Indomables (El despertar de la magia 1) Epílogo
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Epílogo

E L AGUA ESTABA MÁS CLARA QUE NUNCA , y Entereza observó las baldosas de color azul pálido en el fondo de la piscina. No sabía qué la había atraído a ese lugar. Se arrastró por el trampolín hasta llegar al extremo.

En aquel recinto enorme había sentido el eco de las carcajadas de los niños y el chapoteo de sus juegos, pero de noche aquel sitio era silencioso y tranquilo.

Ojalá su corazón pudiera encontrar la misma paz.

Tenía la esperanza de que el asunto con las hermanas gatas se hubiera solucionado aquella noche bajo el puente, pero ahora sospechaba que no había hecho más que comenzar.

Ese mismo día, el Cónclave había recibido la noticia de que los Indomables habían sido derrotados y que su líder había sido brutalmente asesinado.

¿Acaso ella o los otros sapos podrían haberlo prevenido? No lo sabía.

A pesar de los productos químicos que le quemaban la nariz, el ánima fluía con fuerza alrededor de la piscina.

A lo mejor aquel lugar había sido sagrado para los espíritus animales en el pasado, antes de que los humanos construyeran un colegio.

Entereza había aprendido a no cuestionar esas cosas, sino a aceptar los regalos del ánima.

Cerró los ojos e inspiró con fuerza antes de acercar el peso de su cuerpo al borde del trampolín.

Durante un instante, quedó suspendida en el aire, amparada por el ánima, pero dejó que la gravedad la reclamara y se precipitó en el vacío.

Entró en el agua de cabeza con un chapoteo y se hundió en las profundidades con las piernas estiradas y completamente relajadas, hasta que quedó flotando en un oscuro equilibrio.

Y entonces llegaron las visiones.

Dos enormes siluetas humanas, tan altas que tuvo que ladear el cuello para mirarlas, y ni así pudo verles el rostro.

A sus pies yacían cadáveres de animales esparcidos y por un momento Entereza temió que la fueran a aplastar también cuando un pie colosal bloqueó la luz y descendió hacia ella.

Cerró los ojos con fuerza, a la espera de que ese terrible peso la hiciera polvo.

Pero el peso nunca llegó y, cuando se atrevió a mirar de nuevo, vio que estaba en una colina cubierta de hierba, al atardecer, completamente sola.

Un río de ánima borboteaba a su lado; siguió con la mirada su curso serpenteante, hasta donde crecía un sauce, sano y robusto, con ramas fuertes.

Por encima de él flotaba una gigantesca luna amarilla, grande y luminosa, y entre los dos se abría un cielo infinito de color azul oscuro en el que parpadeaban las estrellas.

Era una escena de un equilibrio perfecto que dejó a Entereza sin aliento.

Pero no duró. Desde el horizonte llegó un viento frío que hizo ondear y temblar la hierba.

Y con él ascendió el disco del sol, un sol negro del que brotaban rayos de una luz enfermiza que convertían la hierba en polvo.

Allí donde los rayos del sol oscuro tocaban el árbol, las ramas se marchitaban y morían.

Entereza observó con desesperación cómo ese sol se elevaba y tapaba la luna hasta eclipsar por completo su resplandor amarillo.

Se dio cuenta de que ya no oía el tintineo del agua.

El río estaba tan seco como un hueso. El ánima había desaparecido.

Salió a la superficie de la piscina y se quedó tumbada bocarriba para recuperarse poco a poco del espanto e intentar deshacerse de las visiones.

Sabía que no sería fácil. El terrible sol negro persistía, como un eco visual, cada vez que la sapa cerraba los ojos de nuevo.

Entereza sabía que esa noche no iba a dormir…