Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 9
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Capítulo 9

Después de equivocarse un par de veces por el camino, Bryant aparcó frente a la casa de Lewis Stevens en la zona de Wickton.

No era muy diferente de muchos de los barrios de Black Country. Construido en los años sesenta, había acogido a familias jóvenes que, con el tiempo, se habían marchado de la zona. Cada generación había ido dejando el lugar un poco más deteriorado.

El auge de la ciudad costera en los años setenta había hecho que su parte turística se fuera acercando cada vez más a aquel barrio, de modo que en la actualidad se encontraba prácticamente al borde del centro bullicioso de la ciudad.

Kim ya sabía por el resumen que les había hecho Stacey que en la casa vivían la madre, el padrastro y otros cuatro niños.

La que la inspectora sospechó que sería la señora de la casa abrió la puerta.

—¿Señora Stevens? —preguntó Kim, que, al igual que Bryant, mostró su identificación policial.

Aquella mujer era extremadamente delgada y tenía el pelo castaño corto y cortado sin ningún esmero. A pesar del mes en el que estaban y la temperatura que hacía, la mujer vestía una camiseta de tirantes y unas mallas, lo que acentuaba aún más su figura casi cadavérica.

La mujer asintió, mirando a ambos alternativamente.

—¿Podemos pasar? —preguntó Kim, que percibió el aroma de algo quemándose.

—¿Quiénes son ustedes? —respondió la mujer a modo de pregunta, sin moverse aún.

—Estamos colaborando con el equipo policial de la ciudad para ayudarlos a encontrar a Lewis.

—Ah, vale —dijo ella, echándose a un lado—. Pasen a la cocina. Estoy preparando la cena.

Kim la obedeció, y por el camino vio cómo se asomaban a través de la puerta del salón las cabezas de dos niños. Además, observó que había otro sentado en el sofá viendo la televisión.

—Shirl, hazme un té, ¿vale? —gritó una voz masculina desde algún lugar de la casa que la inspectora no alcanzaba a ver.

—Háztelo tú solito. Estoy cocinando, guardando la compra y tengo aquí a la pasma.

El propietario de aquella voz apareció en un santiamén.

No podía ser más diferente de su mujer. Parecía considerablemente mayor que ella y tenía una barba descuidada que compensaba el pelo que había perdido en la cabeza.

Era unos treinta centímetros más bajo que su mujer y más o menos otros treinta centímetros más ancho.

Tenía que ser el padrastro, Bobby Stevens.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó.

—Están ayudando a Red y Roy —explicó la señora Stevens mientras sacaba unas patatas fritas congeladas de una bolsa del supermercado Sainsbury’s.

A Kim le llamó la atención que utilizara el nombre de pila y el apodo de los agentes de investigación.

—Vaya maldito drama por nada —respondió el señor Stevens mientras llenaba de agua el hervidor.

—Quítate de en medio —dijo su mujer, que empezó a colocar platos sobre la encimera junto al horno.

Aunque la cocina no estaba especialmente desordenada, se aprovechaba cada espacio de ella para guardar algo.

Había mochilas apiladas encima de la nevera, y paraguas prácticamente encajados entre esta y el lavavajillas. Cada espacio estaba ocupado.

—¿Cree que no hay motivo para la preocupación? —preguntó Kim, dirigiendo su atención al padrastro de Lewis.

—Se ha vuelto a escapar, está claro. No es la primera vez que lo hace. Volverá cuando tenga hambre.

—¿Ya lo ha hecho antes? —preguntó Kim.

—Sí, y regresó cuando la madre de su amigo lo echó de su casa. Esperen y verán. Volverá pronto.

—¿Alguna vez ha estado fuera de casa diez días? —insistió Kim.

—No, pero se está haciendo mayor y cada vez tiene más recursos. Ya es prácticamente un adulto.

—Tiene doce años —puntualizó Kim, aunque no fuera necesario hacerlo. La inspectora estaba segura de que aquel tipo sabía la edad del crío, pero tuvo la sensación de que necesitaba que le recordaran que Lewis seguía siendo un niño.

—¿Usted ha visto a los niños de doce años de hoy en día? —preguntó el señor Stevens—. Créame, saben cómo sobrevivir.

Kim se dio cuenta de que su mujer no mostraba abiertamente su acuerdo o desacuerdo con la idea de que el niño no estaba en peligro alguno. Estaba concentrada en repartir en cuatro platos nuggets de pollo y patatas fritas cocinadas en el horno.

El señor Stevens siguió la mirada de Kim.

—Gastamos un poco menos en comida desde que se largó.

—¿Y usted es su padrastro?

—Sí, lo conozco desde que tenía seis años y siempre ha sido un mocoso insoportable —afirmó el señor Stevens, que se dirigió a continuación hacia el salón.

—¿Comparte usted la opinión de su marido, señora Stevens? —preguntó Kim mientras la mujer se estiraba por delante de ella para poner los platos sobre la mesa.

—No lo sé. No sé qué pensar. —Hizo una pausa—. ¡Niños…, la cena está lista! —gritó.

Los tres chicos que Kim había visto al llegar a la casa entraron corriendo en la cocina. No le prestaron ninguna atención ni a ella ni a Bryant. Se limitaron a sentarse y a coger los condimentos que estaban colocados en el centro de la mesa.

Sobre la encimera permanecía un plato sin dueño, que contenía la ración más grande de todas.

—Vengan conmigo —instó la mujer, conduciendo a Kim y a Bryant hacia el salón, donde enseguida comenzó a recoger juguetes y a colocar bien los cojines.

El señor Stevens cambió de posición para poder ver la pantalla del televisor por encima de su mujer.

Kim y Bryant se sentaron en el sofá que había sido recién despejado.

La inspectora percibió el gesto fugaz de irritación que adoptó el rostro del señor Stevens.

Era evidente que ese hombre había tenido la esperanza de que no se quedaran mucho tiempo en su casa, o al menos de que se hubieran quedado en la cocina.

—¿Pueden contarnos qué pasó la última vez que vieron a Lewis? —preguntó Kim mientras Shirley Stevens se sentaba.

El señor Stevens hizo un gesto de fastidio y encendió un cigarrillo.

—Ya hemos pasado por esto cientos de veces.

Su mujer lo ignoró.

—Era un día como cualquier otro, un caos en la casa. Todos los niños querían cenar una cosa diferente. Yo no había tenido la oportunidad de hacer la compra, y…

—¡Maldita sea, Shirl, cuéntales la verdad! —exclamó el señor Stevens, moviendo la cabeza de lado a lado en un gesto de negación.

Justo en aquel momento, apareció el último de los niños. Kim calculó que tendría unos quince años. Llevaba consigo el último plato que había quedado en la cocina. Se sentó y miró el humo que circulaba alrededor de su padrastro.

—Si no te gusta, quédate en la maldita cocina, Kevin.

El chico se puso la bandeja en el regazo y empezó a comer. Bobby Stevens terminó apagando el cigarrillo.

—¿Quiere decir que no fue así? —le preguntó Kim al hombre, que ahora estaba sentado en su sillón con el cuerpo inclinado hacia delante.

—No. Todos estaban armando un montón de ruido y dando la tabarra, y Lewis en particular estaba siendo completamente insoportable.

Shirley le lanzó una mirada. Kevin, por su parte, siguió comiéndose su cena.

—No les voy a mentir solo porque el chico se haya largado por una rabieta. Estaba liándola, tirando y golpeando cosas, y solo habían pasado dos días desde que lo expulsaron.

—¿Por qué razón? —preguntó Bryant.

—Por pelearse —respondió Shirley—. Pero solo se estaba defendiendo.

El señor Stevens negó con la cabeza en un gesto de desesperación.

—Ella va a intentar hacerles creer que es un angelito. No lo es. Y la razón por la que Shirley no fue a comprar es porque no nos lo podemos permitir. Ahí lo tienen, ahora ya lo saben —afirmó, volviendo a centrar su atención en la pantalla.

—Entonces, ¿salió de la casa sin más? —preguntó Kim a la señora Stevens, pues no tenía ni idea de quién estaba diciendo la verdad. Aunque tampoco tenía claro hasta qué punto importaba eso. Lewis tenía doce años y había desaparecido.

—Sí, le di un billete de cinco libras y le dije que fuera al centro —respondió.

Kim se sintió mal por juzgar interiormente esa acción. Tenían dinero suficiente para comprar tabaco y quitarse al chico de en medio, pero no para comprar comida.

Apartó ese pensamiento de su cabeza. Seguían teniendo un hijo desaparecido, independientemente de las decisiones financieras que tomaran.

—¿Sabía que iría a ese lugar?

Ella asintió con convicción.

—¿Ha visto ese sitio?

Kim negó con la cabeza.

—Ya entenderá lo que quiero decir.

—¿Había mencionado el crío algo extraño que hubiera sucedido poco antes, como por ejemplo que alguien se le hubiera acercado o lo hubiera seguido?

La señora Stevens negó con la cabeza.

—¿Alguna pelea con amigos?

—El niño se pelea con todo el mundo —respondió el señor Stevens sin apartar la vista de la televisión.

Shirley Stevens asintió, mostrando que compartía la opinión de su marido.

—De acuerdo. ¿Se les ocurre alguna cosa más que pudiera sernos de ayuda? —preguntó Kim, que comenzó a sentir que allí no iban a conseguir mucha más información en cuanto los otros tres niños entraron brincando en el salón.

La señora Stevens negó con la cabeza mientras el más pequeño de los tres se subía a su regazo.

—Los dejamos tranquilos, no hace falta que nos acompañen —dijo Kim antes de dirigirse a la puerta.

La inspectora se tomó su tiempo. Algo en la conversación le había dejado una sensación rara.

El señor Stevens parecía convencido de que Lewis les estaba tomando el pelo a todos y que volvería a casa sano y salvo.

Shirley Stevens no parecía totalmente convencida de ello, pero la seguridad de su marido le daba algo a lo que aferrarse.

Ninguno de los dos parecía preocupado por el hecho de que el chico llevara ya diez días desaparecido.

Además, daba la impresión de que Bobby Stevens no quería demasiado a su hijastro.

¿Era Lewis realmente un crío insoportable o su opinión estaba sesgada porque ese chico no era hijo suyo?

El mayor, Kevin, tampoco lo era, pero Kim no había percibido el mismo nivel de hostilidad entre el señor Stevens y él.

Al llegar al coche, a la inspectora se le ocurrió otra cosa.

Miró a su alrededor con atención.

—¿Dónde está todo, Bryant?

—¿Todo el qué, jefa?

—La familia, los amigos, los vecinos, los carteles, las páginas de Facebook, las campañas de recaudación de fondos de GoFundMe.

Todo. ¿Dónde está el punto central de la comunidad para reportar avistamientos y coordinar búsquedas?

Siempre hay alguien dispuesto a tirar del carro.

No hay un solo cartel. Ni una sola señal de que haya desaparecido un niño.

Kim había visto más actividad por la desaparición de un perro.

—No lo sé, jefa. ¿Crees que es importante?

—No lo sé —respondió, alejándose del coche—. Pero creo que será mejor que intentemos averiguarlo.