Capítulo Dieciséis
S AUCE NO SABÍA CUÁL DE LAS DOS temblaba más, si ella o Violet, en cuyos brazos estaba acurrucada. Era un pequeño consuelo que alguien la abrazara cuando todo lo demás le parecía incierto y terrorífico.
No vio el rostro del hombre que las guio por las escaleras que crujían.
Vestía una túnica negra con capucha que le llegaba hasta los pies.
«¿Vive aquí?», se preguntó. Una cosa estaba clara: era un brujo, porque había podido entenderlo cuando les dijo a los padres de Violet que esperaran fuera.
Por algún motivo, sí que había dejado pasar a las ratas, que los siguieron por las escaleras; sus uñas repiqueteaban sobre la madera.
El hombre tiró de una cuerda en la pared y una bombilla iluminó la reluciente puerta negra al final del pasillo superior.
Había unos grabados en la superficie que dejaban entrever la madera blanca debajo de la pintura.
Eran símbolos y, al acercarse, Sauce habría jurado que los vio moverse como si tuvieran vida.
El hombre encapuchado abrió la puerta y las condujo dentro. Aunque Violet hubiera intentado huir, Sauce no sabía por dónde podrían haber ido. Rasca y Pica no entraron con ellas, sino que se situaron a ambos lados de la puerta, de cara al pasillo.
La puerta se cerró de nuevo. Durante un momento, la habitación quedó completamente a oscuras, hasta que unas velas en las paredes cobraron vida a intervalos regulares.
Por la forma en que el hombre bajó el brazo, Sauce supo que las había encendido él.
Y entonces vio un pequeño rostro peludo que asomaba por debajo de su manga.
Quizás fuera un ratón, pero no estaba segura.
En cualquier caso, al parecer tenía una especie de magia de fuego.
«Como Luna». Las velas estaban colocadas en apliques de color bronce y dejaban gruesos chorretones de cera al gotear al suelo.
Las paredes de yeso, que había empezado a desmenuzarse en algunos puntos, estaban cubiertas de salpicaduras rojas, aunque también había símbolos similares a los de la puerta.
Otros recordaban a los dibujos que había en las paredes de la guarida de los Cuentaverdades donde aparecían cuerpos de animales antinaturales.
La única diferencia era que estos tenían cabezas humanas. Sauce se estremeció.
El suelo era de madera, como el resto de la casa, excepto por un círculo hecho de cera derretida tan ancho como alta era Violet. En el centro había un cojín rojo y, sobre él, reposaba una daga dorada, corta pero muy afilada, con el mango en forma de cuerda enroscada.
Sin decir ni una palabra, el hombre salió de la habitación y cerró la puerta tras él. No había más salidas ni ninguna ventana.
—¿Qué es este lugar? —maulló Sauce.
La habitación parecía tragarse su voz.
Violet la depositó con cuidado en el suelo. El blanco de los ojos resaltaba en su cara mientras examinaba la habitación. Hundió los hombros y se dejó caer en el suelo junto a la gata.
—Es una Casa de las Conjunciones —susurró—. Ese viejo tan siniestro es el custodio. Su trabajo es preparar el ritual.
—¿Para atarnos?
Violet asintió.
—No puede haber otros brujos presentes porque su magia podría interferir.
Se echó a llorar sin hacer ruido; le temblaban los hombros. Sauce se subió a su regazo.
—No te preocupes, todo saldrá bien.
Por la mirada desesperada de Violet, Sauce sospechó que no sabía de lo que hablaba.
La chica se sorbió los mocos y se secó los ojos con la manga.
—Hay muchos métodos para atarse. Los Rousseau somos muy tradicionales.
Al decirlo, parecía asqueada. Clavó la mirada en el cuchillo.
—La sangre debe mezclarse con sangre. —Sauce se estremeció en su regazo—. No tengas miedo. No pienso hacerlo. Nunca te haría daño. —Calló y tragó saliva—. Pase lo que pase, lo siento mucho, Sauce. Mis padres creen que me están ayudando, pero nunca debería haberte involucrado en esto.
—Oí lo que dijeron tus padres —ronroneó Sauce—. Si queremos seguir juntas, creo que no tenemos otra opción.
Echaba de menos a su hermana, pero ahora Violet era más real. Tal vez no volviera a ver a Luna nunca más. Y la idea de atarse a Violet y estar a su lado no sonaba nada mal.
La chica la miró a los ojos con tristeza.
—Eres más valiente que yo, Sauce. Ojalá nos dejaran estar juntas sin nada de esto.
La chica echó un vistazo a la habitación.
Sauce se bajó de su regazo y entró en el círculo de cera. Esperaba sentir algo al atravesarlo, pero no ocurrió nada. Se inclinó sobre el cojín y agarró la daga con la boca. Notó el metal frío como el hielo sobre la lengua. Se la llevó a Violet y la dejó en el suelo delante de ella.
—Podemos hacerlo. Confío en ti.
Violet se la quedó mirando.
—Pero dijiste que…
—Lo sé. Sin embargo, las cosas han cambiado, ¿verdad? Esa era mi antigua yo, cuando no sabía nada. Violet, has sido más amable conmigo que cualquier otra criatura que haya conocido, humana o no.
«A veces incluso más amable que mi hermana», pensó. Y continuó:
—Sería un honor estar atada a ti.
Violet esbozó una sonrisa insegura a través de las lágrimas.
—Yo siento lo mismo. Y sé que juntas seríamos extraordinarias. No seré igual que mis padres, que piensan que los familiares son sus sirvientes. Podríamos ser un equipo. Pero, si lo hacemos, no habrá vuelta atrás. Una atadura es de por vida. ¿Estás segura?
Sauce miró la daga y se maravilló de haber llegado hasta ese punto.
Después de todo lo que le habían contado en los aquelarres sobre los males de las ataduras, de ser esclava de los humanos, allí estaba ella, a punto de dar ese salto hacia lo desconocido.
Pensó en Luna y en lo que diría si estuviera allí.
«Me diría que estoy loca, que soy una idiota por tomar la peor decisión de mi vida.
Me diría que no se puede confiar en los humanos y seguramente me sacaría de aquí a rastras, tirándome de la cola».
Pero Luna no estaba allí. La había abandonado; había elegido a los aquelarres antes que a ella. Y nunca podría entender su situación.
—Estoy segura —contestó.
Violet agarró la daga y se levantó despacio para entrar en el círculo de cera. Le indicó a Sauce por señas que la acompañara, y la gata la siguió. Esa vez fue distinto: ahora el ánima también subía por la cera y se acumulaba alrededor de sus tobillos.
Desde el otro lado de la puerta les llegó el sonido de unos pasos corriendo y acercándose. Violet y Sauce miraron hacia allí. Se oyeron varios golpes y lo que pareció el graznido grave de un pájaro. Después reinó el silencio.
—¿Deberíamos ir a mirar? —preguntó la gata.
Estaba a punto de salir del círculo cuando, de repente, la puerta estalló hacia dentro en una oleada de calor.
Las llamas lamieron el interior de la habitación.
El fuego envolvía la puerta y dejaba caer copos de ceniza sobre el suelo.
Y a través del humo negro y asfixiante apareció una silueta oscura.
Sauce no podía hablar. Apenas podía respirar.
Era Luna.
—¿Quién eres? —preguntó Violet, blandiendo la daga frente a ella.
Se situó delante de Sauce para protegerla.
La mirada de Luna pasó de la chica al cuchillo y se endureció. En el centro de sus ojos, Sauce vio el destello naranja del fuego.
—¡No! —gritó—. ¡Luna, no!
Justo cuando la bola de fuego se dirigía hacia Violet, Sauce saltó.
La llamarada la golpeó de lleno en el pecho y la lanzó rodando hacia atrás.
El dolor llegó un latido más tarde, un ardor agudo que le recorrió todo el cuerpo.
Aterrizó, envuelta en llamas y con el pelaje ardiendo.
A través del dolor, oyó el grito desesperado de Violet.
La chica apareció a su lado con un cojín para apagar las llamas.
Pareció una eternidad, pero solo transcurrieron unos segundos, hasta que consiguió extinguirlas.
Sauce miró con espanto su pelo ennegrecido y la herida en carne viva en su costado. El dolor la cegaba. Todo le dolía.
—¡Aléjate de ella! —gruñó Luna.
El fuego todavía parpadeaba en sus ojos y Sauce temió que pudiera liberar más magia en cualquier momento.
Violet se interpuso entre las dos.
—Le has hecho daño. Aléjate tú.
—¡Tenemos que irnos! —graznó otra voz.
Sauce vio que había un gran pájaro negro en el umbral. Se parecía a Garranegra, la guía de los Indomables que las había llevado a la guarida de los Cuentaverdades. Pero ¿por qué estaba con Luna?
Se puso en pie con esfuerzo, luchando contra el dolor. Una parte de ella se alegraba de ver a su hermana y saber que estaba bien, pero ¿por qué las había atacado?
—¿Qué haces aquí? —maulló Sauce.
—He venido a rescatarte.
—¿Así?
Sauce se acercó y el fuego desapareció de los ojos de Luna cuando le vio las heridas.
—No era mi intención… Quería…
—Te dije que no lo hicieras, y no me escuchaste —replicó Sauce.
La rabia empezaba a imponerse al dolor del costado. La alegría de ver a su hermana quedó ahogada por el resentimiento.
—¡Nunca me escuchas! —gritó Sauce.
—No es justo —maulló Luna—. Intentaba protegerte.
El corazón de Sauce se endureció.
—¿Cuándo lo entenderás? Tu trabajo no es cuidar de mí. Puedo cuidar de mí misma. Llevo haciéndolo desde el día en que me diste la espalda en el puente.
—No… No te di la espalda. Tú saliste corriendo. Intenté encontrarte.
Sauce soltó una carcajada vacía.
—Te vi. Hablaste con la sapa y luego regresaste directa al puente. Vi cuánto lo intentaste.
Luna parecía desconcertada.
—¿Estabas allí? ¿Por qué no dijiste nada? —Ladeó la cabeza—. Si no hubieras dejado que tu estúpido orgullo…
Sauce notó que un hormigueo de rabia le subía por el cuello.
—Se llama dignidad —gruñó—. Me alegro de que no me encontraras, porque he hecho nuevos amigos. Ahora tengo una nueva familia.
Miró a Violet.
—¿Los Rousseau? —siseó Luna—. ¡Pero si son brujos!
—Violet se preocupa por mí de verdad.
—¡Estaba a punto de apuñalarte!
—No es lo que parece —protestó la chica—. Yo nunca le haría daño.
Luna se giró de nuevo hacia ella y Violet se encogió.
—¡Silencio, bruja! Ningún animal puede confiar nunca en un humano. Sauce lo sabe, por mucho que le hayas lavado el cerebro.
—Nos vamos a atar —dijo Sauce.
—No… —insistió Luna—. No puedes hacerlo. No seas tonta.
—Puedo y lo haré.
—Ningún aquelarre te aceptará jamás.
—¿Y? —respondió Sauce—. ¿Qué tal te va a ti en la vida, luchando cada día para sobrevivir y temblando de frío en invierno? ¿Cazarratones todavía te dice que eres una gatita inteligente? ¿Te da palmaditas con el ala cuando haces un poco de magia de fuego?
Luna parecía confusa.
—Llevo meses sin ver a Cazarratones. —Echó un vistazo a Violet—. Esta chica te mantendrá prisionera. Te drenará el ánima.
—¡No lo haré! —gritó Violet, fulminando a Luna con la mirada—. No soy así.
Sauce oyó el sonido de pasos en el piso inferior y la corneja graznó con fuerza.
—Tenemos que irnos, Luna. ¡Nos matarán!
Garranegra se dio la vuelta y se alejó aleteando.
Luna miró a su hermana.
—Sauce, por favor. Ven conmigo ahora, antes de que sea demasiado tarde.
Sauce vio la súplica desesperada en los ojos de su hermana.
La tristeza y el amor recorrieron su cuerpo, desde los bigotes hasta la cola.
Estaban a menos de tres colas de distancia, pero parecía que las separara toda la ciudad.
La Luna que una vez había conocido seguía ahí, en alguna parte, pero habían cambiado demasiadas cosas.
Las dos habían cambiado, retorcidas por la rabia, los reproches, la envidia y la vergüenza.
—No puedo. Me quedo con Violet. Eso es lo que quiero.
Los pasos sonaban ya en las escaleras.
Al fin, Luna se dio la vuelta y huyó en la misma dirección que la corneja.
Sauce y Violet se quedaron a solas. Unos segundos más tarde, el señor y la señora Rousseau irrumpieron en la habitación.
El padre de Violet acunaba algo en las manos y Sauce se percató de que era Pica.
La rata seguía viva, pero, al ver la sangre que se filtraba entre los dedos del hombre, supuso que no le quedaba mucho tiempo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó la madre.
Su mirada pasó de la puerta, que colgaba de los goznes, al cojín humeante y luego a su hija.
—Mamá…
A pesar de todo, Violet se lanzó a los brazos de su madre y la señora Rousseau la abrazó con fuerza.
—La hermana de Sauce es una Indomable —chilló Pica—. Han intentado rescatarla. Por lo que sabemos, Sauce también podría serlo.
La mirada fría del señor Rousseau se posó en Sauce.
—Tienes una quemadura.
—Iba dirigida a mí, pero ella me salvó —explicó Violet.
Su madre la apartó un poco.
—¿Has completado la atadura? —preguntó, examinando a la chica de la cabeza a los pies.
Violet se soltó.
—No —dijo con una mirada desafiante—. No nos podéis obligar.
—Ahora es imposible —dijo el hombre encapuchado desde la puerta—. El ánima está demasiado alterada. Y el círculo se ha roto.
Alzó una mano huesuda hacia el círculo de cera que, en efecto, las llamas de Luna habían arruinado, derretido y manchado.
Al señor Rousseau se le escapó un gruñido.
—Quizás sea lo mejor. Necesitamos averiguar quién es esta gata antes de permitir que nuestra hija se ate a ella. Pero antes lidiaremos con esos Indomables. Cazaremos hasta el último de ellos. Han atacado a Violet con fuego. Podría haber resultado gravemente herida.
—Su guarida está oculta a los humanos —dijo Sauce cuando al fin pudo hablar—. Nunca los encontraréis.
Entre las manos del señor Rousseau, Pica soltó una risotada que se convirtió en una tos ahogada.
—Me temo que ya los hemos encontrado. O, mejor dicho, tú nos dijiste cómo hacerlo.
Un miedo gélido atravesó el pelaje de Sauce.
—Jamás haría algo así…
—Ah, no tuviste elección —dijo la rata y consiguió mover las garras—. He estado en tus sueños, gatita, y he visto todo lo que necesitamos…