Capítulo 5
Lo primero que Kim percibió al entrar en la oficina de la inspectora jefa Miranda Walker fue que la mujer parecía cansada.
A Kim no le sorprendió. La labor policial en Blackpool no era precisamente coser y cantar.
En Black Country también tenían sus propios problemas, pero Blackpool era en aquella época una de las zonas más desfavorecidas del Reino Unido.
A pesar de los veinte millones de visitantes que recibía al año, era principalmente una ciudad estacional con una población muy transitoria.
Al igual que sucedía con las ciudades mineras, había crecido en torno a un sector que estaba en caída libre.
En sus días de gloria, la gente iba allí para pasar una semana de vacaciones.
El hecho de que cada vez fuera más fácil viajar al extranjero de forma bastante barata había tenido un gran impacto en el lugar, que había pasado a ser destino de despedidas de soltero y soltera y de gente que simplemente iba a echar el día.
Además de los problemas a los que se enfrentaba Kim en la ciudad en la que trabajaba, ese equipo tenía el quebradero de cabeza añadido de los miles de turistas que llegaban en tromba cada fin de semana.
—Siéntese, inspectora —dijo Walker, señalando uno de los butacones.
La inspectora jefa dejó su lugar detrás del escritorio y se sentó más cerca de ella.
Kim calculó que rondaría los cincuenta y cinco años; tenía el pelo corto, salpicado de canas y cortado de forma elegante.
Aunque se la veía un tanto fatigada, el rostro de la mujer estaba algo bronceado y era atractivo.
Llevaba puestos unos pequeños pendientes de zafiro que combinaban con el color de su traje de chaqueta.
—Gracias por venir. El inspector jefe Woodward es un viejo amigo.
—De la etapa de formación, según me contó —dijo Kim.
La inspectora jefa asintió.
—Tengo plena confianza en él y espero poder extenderla a usted.
—Por supuesto —respondió Kim. Para ella, el respeto no era algo que pudiera ganarse de forma automática, pero aquella mujer tenía terreno ganado para que ella la respetara.
Representaba una historia de triunfo en el norte, según los informes que había leído durante el viaje hacia allí.
Hija de una madre drogadicta, tanto ella como su hermana menor eran drogodependientes cuando llegaron a la ciudad.
A pesar de intentar mantener unida a la familia, los Servicios Sociales se llevaron a ambas niñas de casa cuando Miranda tenía ocho años y su hermana cinco.
A partir de entonces, las dos pasaron por una serie de hogares de acogida, hasta que Miranda alcanzó la mayoría de edad y tomó el control de su propia vida.
Kim sospechaba que la infancia de aquella mujer no había diferido demasiado de la suya.
Siempre había sentido que, de alguna manera, había logrado evitar convertirse en la persona que por lógica debía ser, que el destino la había empujado a convertirse en una persona agresiva, detestable y consumida por las drogas que moriría de una sobredosis.
El destino había decretado algo así, pero ella lo había conseguido esquivar, y Kim sentía que Miranda también lo había hecho.
Por los comienzos que ambas habían tenido en sus respectivas infancias, las dos mujeres podrían haber vivido vidas muy diferentes a las que en realidad habían vivido.
—Menudo trabajo tuvieron en el último caso, ¿eh? —le comentó Miranda.
Kim se preguntó si habría alguien en todo el país que no supiera de la persecución inútil a la que se había visto abocada su equipo.
Walker levantó una mano.
—No espero una respuesta. Era una situación imposible. No tenían más remedio que seguir sus instrucciones.
Kim asintió.
Una sonrisa se dibujó en los labios de la mujer.
—Aunque lo que más me gustó, con diferencia, fue su rueda de prensa. Me imagino que muy poco de lo que dijo procedía de la declaración oficial de la oficina de prensa.
—Me gusta improvisar.
—Bien. Puede que aquí necesite ser flexible.
—¿Alguien del equipo sabe la otra razón por la que hemos venido? —preguntó Kim.
La inspectora jefa negó con la cabeza.
—Y así debe seguir siendo. Tengo que saber de dónde procedieron las llamadas.
—Y también si tienen fundamento o no, ¿verdad? —preguntó Kim.
—Por supuesto, pero la prioridad es la fuente. Si se trata de uno o varios miembros de ese equipo, no puedo poner en riesgo su seguridad. Sé que sabe a lo que me refiero.
Kim lo comprendía perfectamente. No resultaba descabellado que alguien a quien se hubiera descubierto como soplón sufriera un accidente inoportuno mientras atendía una llamada rutinaria.
—¿Y la investigación? —preguntó Kim, que aún no sabía dónde encajaba su equipo en ella.
—Ya le han explicado que estamos al límite en cuanto a personal.
Todos los miembros del Departamento de Investigación Criminal están trabajando a destajo.
Por desgracia, no podemos permitirnos ignorar el resto de los incidentes graves porque tengamos a dos chicos desaparecidos. Sobre todo esta semana.
Kim esperó en silencio.
—Quiero que Red y su equipo se centren en Noah, el chico que desapareció anoche. Ellos ya tienen toda la información sobre el caso del primer chico, Lewis, y podrán determinar más rápidamente si ambos incidentes están relacionados.
—¿Cuál es su sospecha al respecto?
La inspectora jefa abrió las manos.
—Mi esperanza de que no lo estén se va desvaneciendo cada minuto que pasa, pero todavía hay posibilidades de que Noah aparezca en algún lugar sano y salvo.
Kim observó que Miranda no tenía la misma esperanza con respecto a Lewis, que llevaba ya diez días desaparecido.
—Si se diera ese caso, ¿no sería lógico que recogiéramos nuestras cosas y la dejáramos a usted gestionarlo todo? —preguntó Kim.
—Bueno, si llegáramos a ese punto, yo tendría que ser creativa para encontrar una razón para que ustedes se quedaran y siguieran investigando las denuncias. Aunque, sin ánimo de ofender, preferiría que Noah apareciera y mandarlos a casa.
—No hay ofensa alguna en ello.
—Lo que necesito de su equipo es que repasen cada detalle de la desaparición de Lewis.
Eso es lo que estaría haciendo mi equipo ahora si no hubiera desaparecido también Noah.
Ustedes lo verán todo con ojos nuevos. Quizá hay algo que hemos pasado por alto o que debemos investigar más a fondo. Quiero encontrar a esos chicos.
—Por supuesto. Haremos todo lo posible para que así sea.
La inspectora jefa sonrió.
—Estoy segura de que está deseando empezar ya. Si necesita algo, dígamelo en cualquier momento. Y, si tiene algún problema con algún miembro de mi equipo, no dude en…
—Me encargaré de gestionarlo yo misma, señora, pero gracias por el apoyo —dijo Kim, dirigiéndose hacia la puerta del despacho.
Era un detalle por parte de la inspectora jefa ofrecerle su ayuda, pero Kim nunca había necesitado a nadie que luchara sus propias batallas.