Infancia robada (Kim Stone 22) Capítulo 8
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Capítulo 8

NOAH

Noah sintió que tenía el estómago revuelto incluso antes de abrir los ojos. Lo segundo que sintió fue pánico. Enseguida supo que algo iba mal, pero estaba desorientado y tenía la cabeza hecha un lío.

Abrió los ojos y sintió que el miedo le retorcía del estómago.

La habitación tenía el tamaño del cuartito de su casa, el que su madre utilizaba para sus manualidades.

Pero allí no había escritorio, máquina de coser ni cestas con ovillos de lana.

Aquel era oscuro, y tenía una ventana sucia por la que entraba un rayo tenue luz que le iluminaba los dedos de los pies.

Reinaba un olor que le recordaba al de un paso subterráneo de la ciudad.

Había un cubo en una esquina y, junto a él, un paquete de galletas y una botella de agua. Noah trató de rebuscar en su memoria, intentando recordar cómo había llegado hasta allí.

Recordó que estaba en la calle, con sus padres.

Era su cumpleaños. Fueron a los recreativos.

Tenía dinero para gastar. Sus padres cruzaron la calle para buscar una mesa.

Él los siguió unos minutos más tarde. Frunció el ceño.

El recuerdo se le escapaba cada vez más.

Recordaba haber salido de South Pier y haber mirado al otro lado de la calle para ver si los veía.

También se acordaba de que había cruzado la vía del tranvía para llegar hasta la acera.

Le dio un vuelco el corazón al recordar que alguien lo agarró por detrás.

Se quedó paralizado por la sorpresa, tanto que no fue capaz de defenderse.

No sabía lo que estaba pasando. Luego, escuchó abrirse una puerta que casi le golpeó en la cara.

Oyó el sonido de sus zapatos contra el metal cuando lo empujaron hacia la oscuridad.

Alguien lo agarró y le tapó la boca. Intentó gritar, pero le metieron agua en la boca.

No tuvo más remedio que tragársela. La furgoneta empezó a moverse.

Lo obligaron a beber otra vez y luego lo sujetaron para que no pudiera forcejear.

Después de todo aquello, solo recordaba vagamente que lo llevaron en brazos y le dieron de beber algo más. ¿Fue entonces cuando llegó al lugar en el que se encontraba ahora?

El recuerdo le hizo darse cuenta de que necesitaba orinar, pero no había ningún retrete. La necesidad pasó, en cuestión de segundos, de no existir a ser urgente. Sentía que estaba a punto de estallar.

Se obligó a ponerse de pie, pero sintió todo su cuerpo muy débil.

Se apoyó contra la pared que tenía detrás, tambaleándose por el aturdimiento.

Tragó saliva varias veces y luego se esforzó para dirigirse hacia una esquina de la habitación, donde se bajó la cremallera de los pantalones y orinó en el cubo.

Su madre se enfadaría mucho si lo estuviera viendo en ese momento, porque una vez había visto a un niño orinando detrás de un árbol en el parque y no le había gustado nada.

Noah decidió que nunca le contaría lo que acababa de hacer.

De repente, el esfuerzo de mantenerse en pie lo sobrepasó. Se subió la cremallera de los pantalones y volvió tambaleándose hacia la otra esquina. Su cuerpo suspiró aliviado cuando se dejó caer sobre el suelo frío y duro.

La confusión que sentía comenzaba a disiparse, permitiendo que se comenzaran a manifestar varias preguntas. Cada una de ellas le iba provocando una sensación de miedo más intensa que la anterior.

¿Por qué lo habían secuestrado?

¿Qué iban a hacer con él?

¿Volvería a ver a su familia?

Contuvo un sollozo cuando se dio cuenta de que solo había dos posibles respuestas a esa última pregunta, y luego apartó esa idea de su cabeza. Lo encontrarían. Seguro que estarían buscándolo, y su padre aplastaría a cualquiera que se interpusiera en su camino.

Se repitió a sí mismo aquella idea una y otra vez hasta que oyó girar una llave en la cerradura.

Su valentía se esfumó y sintió la necesidad repentina de volver a orinar.

Un hombre que llevaba puesta una máscara entró en la habitación. Cerró la puerta tras de sí y se alzó imponente sobre Noah.

Él se acurrucó en una esquina mientras el hombre hablaba.

—Muy bien, joven Noah, vamos a analizarte con detenimiento.