Indomables (El despertar de la magia 1) Capítulo Diecisiete
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Capítulo Diecisiete

G ARRANEGRA PARECIÓ COMPRENDER que Luna no tenía ganas de hablar y fue avanzando en vuelos cortos y silenciosos por encima de la gata; recorrieron de nuevo la ciudad, primero hasta el puente y luego hasta el distrito industrial.

A Luna le dolía todo, de la cabeza a la cola, y ni el ánima fresca procedente del río consiguió reanimar su cuerpo ni su ánimo.

No dejaba de repasar la escena en la casa en ruinas: el miedo al ver a la chica con el cuchillo, el momento en que Sauce saltó para interceptar la bola de fuego. «Podría haberla matado. Estuve a punto de hacerlo».

¿En qué estaba pensando Sauce? ¿Cuánto la habrían manipulado para que arriesgara su vida por una bruja?

«¿Y qué podría haber hecho o dicho de otra manera? ¿Qué podría haberle dicho para convencerla de venir conmigo?».

Tal vez la respuesta fuera «nada». Tal vez debían estar separadas y había llegado el momento de aceptarlo.

Sintió bajo las patas la vibración de un vehículo que se acercaba y saltó a un lado para dejarlo pasar. No había estado prestando mucha atención y, además, por esa parte de la ciudad casi nunca circulaban coches.

—Oh, no… —dijo Garranegra.

Luna alzó la mirada y vio a la corneja posada en un muro de ladrillo, observando el coche. Y entonces ella también lo vio. No era un vehículo cualquiera. De un negro reluciente, parecía deslizarse por la carretera.

«Los Rousseau…».

Pero no venían de la ciudad, sino de la dirección del desguace. Garranegra se adelantó volando y, a pesar del cansancio, Luna salió corriendo tras ella. Llegó al desguace y encontró a la corneja sobre el capó del coche azul, con las alas hundidas. La entrada mágica ya estaba abierta.

—Hemos llegado demasiado tarde —graznó—. No mires, Luna.

Pero tenía que hacerlo y obligó a sus piernas a avanzar, a que la llevaran entre los montones de chatarra hacia el centro de la guarida.

El primer cuerpo que encontró fue el de Bellota, la zorra que habían rescatado unas noches antes de la cárcel de Saxton.

Estaba tumbada de lado, con un ojo inyectado en sangre todavía abierto.

No vio qué la había matado. Luna reconoció también a un par de perros viejos, fieles lugartenientes de Nocturno.

Sus cuerpos yacían uno al lado del otro.

Un mapache llamado Raya parecía un montón triste de pelo, pero al acercarse vio que se hallaba encima de una cría de gato.

A lo mejor Raya había muerto intentando protegerlo. Recordó que el gato se llamaba Lucero.

Luna notó que se le cerraba la garganta por la pena.

Y entonces vio a Nocturno. Estaba tirado sobre el sillín de su motocicleta y jadeaba de forma entrecortada. Luna corrió hacia él y al acercarse vio, por la forma antinatural de su cuerpo, que le habían roto el lomo. La mirada del perro la siguió mientras se aproximaba.

—Luna… Estás viva…

—No hables. Te conseguiremos ayuda. Alguien con magia sanadora…

Nocturno soltó un gruñido.

—La magia no puede curarme, Luna. Estoy acabado.

La gata apoyó las patas en la moto y apretó la cabeza contra la de él.

—Lo siento mucho —dijo Luna—. Me acogiste cuando no tenía ningún lugar al que ir. Me enseñaste y me ayudaste. No quería que esto acabara así.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Nocturno y la lengua se le quedó colgando.

—Luna, cuida de los Indomables. Tu magia es lo bastante poderosa para protegerlos. Y…

Añadió algo más que la gata no entendió. Acercó la oreja a su boca.

—Y… busca venganza —consiguió decir Nocturno antes de que Luna dejara de sentir su aliento en la mejilla.

Se apartó y vio que sus ojos ya estaban sin vida, ciegos.

Poco a poco, de entre los montones de escombros, algunos animales salieron de sus escondites.

Los primeros fueron Copito y Cometa, seguidos por el perro con el pelo dorado y otros rescatados del antro de Saxton.

Garranegra aterrizó en el centro del claro.

Todos se acercaron despacio y formaron un círculo alrededor de su líder muerto y de la motocicleta en la que tantas veces se había sentado, orgulloso, para impregnarse del respeto y la admiración de aquellos animales.

Poco después, los Indomables supervivientes se reunieron en silencio en la orilla del río, donde habían traído los cuerpos de sus camaradas.

Nocturno fue el último que entregaron al agua.

Luna observó su silueta negra flotando con suavidad en la corriente.

Según las historias que le habían contado, había sido un guerrero formidable y en los aquelarres había cientos de criaturas atadas que le debían su libertad.

—Luchó hasta el final —musitó Cometa—, pero los humanos eran demasiado fuertes.

Luna solo había oído fragmentos sobre lo ocurrido en el desguace, pero no quería que los supervivientes lo revivieran.

Al parecer, los Rousseau poseían una magia poderosa y terrible.

Según Garranegra, no habían tocado físicamente a ninguna de sus víctimas, pero el señor Rousseau parecía capaz de parar la respiración de un animal con tan solo apuntarlo con el dedo.

En cuanto a su mujer, sus poderes sonaban más aterradores: de algún modo, había hecho que los miembros del aquelarre se atacaran entre sí, incapaces de resistir el impulso asesino.

«Y mi pobre hermana está atrapada con esos monstruos. ¿Es que no ve lo que son? ¿No le importa?».

Pensar en ello era demasiado horrible. Luna se quedó contemplando el cuerpo flotante de Nocturno, convertido en un punto lejano sobre el agua. Bajó la cabeza y pensó en los Cuentaverdades y sus extraños dioses.

«¿Estará Nocturno con ellos ahora?», se preguntó. Resultaba reconfortante pensar que pudiera existir un lugar para los muertos donde se celebraran sus vidas y hazañas, pero no sabía si creía en ello de verdad. Le costaba imaginar que pudiera haber paz después de una violencia tan terrible.

—Y ahora, ¿qué? —preguntó Garranegra con tristeza—. No podemos regresar al desguace. Los Rousseau podrían volver en cualquier momento.

—Lo siento —dijo Luna—. Es culpa mía que vinieran a por nosotros.

Garranegra negó con la cabeza.

—Todos sabemos que los brujos nos matarían si pudieran. Al liberar a sus prisioneros, les quitamos su poder. Harán lo que sea para detenernos. Es el riesgo al que nos enfrentamos.

—Debemos encontrar un nuevo hogar. Un sitio donde estemos a salvo.

—Entonces, ¿vamos a huir? —musitó Copito—. Más nos valdría llamarnos los Fugitivos en vez de los Indomables.

—Nos reorganizaremos y luego lucharemos —dijo Garranegra—. Eso es lo que Nocturno querría. Tenemos que vengarlo.

—Contra todos los brujos —dijo Cometa—. Debemos quitarles la magia para asegurarnos de que algo así no vuelva a pasar. ¡Ese es el espíritu de los Indomables!

Sus palabras encendidas provocaron unos vítores tibios entre los demás. Pero, aunque Luna sabía que tenía razón, notaba que los supervivientes la miraban.

«Me culpan a mí, por mucho que Garranegra diga que no. Y con razón. Nocturno me advirtió de lo que eran capaces los Rousseau y mira cómo ha terminado todo».

—Conozco un lugar donde podemos quedarnos esta noche —anunció Copito.

Lo siguieron apesadumbrados mientras caminaban junto a la orilla del río. Luna supuso que cada uno estaba reviviendo su papel en los eventos trágicos del día o recordando tiempos más felices en el desguace. O quizás solo buscaban a alguien a quien culpar, alguien que no fuera Luna.

Ella pensaba en Sauce.

Apenas unas horas antes había soñado con recuperar a su hermana. Con una reconciliación feliz para enterrar las discusiones del pasado. Ahora aquello le parecía muy ingenuo. Después de toda la tristeza del día, el corazón le pesaba.

A lo mejor sí que había sido una hermana controladora, pero también estaba segura de que ella había sido la que más se había esforzado para arreglar las cosas.

Se había unido a los Indomables para salvar a Sauce.

¿Y qué había estado haciendo Sauce todo ese tiempo?

Viviendo una vida de lujo con una poderosa familia de asesinos sanguinarios.

No cabía duda de que se lo había contado todo sobre los aquelarres que vivían al otro lado del río.

Desde el momento en que Luna había visto el coche de los Rousseau saliendo del desguace, notaba el estómago revuelto.

Había mantenido a raya las náuseas para centrarse en velar a los muertos, pero ahora dejó que esa sensación la llenara como una fruta podrida.

¿Quién, aparte de Sauce, podría haberles contado a los Rousseau cómo acceder a la guarida de los Indomables?

¿Y por qué no iba a hacerlo, si pretendía atarse a su hija?

Luna pensó en su enfrentamiento dentro de aquella casa. «Puedo cuidar de mí misma», palabras de su hermana. ¿Eso era lo que había querido decir, que sacrificaría las vidas de los Indomables para hacer felices a los Rousseau? ¿Para mantenerse a salvo y bien cuidada?

Luna podía perdonarle casi todo a Sauce. Ambas habían cometido muchos errores y se habían dicho cosas terribles.

Pero traicionar al aquelarre y hacerlo voluntariamente para ayudar al enemigo, a sabiendas de que se produciría una matanza… Eso convertía a Sauce en cómplice de los asesinatos.

La convertía en asesina.

Y eso era imperdonable.