aventura en la que se pueden descubrir cosas nuevas, sacando a la luz por primera vez unas circunstancias determinadas.
Revisar el trabajo de otra persona resultaba un tanto deprimente.
Provocaba la sensación de que tu cerebro ya hubiera decidido que no se puede encontrar nada nuevo y, por lo tanto, suspendiera parte de sus capacidades.
—Dios mío, qué cosa más monótona —dijo Penn, dando la vuelta a una página que detallaba otra de las declaraciones.
Resultaba evidente que el sargento estaba sintiendo la misma falta de motivación que ella.
—¿Cuántas tienes? —le preguntó.
—Cuarenta y siete.
—¡Caray! —exclamó, sorprendida. Era más de lo que se había imaginado—. Han sido muy minuciosos.
—Mmm… Ya te contaré. De momento, solo he revisado cinco.
Stacey guardó silencio para dejar trabajar a su compañero.
Ella también tenía una tarea aburrida por delante en la que sumergirse.
Tenía acceso a un archivo que contenía las grabaciones que se habían guardado y a otro que incluía todo el metraje que se había considerado que no tenía valor.
La sorprendió el contenido de ambos por lo escaso que resultaba.
La ayudante de detective tenía fama de acumular decenas, a veces cientos, de archivos de vídeo para intentar localizar una imagen o un clip útil.
Solo había dos clips en el archivo que contenía las grabaciones guardadas.
El primero de ellos duraba tres segundos, y en él se veía a Lewis entrando en Coral Island; el segundo lo mostraba saliendo de allí a las nueve menos veinticinco de la moche, exactamente treinta minutos después de haber entrado.
El clip terminaba cuando el chico salía del alcance de la cámara.
Stacey comprendía por qué el equipo policial local había supuesto que, si habían secuestrado a Lewis, lo más probable era que lo hubieran hecho entre los recreativos y su casa, que estaba a menos de un kilómetro y medio de distancia.
Pero tenía un par de preguntas. Las cámaras captaban hasta un poco más allá de las entradas; ¿por qué no habían guardado esas imágenes?
Y, por otra parte, ¿qué había estado haciendo el chico en Coral Island durante casi media hora?
Según la declaración de la madre, el niño tenía tan solo cinco libras.
Stacey estaba segura de que se las habría gastado en cuestión de minutos.
La ayudante de detective tamborileó con los dedos sobre la mesa y miró de reojo la silueta solitaria que había en la sala de la brigada.
Se imaginaba que el hecho de que aquel hombre se encontrara allí significaba que desempeñaba un papel similar al suyo.
Si se pasaba la mayor parte del tiempo en su escritorio, era posible que estuviera loco por tener un poco de conversación.
Quién sabía lo que ese hombre podría llegar a revelar.
También quería hacerse una idea de la profundidad con la que había estudiado las cámaras de seguridad.
Stacey contempló al hombre, que miraba todo el tiempo hacia abajo, durante al menos un minuto, pensando en cómo establecer contacto con él sin levantar sospechas. Estaba segura de que le habrían dado instrucciones de no interactuar con ellos.
Así que tenía que pensar en algo que lo dejara sin otra alternativa.
Vio algo en la pared detrás de la cabeza del hombre y comenzó a dibujársele una sonrisa en los labios.
Ahora le iba a resultar útil algo que había hecho por accidente una semana antes.
Cogió un trozo de papel y lo deslizó con fuerza sobre el pliegue de su dedo índice izquierdo, cerca de la uña.
Nada.
Lo volvió a intentar.
Nada.
Lo hizo por tercera vez y consiguió lo que pretendía.
Penn levantó la cabeza.
—Stace, ¿qué…?
—No te preocupes —respondió, echando su silla hacia atrás.
No había olvidado lo doloroso que era, ni la cantidad de sangre que provocaba.
La ayudante de detective empujó el pomo de la puerta con el codo para abrirla; mientras, su mano izquierda adoptó la forma de un cuenco. Sobre la palma de la mano caían gotas perfectas de sangre.
—Eh, ¿tenéis un botiquín de primeros auxilios? —le preguntó al oficial al que llamaban Gonk.
El hombre se quedó paralizado por un segundo y luego siguió la mirada de Stacey, que observaba el objeto que se encontraba en la pared que había detrás de él.
—Claro, claro —respondió, estirando el brazo hacia atrás. El único acento que ella percibió en su voz era un deje norteño—. Aquí tienes —dijo, pasándole la caja.
—Eh… —murmuró Stacey, mirando su mano ensangrentada.
—Lo siento, lo siento, claro —se disculpó el hombre, que abrió la caja y le pasó un pañuelo de papel—. Toma, presiónate esto sobre el corte.
Stacey hizo lo que le dijo, elevando las manos un poco más.
El oficial jugueteó con tiritas de diferentes tamaños y le pidió a Stacey que le dejara echar un vistazo.
—¡Ay, si ha sido con un trozo de papel! —exclamó Stacey—. A veces puede ser muy traicionero…
El hombre se rio ante aquello, pero enseguida se contuvo.
—No pasa nada, no le diré a nadie que has hablado conmigo —dijo Stacey—. Es una emergencia médica.
Los labios del hombre temblaron ligeramente mientras elegía una tirita.
Una rápida mirada a su izquierda le reveló a Stacey que Penn la estaba observando con una expresión divertida.
—¿Cuál es tu verdadero nombre? No quiero llamarte Gonk, la verdad.
—Es Adil.
—¿Y por qué ese apodo? —le preguntó mientras el hombre retiraba el papel que cubría la tirita.
—Es el insulto favorito de Red para los novatos. Aparentemente le será otorgado al próximo que llegue, cuando yo deje de ser el miembro más nuevo del equipo.
—Ah, pues yo también tuve uno —mintió Stacey—. La jefa me puso un mote que le hacía gracia porque combinaba con mi apellido.
Stacey odiaba mentir sobre la jefa, que nunca había hecho tal cosa, pero quería intentar establecer una buena sintonía con aquel ayudante de detective.
—Conseguí quitármelo de encima al cabo de una semana más o menos.
—¿Le dijiste algo al respecto? —preguntó Adil.
—No, no, qué va, no soy tan valiente. Nunca haría algo así. Me hice la tonta y dejé de responder a aquel apodo, y la jefa se terminó hartando de tener que decírmelo todo dos veces.
El hombre se rio; ella apartó el pañuelo y dejó al descubierto una herida que aún sangraba. Quizá debería haber presionado el pañuelo con más fuerza. Volvió a ejercer presión con él.
—Esto va a provocar que vaya más lenta con la revisión de las cámaras de seguridad.
—¿Estás revisando mi trabajo? —preguntó Adil, frunciendo el ceño.
—No solo el tuyo. Tu jefa quiere que nos centremos en Lewis para que vosotros podáis concentraros en Noah.
—Ah, tiene sentido.
—¿Fue difícil conseguir las grabaciones de los recreativos? —preguntó Stacey—. He tenido algunos casos en los que me han hecho esperar días.
El hombre negó con la cabeza.
—Les dimos una descripción y una idea aproximada de la hora. Lo acotaron y encontraron al chico entrando y saliendo de allí.
—¿No tenéis nada de mientras estuvo dentro? —preguntó ella.
—Nos fue imposible ubicarlo en el interior, así que eso es todo lo que tenemos. De todas formas, es lo único que necesitamos, ¿no? —preguntó Adil—. Porque sabemos que salió del recinto.
« Sí, pero no sabemos si estuvo hablando con alguien allí dentro» , pensó Stacey. Y como las imágenes que habían enviado estaban editadas, centradas en unos minutos muy concretos, la ayudante de detective no podía saber si alguien había seguido al chico al entrar o al salir de las instalaciones.
Stacey retiró el pañuelo y vio que la herida había dejado de sangrar.
Adil le puso la tirita y ella le dio las gracias antes de volver a su escritorio.
Ella había pensado que revisar las imágenes de las cámaras de seguridad iba a ser una completa pérdida de tiempo.
Ahora ya no estaba tan segura.