Capítulo Dieciocho
A S AUCE TODAVÍA LE ESCOCÍAN las heridas si hacía movimientos bruscos, pero la pomada que Violet le había aplicado de vuelta en el piso había funcionado de maravilla.
Con el tiempo a lo mejor le volvería a crecer el pelo.
Había pasado gran parte del día sumida en un sueño inquieto; los recuerdos y el dolor la despertaban.
Ahora que se acercaba la noche, volvían a estar todos en el coche: Sauce en el regazo de Violet y, frente a ellas, el señor y la señora Rousseau.
No le habían dicho a Violet a dónde iban, pero parecían más relajados que antes, por lo que la gata dudaba que fueran a someterlas a otro ritual para atarse.
De hecho, los padres de Violet ni siquiera habían mencionado el desastre de la otra casa.
Habían pasado la mañana haciendo recados y luego se habían llevado a Violet a comer; la conversación, según le contó la chica, había girado sobre unas vacaciones que querían hacer.
Pese a que Rasca, la rata de la señora Rousseau, había muerto menos de doce horas antes, y que Pica a duras penas había sobrevivido, estaban de muy buen humor.
A Sauce aquello la desconcertaba. Pica se había quedado inconsciente antes de explicar qué quería decir con lo de sus sueños, pero la gata recordaba que Zuzón le había hablado sobre el parabrisas y que Pica la había arañado mientras dormía.
Violet había reconocido que ni siquiera ella entendía del todo los poderes de Pica, pero creía que tenían algo que ver con leer la mente.
¿De verdad la rata había averiguado cómo entrar en la guarida secreta de los Indomables a través de los sueños de Sauce?
¿O solo la estaba atormentado de una forma muy siniestra?
El coche se detuvo junto a la acera en un barrio destartalado y la señora Rousseau sonrió.
—¡Hemos vuelto!
Violet miró por la ventanilla y puso mala cara.
—Esta vez no quiero entrar.
—¡Tonterías! —dijo su madre con alegría—. El señor Saxton nos ha dicho que tiene productos nuevos.
—Ya he tomado mi decisión —replicó Violet y acercó más a Sauce hacia ella.
—No seas tan emocional. Al menos echa un vistazo a otras opciones. Y, además —añadió su madre con más entusiasmo—, puedes ayudarme a elegir un sustituto para Rasca.
—No quiero.
Su padre se inclinó y la fulminó con la mirada.
—Si piensas, aunque sea por un segundo, que te vamos a dejar aquí fuera con esa gata callejera, eres más tonta de lo que pensaba. Ella no te habrá hecho daño, pero te podrían haber herido por su culpa. Vas a entrar con nosotros. Fin de la historia.
—Saxton me parece cruel. Dicen que caza animales afines y los encierra en contra de su voluntad.
—Es un hombre de negocios —replicó su madre y le dio unas palmaditas en la rodilla—. Y la mitad de las veces los animales no saben lo que quieren. Están más seguros y mejor cuidados como familiares queridos que en la calle. Mira cuánto ha mejorado esa gata tuya después de encontrarla.
—Algunos quieren ser libres.
—¿Como los Indomables? —dijo su padre con una sonrisa—. Creo que han aprendido el precio de esa libertad.
Sauce miró a Violet, que fruncía el ceño.
—¿Qué ha pasado? ¿Habéis hecho algo? —preguntó su hija.
Pero su padre ya estaba bajando del coche, seguido de la señora Rousseau, que aguardó junto a la puerta abierta.
—Venga, sal. Y no seas maleducada con el señor Saxton.
Sauce pensaba en su hermana mientras entraban en un vestíbulo bien iluminado, con un enorme espejo en una pared.
Si Luna estaba con los Indomables, a lo mejor corría peligro.
Quería preguntarles a los Rousseau qué había pasado, pero parecían estar disfrutando de sus insinuaciones y no creía que le fueran a dar una respuesta clara.
De momento, aún no entendía por qué consentían su presencia.
Al fin y al cabo, el día anterior habían sido bastante claros sobre sus planes si Violet se negaba a aceptar las ataduras.
Sauce esperaba que la echaran en cualquier momento a las calles gélidas de la ciudad.
Dejó de lado sus preocupaciones durante un momento cuando un hombre con coleta salió a recibirlos. Abrió los brazos de par en par y Sauce se fijó en sus gruesos dedos, adornados con varios anillos de oro voluminosos.
—¡Ah, mis clientes favoritos!
—Eso se lo dices a todo el mundo —replicó Rousseau.
—Les acompaño en el sentimiento —añadió Jay Saxton con una ligera inclinación de la cabeza—. He oído lo que le ha pasado a nuestro querido Pasta.
—Rasca —lo corrigió la señora Rousseau con cierta frialdad.
—Eso, eso. Pero ahora veo que están en el mercado para buscar un nuevo familiar. ¿Quizás algo con un poco más de sustancia esta vez? Tengo una camada preciosa de linces rojos.
—Lo queremos pequeño —dijo la madre de Violet—. Me gusta que sea discreto.
—Bueno, seguro que tengo algo apropiado. ¿Un murciélago, tal vez? O un reptil, si prefieren algo de sangre fría.
—Veamos lo que tienes —dijo el señor Rousseau—. Necesitamos algo compatible con Pica. Tiene un sentido del humor bastante extraño.
—Las ratas suelen ser así —contestó el señor Saxton—. ¿Se han planteado alguna vez un lagarto como mi Limón? —Del bolsillo en el pecho asomó una cabecita de color amarillo, pero desapareció de nuevo enseguida—. Acompáñenme, por favor.
La señora Rousseau le indicó a Violet que los siguiera.
—Ven, cariño.
Violet se cruzó de brazos y no se movió.
—Ya os he dicho que no quiero ninguno de sus animales.
Su padre frunció el ceño.
—Harás lo que diga tu madre, Violet.
Pero Saxton agitó una mano.
—No hace falta presionar a la jovencita. En otro momento quizás, cuando esté de mejor humor. No queremos que tome una decisión precipitada, ¿verdad?
El señor Rousseau respiró hondo.
—Muy bien. Puede esperar aquí, pero cierra la puerta. En su estado actual, no quiero que se vaya por ahí.
Saxton sacó un llavero del cinturón y se acercó a la puerta principal del edificio. Mientras lo hacía, Sauce sintió que su mirada se detenía en ella durante demasiado tiempo.
—Veo que la gata ha estado en la guerra —comentó.
—Es propensa a los accidentes —dijo la señora Rousseau—, pero tenemos la esperanza de que se cure bien.
Saxton siguió examinándola mientras cerraba la puerta por dentro, y Sauce le dedicó una mirada fulminante.
En cuanto los adultos se marcharon por la otra puerta, Violet murmuró:
—Te dije que daba mal rollo.
—¿Qué crees que ha querido decir tu padre con eso de que los Indomables han aprendido el precio de la libertad? —preguntó la gata.
—No lo sé. Llevan raros todo el día. No han dicho ni una palabra sobre castigos ni consecuencias por lo de anoche. Me da la sensación de que están tramando algo.
—Pues voy a descubrirlo —dijo Sauce.
Se hizo invisible rápidamente.
—¡Ve con cuidado! —susurró la chica y le acarició el lomo, preocupada—. No corras ningún riesgo.
Sauce la dejó allí y cruzó la misma puerta que los padres de Violet.
Al otro lado se encontró una sala impoluta con decenas de jaulas llenas de animales de todo tipo.
Vio perros, gatos, una serpiente e incluso un par de pájaros coloridos.
Había una pecera donde una criatura extraña con tentáculos se movía por el agua.
Un pequeño animal peludo, con una cola a rayas negras y blancas y unos enormes ojos verdes, la miraba con tristeza desde su jaula.
Los Rousseau no parecían interesados en ninguno de ellos. Los tres adultos estaban en el otro extremo y hablaban en voz baja. Sauce se acercó justo cuando intervenía Saxton.
—Por lo que he visto, señor Rousseau, no me han mentido. Poderosa, muy poderosa. Sí, deja mucho que desear en cuanto al aspecto físico, con esas quemaduras y demás, pero eso es solo estético y no molestará lo más mínimo a mis clientes más exigentes.
«¡Están hablando de mí!».
—Y tenía también toda la razón: es demasiado ambiciosa para su Violet —prosiguió el vendedor—.
La chica necesita algo más manejable, algo más…
prescindible, diría yo, para empezar. Si llegamos a un acuerdo sobre la gata, les puedo ofrecer cualquier conejo que elija.
La experiencia me dice que a las chicas jóvenes les encantan los conejos.
—Lo que sea —dijo la señora Rousseau—. Solo queremos que empiece a desarrollar sus poderes. Otros niños de su edad ya están bastante avanzados, pero, claro, ellos recibieron sus primeros familiares con nueve o diez años.
Llena de rabia y de miedo, Sauce empezó a salir de la habitación.
—O incluso más jóvenes, según he visto —contestó Saxton—. De hecho, el mes pasado le di un águila calva a un niño de cinco años. ¡Eran casi del mismo tamaño!
Sauce volvió corriendo rápidamente junto a Violet y deshizo su hechizo.
—Te van a atar a un nuevo familiar y planean venderme a Saxton.
—¡No se atreverán! —contestó la chica, agarrando a Sauce y apretándola contra su pecho—. No se lo permitiré.
—Creo que es demasiado tarde —dijo Sauce.
La desesperanza la inundó al pensar en perder a su mejor amiga y en acabar encerrada en una jaula…
Y justo en ese momento supo que Violet estaba sintiendo exactamente ese mismo pánico y terror y que la chica humana haría lo que fuera para protegerla, del mismo modo que Sauce la había protegido de la bola de fuego de Luna la noche anterior.
El ánima las rodeó, cálida como una manta, y fue estrechándose poco a poco hasta apretarlas y casi fusionar sus cuerpos. Violet la abrazaba y Sauce podía sentir el corazón de la chica, que latía con rapidez. ¿O era el suyo?
O… quizás… ¿eran los dos?
—¿Sientes eso? —susurró Violet.
Sauce tuvo miedo, pero solo durante un instante, porque enseguida sintió una oleada de consuelo como nunca antes había experimentado.
O quizás eso no fuera del todo cierto, porque sí que le recordaba a algo del pasado; no exactamente un recuerdo, ni tampoco nostalgia, sino una especie de bienestar profundo, como el que había sentido con su madre cuando no tenía ninguna preocupación en el mundo y tan solo quedaba la felicidad del presente y la promesa del futuro.
Aquella sensación la envolvió por completo y supo que también rodeaba a Violet.
—¿Nos hemos…? —jadeó.
—Creo que sí.
No hizo falta que dijeran la palabra, porque sabían perfectamente lo que había pasado. Violet lo había comentado, ¿verdad? Podía ocurrir de muchas formas distintas.
«Tanto ritual de sangre, círculo de cera y un hombre con túnica negra…».
La puerta se abrió y por ella entraron Saxton y a los Rousseau. Un escalofrío de pánico recorrió la piel de Sauce.
—¿Dónde están? —preguntó el padre de Violet, con los ojos abiertos de par en par.
—¡Dijiste que habías cerrado la puerta! —exclamó su mujer.
—¡Y lo hice! —dijo Saxton—. Ustedes lo vieron con sus propios ojos.
Sauce tardó un momento en comprender lo que estaba sucediendo.
Sin saber cómo, las dos eran invisibles.
No solo se ocultaban en las sombras gracias a la magia, como había hecho con Zuzón o con Violet cuando se dedicaban a recorrer el edificio por la noche.
La magia había actuado sin necesidad de pensar en ello, y las había ocultado del peligro incluso a plena luz del día. Violet sonreía con incredulidad.
Saxton abrió el cerrojo y la puerta de la calle. El señor y la señora Rousseau salieron corriendo y miraron a un lado y a otro.
—No entiendo nada —dijo Saxton—. A menos que su hija pueda atravesar objetos sólidos, es imposible.
Violet llevó a Sauce en brazos y salió tras ellos. Echó a andar por la acera a gran velocidad, dejando atrás el coche para poner más y más distancia entre sus padres y ella.
—¿A dónde vamos? —ronroneó Sauce.
—No tengo ni idea. Pero poco importa, ¿verdad? Lo importante es que estamos juntas.
En un pequeño parque, Violet se dejó caer en un viejo banco de metal. Sauce, sentada a su lado, deshizo el hechizo de invisibilidad.
—¡Eso ha sido espectacular! —exclamó Violet—. ¿Cómo lo has hecho?
—Creo que no he sido yo, sino las dos.
Por encima de ellas centelleaban las primeras estrellas de una noche despejada. Deberían haber sentido frío, pero la calidez del ánima todavía llenaba a Sauce y la envolvía como una manta.
Aparte de ellas dos, las únicas criaturas presentes eran unas palomas mundanas que arrullaban en los árboles. Sauce no pudo evitar recordar el día en que su hermana y ella las habían cazado, en aquella época en la que una paloma parecía el mejor de los manjares.
A pesar de la euforia por haber escapado y de la emoción por atarse a Violet, Sauce sintió una extraña punzada de tristeza. En el pasado, Luna y ella habían luchado contra viento y marea. «Juntas —se prometieron—. Siempre».
Y ahora ni siquiera sabía si su hermana seguía con vida. Siempre había pensado que Luna nunca se apartaría de su lado, pero había sido ella quien más daño le había hecho, y no solo por las quemaduras. También a un nivel mucho más profundo.
Se acurrucó contra Violet. Su amiga. Su bruja. La humana a la que estaba atada.
Nunca volverían a ser Sauce y Luna.
«Ahora solo estamos nosotras dos. Sauce y Violet».