Capítulo 3
Tal y como habían acordado, Bryant paró en la autopista en la estación de servicio de Charnock Richard para reunirse con los demás.
Kim quería tener una sesión informativa con todo el equipo antes de llegar a la comisaría de Blackpool, para proporcionarles así a sus compañeros más información sobre las tareas que debían acometer.
Como Bryant había llegado antes de tiempo, a Kim le sorprendió ver que el coche de Penn ya estaba allí. Una vez dentro de la cafetería, Penn les hizo un gesto para que se sentaran en una mesa que quedaba junto a una ventana mientras Stacey colocaba cuatro cafés sobre la mesa.
Kim esperó a que la ayudante de detective dejara la bandeja y se sentara con los demás antes de empezar.
—Bueno, ya os conté lo esencial en la comisaría. Tenemos dos niños desaparecidos. Uno, el fin de semana pasado y otro, anoche. Nos han pedido, de manera extraoficial, que colaboremos en los casos, ya que andan escasos de recursos.
—¿No hay ningún otro equipo más cercano? —preguntó Penn.
—Al parecer, están un poco ocupados tratando de gestionar la semana más intensa del año.
—Pero, aun así, hay varios cuerpos locales de policía entre su zona y la nuestra —insistió el sargento.
Y ahora venía la parte que no les había contado, y la razón fundamental por la que la inspectora había querido tener con ellos esa reunión.
—La inspectora jefa es una vieja amiga de Woody. Ha habido rumores de malas conductas.
—¿De qué tipo? —preguntó Stacey—. ¿Corrupción, brutalidad, racismo?
Kim se encogió de hombros.
—No hay detalles concretos, pero posiblemente violencia y corrupción.
—Entonces, ¿también tenemos que buscar policías corruptos? —preguntó Stacey con el ceño fruncido, un gesto que Kim comprendía perfectamente.
Aunque el equipo de Blackpool no sabía todas las razones por las que el equipo de Kim iba estar trabajando con ellos, meter las narices en los asuntos de otros cuerpos nunca les iba a granjear simpatías. Y no era plato de buen gusto tener que supervisar la conducta de los tuyos.
—Vamos a buscar cualquier indicio de que las denuncias anónimas tengan algo de fundamento.
—¿Hay más de una denuncia? —preguntó Bryant.
Kim asintió y dio un sorbo a su café antes de responder.
—Se desconoce si las llamadas fueron externas o si provinieron del mismo cuerpo.
—Vaya, qué chungo —dijo Stacey, torciendo el gesto.
—Pues sí. Es un asunto delicado, por eso la inspectora jefa no puede empezar a hacer preguntas a lo loco y ha pedido ayuda a un cuerpo policial que trabaja a bastante distancia de ellos.
—Entonces, ¿acudiremos directamente a la inspectora jefa ante cualquier sospecha que tengamos? —preguntó Bryant.
—Sí, y dejaremos que sea ella quien se encargue de resolverlo.
—¿Y qué hay de la OICP? —preguntó Penn.
La Oficina Independiente para la Conducta Policial era un organismo independiente de la policía que investigaba las quejas más graves y los asuntos más delicados relacionados con alguna mala conducta.
Los diferentes cuerpos policiales estaban obligados a remitirles los casos más graves, incluso cuando no había ningún denunciante.
Normalmente, esos casos tenían que ver con incidentes en los que cualquier acción policial había provocado que algún ciudadano resultara gravemente herido o que incluso hubiera muerto bajo custodia.
La policía también podía optar por remitir los casos por decisión propia, y en el último año más de siete mil casos habían terminado en las oficinas de la OICP.
—Aún no tenemos un caso sólido. La inspectora jefa solo tiene algunos soplos anónimos. Necesita algo más antes de poder trasladarlo —respondió Kim.
—¿Woody no te ha dado ninguna pista sobre lo que podríamos estar buscando? —preguntó Stacey—. Hay una diferencia enorme entre la primera y la tercera.
La ayudante de detective se estaba refiriendo a las tres categorías de denuncias que existían: denuncias que un ciudadano presentaba contra la policía; asuntos de mala conducta planteados internamente; y, por último, aquellos casos en los que las acciones de la policía tenían relación, en apariencia, con una muerte, lesiones graves, agresiones, delitos sexuales o corrupción.
—El año pasado se presentaron más de cincuenta mil denuncias públicas contra la policía —señaló Penn.
—Teniendo en cuenta que hay ciento setenta y un mil agentes de policía en el Reino Unido, no es una cifra demasiado elevada —observó Bryant, mientras añadía un sobrecito de azúcar a su café.
Kim apartó del alcance del sargento el recipiente que contenía los demás sobrecitos.
—Es decir, que casi una tercera parte de todos los policías del país recibieron alguna queja en su contra, ¿es así? —preguntó Stacey, con los ojos muy abiertos.
—O puede que algunos agentes tuvieran dos —dijo Bryant.
—Más de cien policías fueron declarados culpables de delitos penales el año pasado —añadió Penn.
—Vale, bueno, chicos, ya basta —dijo Kim, levantando la mano.
Por desgracia, la mala conducta policial era un tema candente en aquel momento.
Los ciudadanos nunca olvidarían que el agente de policía Wayne Couzens había secuestrado y asesinado a Sarah Everard.
Tampoco era probable que olvidaran el informe demoledor que afirmaba que la Policía Metropolitana de Londres era «racista, sexista y homófoba a nivel institucional».
Ya fuera asunto exclusivo del cuerpo de policía londinense o no, la mayoría de la gente metía a todos los cuerpos policiales en el mismo saco y, por mucho que a Kim le doliera admitirlo, en su oficio no faltaban manzanas podridas.
Pero ¿trabajaría alguna de esas manzanas podridas en la comisaría de Blackpool? La inspectora se preguntaba cuál sería la mejor manera de averiguarlo.
—Necesitamos una estrategia —dijo Kim, terminándose ya su café—. Vamos a tener que mostrarnos accesibles y nada amenazantes. Tendremos más posibilidades de ver algo extraño si dramatizamos situaciones, si fingimos unos roles. —Acto seguido, se giró hacia Bryant—. A ti te caigo regular.
—Vaya, y yo que pensaba que lo había sabido disimular bien —bromeó el sargento.
—Estás un poco desilusionado, loco por jubilarte y no te gusta demasiado recibir órdenes de una mujer. Si hay algún neandertal en el equipo, seguro que se te acerca.
—Básicamente, seré un estereotipo.
—Sí.
—De acuerdo.
Kim se giró a continuación hacia la ayudante de detective.
—Stace, quiero que te muestres ingenua y un poco abrumada. Quiero que tu inocencia y vulnerabilidad inspiren confianza. La gente asumirá que tienes demasiado miedo como para suponer un peligro.
—Entendido, jefa —dijo con una sonrisa.
—Penn, tú vas a tenerlo más difícil, porque…
—Vaya, gracias, jefa —la interrumpió Bryant.
Kim lo ignoró.
—Necesito que tengas un punto de crueldad y dureza y que seas bastante ambicioso. Haz que la gente piense que harías cualquier cosa por ascender. Soy consciente de que te estoy pidiendo que actúes de forma totalmente contraria a tu carácter.
Penn sonreía como si fuera a disfrutar del desafío. Un antiguo miembro de su equipo podría haber representado aquel papel sin mucho esfuerzo. Por desgracia, Kevin Dawson ya no estaba con ellos, pero Kim seguía pensando en él a menudo.
—Bueno, ya tenemos clara la nueva dinámica del equipo. Ahora hace falta que…
Bryant resopló y adoptó una expresión de fastidio en su rostro.
—¿Perdón? —espetó Kim.
—Solo estoy practicando, jefa —dijo con una sonrisa burlona.
Penn y Stacey intentaron ocultar la gracia que les había hecho aquel comentario, pero no lo consiguieron.
—Venga, vamos a hablar del caso —dijo Kim, moviendo la cabeza de lado a lado en un gesto de resignación.
—La segunda desaparición ya ha salido en las noticias —dijo Stacey—. Y la prensa ya les está metiendo presión.
—Por suerte, eso no es problema nuestro —respondió Kim.
Ella ya había recibido bastante atención de la prensa en el último caso y, por supuesto, todavía la estaba recibiendo por parte de un periodista concreto.
La inspectora apartó de su mente todos los pensamientos sobre aquel hombre y sobre el nombre que le había mencionado un rato antes.
—El primer chico es un muchacho de Blackpool llamado Lewis Stevens, de doce años. Fue visto por última vez el viernes 18 en Coral Island —les informó Stacey, leyendo desde su teléfono.
—¿Dónde? —preguntó Kim. Le causó cierta desazón ver que sus tres compañeros se mostraban sorprendidos por su pregunta.
—¿No sabes qué es? —preguntó Penn.
—Vamos a asumir que, si no venden comida para perros ni piezas de motocicleta, es poco probable que lo sepa.
—Son unos recreativos gigantescos que están en el inicio de la Golden Mile.
Kim esperó. Al menos había oído hablar de eso último.
—Pero son mucho más que unos simples recreativos —añadió Stacey—. La última vez que estuve allí, había dos restaurantes, una cafetería, una tienda de patatas fritas, una atracción de tren, juegos para niños, máquinas tragaperras y creo que un casino.
—Es fácil que un niño pueda perderse en ese lugar, jefa. Creo que tiene cuatro o cinco entradas —añadió Bryant.
—¿Estaba con sus padres? —preguntó Kim.
—No se dice nada de sus padres en ninguna de las noticias —respondió Stacey.
—¿Y el niño de ayer? —continuó Kim.
—Noah Reid, de once años, desapareció en South Pier, frente a Pleasure Beach. Aún no tenemos nada más que su descripción y la ropa que llevaba puesta.
—¿También es de Blackpool? —preguntó la inspectora.
Stacey asintió.
—De acuerdo —dijo Kim, echando la silla hacia atrás—. Manos a la obra. Vamos a la comisaría y después iremos a registrarnos en el hotel.
—Solo una pregunta, jefa —dijo Stacey, cogiendo su bolso tipo satchel .
—Sí.
—¿Vamos a ser bien recibidos? ¿Se van a alegrar de que trabajemos con ellos?
Kim reflexionó sobre la pregunta durante unos segundos.
Se puso en el lugar del equipo al que iban a ir a echar una mano y se preguntó cómo se sentiría ella si le impusieran un equipo de policías desconocidos para ayudarla a desarrollar una investigación importante.
Kim estaba bastante segura de que eso provocaría un debate de lo más acalorado en el despacho de Woody, pero no todos los oficiales superiores de investigación reaccionaban igual que ella.
No quería poner a su equipo a la defensiva antes incluso de haber conocido a la nueva brigada.
—No lo sé, Stace, pero supongo que estamos a punto de averiguarlo.