Capítulo Quince
C OMETA HABÍA EMPEZADO A RONCAR. Tumbado bocarriba y con la panza al aire, movía las patas.
—Es capaz de dormir en cualquier parte —comentó Copito.
Luna no podía culpar a la comadreja por querer echarse una siesta.
Llevaban cuatro noches en la quinta planta de un rascacielos a medio construir, abierto a los elementos; aquella estructura vacía de acero y cristal dejaba entrar el viento, que traía consigo la lluvia, la nieve y los humos del tráfico de la calle.
Enfrente estaba el rascacielos donde, según Bellota, la familia Rousseau tenía su piso.
Cuatro días y cuatro noches en aquel nido improvisado. Garranegra les traía volando comida que encontraba en la ciudad. Cuatro días y cuatro noches observando, a la espera de cualquier señal de su hermana. Luna empezaba a quedarse sin esperanza. No habían visto a Sauce, pero tampoco a los Rousseau.
En varios de los pisos había mascotas; eran sobre todo perros y gatos, aunque en uno había una araña en un terrario y en otro un conejo saltarín.
Pero otros pisos parecían no abrir jamás las cortinas ni encender las luces.
Según Garranegra, podría haber varios brujos en el edificio, y existían hechizos sencillos para impedir que miradas indiscretas vieran el interior.
De nuevo, las palabras de Nocturno resonaron en su cabeza: «Es una causa perdida, Luna. Los Rousseau son cuidadosos y meticulosos. Si no quieren que encontremos a Sauce, usarán muchos hechizos para mantenerla oculta».
Había hecho oídos sordos a sus palabras, claro. Debía intentarlo. No solo porque Sauce fuera su hermana, sino porque ahora era una Indomable. Su deber era liberar criaturas esclavizadas por los brujos humanos. Y le había recordado a Nocturno que ese también era su deber.
Al oír aquello, el perro había arqueado una ceja.
—Esta no es una misión normal —había suspirado—. El edificio estará protegido con una magia que ni siquiera podemos imaginar. Los Rousseau no dudarán en matarte si se enteran de tu presencia.
«Más motivos para sacar de ahí a mi hermana».
Al menos Nocturno no había impedido a los demás que la acompañaran.
Al fin y al cabo, los Indomables valoraban la libertad por encima de todo.
Sin embargo, tenían órdenes estrictas de no entrar en el edificio.
Luna agradecía la ayuda que había recibido hasta el momento, pese a que Cometa, que ahora roncaba con ganas, no solía estar demasiado alerta.
Se preguntó cuánto duraría la paciencia de Copito y Garranegra.
La siamesa bajó la cabeza y entornó los ojos azules.
—Hay movimiento. ¡Allá abajo!
Luna se acercó sigilosamente al borde del lateral abierto de la habitación y sintió que el viento le alborotaba el pelaje.
Dos personas bajaban por la escalinata de entrada del rascacielos: una mujer alta y una chica. La chica lloraba.
—¿Son ellas? —preguntó Luna con el corazón en un puño.
—Creo que sí —maulló Copito.
Se dirigían hacia un coche negro, tan reluciente como el caparazón de un escarabajo. Un segundo más tarde, salió un hombre sosteniendo lo que parecía un transportín para mascotas. A Luna se le aceleró el pulso. ¿Estaría dentro su hermana?
—Garranegra, ¡síguelos!
El ave, que había estado posada en una viga del techo, negó con la cabeza.
—¿Qué? ¿A dónde?
—¡El coche! —dijo Luna, moviendo la cola por lo bajo.
Los tres humanos estaban subiendo al vehículo.
Garranegra saltó de la viga y voló hacia la noche. Copito empujó a Cometa con una pata.
—Despierta, dormilón.
La comadreja se puso en pie.
—No estaba dormido.
Luna ya estaba bajando los escalones desnudos de hormigón.
Saltaba cuatro o cinco a la vez con el corazón retumbándole en el pecho.
Llegó al nivel de la calle justo a tiempo para ver el coche doblar una esquina, con Garranegra siguiéndolo a una altura de dos pisos.
Luna echó a correr por la acera a grandes zancadas.
No prestó atención a los peatones humanos y fue zigzagueando entre sus piernas a pesar de los gritos de sorpresa.
No miró atrás para comprobar si los demás la seguían.
«No puedo perderla… ¡No puedo!».
Pero el coche era más rápido. A unas manzanas de distancia, giró en una esquina y desapareció de su vista. Incluso Garranegra se estaba quedando rezagada. Luna se obligó a acelerar, pero le ardía el pecho. Cruzó una carretera y los coches pitaron con rabia.
Cuando alcanzó la esquina y se detuvo derrapando, ya no podía ver ni a la corneja ni el coche de los Rousseau.
Siguió corriendo despacio, mirando a izquierda y derecha en cada cruce.
Tenía el estómago revuelto por la carrera…
y por la idea de perder a su hermana, de haber dejado escapar entre las garras su última oportunidad.
Allí las calles eran más tranquilas y rodeaban una plaza grande que parecía un mercado abandonado, con todos los puestos tapiados.
—Los he perdido —maulló para sí.
—Pero yo no.
Luna miró hacia arriba. Garranegra estaba posada en una barandilla.
—Han aparcado a unas manzanas de distancia. ¿Esperamos a Copito y Cometa?
—No. No hay tiempo. Llévame allí.
La corneja condujo a Luna hasta el lugar tan rápido como ella pudo seguirla.
Mientras recorría las sinuosas calles, sintió que el ánima se espesaba en el aire, y eso le dio fuerzas.
No había ningún motivo aparente para ese incremento de la energía mágica (los edificios de esa zona tenían el mismo aspecto que en el resto de la ciudad), pero, al llegar a su destino, comprendió por qué.
La casa junto a la que había aparcado el coche parecía más antigua que las demás.
En ruinas y con una estructura de madera, tenía el tejado hundido y parecía un milagro que siguiera en pie.
Las ventanas estaban tapiadas. La casa estaba rodeada por una verja metálica rematada con pinchos y un jardín descuidado que contrastaba con el entorno árido.
El ánima allí resultaba embriagadora. A Luna le pareció verla ondear en el aire como si fuera humo. Pero parpadeó y desapareció.
El reluciente coche negro estaba aparcado bajo una farola titilante.
La señora Rousseau y su hija se dirigían hacia la puerta principal, cogidas de la mano.
La chica ya no lloraba, pero miraba con rabia a su madre.
Luna había empezado a cruzar la calle cuando el señor Rousseau salió de la parte delantera del vehículo, desplegando su largo cuerpo.
La gata se refugió detrás de una boca de incendios y lo observó inclinarse para sacar el transportín, que dejó en la acera.
Al otro lado de la calle, a Luna se le salía el corazón por la boca.
El brujo sacó una pequeña llave plateada del bolsillo del abrigo negro y la introdujo en la tapa del transportín. Desde el sendero que conducía a la casa, la chica miraba a su padre mientras este metía una mano dentro y sacaba una silueta gris que se retorcía. Luna ahogó un grito.
—Sauce —maulló con desesperación.
Esta vez sí que albergaba la esperanza de ver a su hermana y, aun así, verla después de tanto tiempo le partió el corazón.
Se contuvo para no salir corriendo y lanzarse, con los dientes por delante, contra el hombre que agarraba con tanta crueldad a Sauce en su puño.
Si Nocturno tenía razón y actuaba de un modo precipitado, podría ser el fin tanto para ella como para su hermana.
Así que se quedó observando, ardiendo por dentro, mientras el hombre llevaba a Sauce por el sendero hasta donde estaban su esposa y su hija.
Cuando llegó, la puerta se abrió, pero en la penumbra Luna no pudo ver quién estaba al otro lado.
La chica entró primero y el señor Rousseau entregó a Sauce a la persona de dentro.
Una criatura que parecía una rata se escabulló desde la parte inferior de su abrigo y atravesó corriendo el umbral.
La siguió otra que apareció entre los tobillos de la señora Rousseau.
Sus largas colas serpentearon hacia el interior y la puerta se cerró, dejando a la pareja de adultos fuera.
Se dieron la vuelta y se encaminaron hacia el coche.
Por el camino, la señora Rousseau apoyó una mano tranquilizadora en la manga de su marido. Él asintió con rigidez.
«¿Qué están tramando?», se preguntó Luna.
Fuera lo que fuera, no le cabía la menor duda de que su hermana corría un grave peligro. Atacar la puerta principal no era una opción.
—Tenemos que encontrar otra forma de entrar —le siseó a Garranegra.
—No dejes que te vean.
La corneja salió volando y aleteó con rapidez hacia un callejón estrecho que pasaba junto a la casa en ruinas. Luna la siguió y rodeó el coche negro en el que se habían sentado los Rousseau, seguramente esperando a que su hija volviera a salir.
En el callejón reinaba una oscuridad casi total y el suelo estaba cubierto de ortigas. Pero había una luz encendida en el piso superior, un tenue resplandor detrás de una ventana tapiada con tablones de madera. La pared de abajo era de ladrillo liso, imposible de escalar.
A pesar de todo, Luna lo intentó: tomó carrerilla y arañó la pared con las garras, pero solo logró subir hasta la mitad antes de caer de nuevo al suelo. Garranegra aterrizó en el alféizar.
—¿Ves algo? —le susurró Luna.
La corneja sacudió el pico.
—No, pero no creo que cueste mucho arrancar algunos de estos clavos.
—¿Puedes subirme?
Garranegra ladeó la cabeza.
—Puedo intentarlo.
Se dejó caer al suelo y Luna bajó la cabeza. Garranegra aleteó para subirse a su lomo.
—Puede que te haga un poco de daño.
Luna apretó los dientes. «No tenemos otra opción…».
Tomó aire cuando las garras de la corneja se hundieron en su pelaje y le pellizcaron la piel.
Luego, con una serie de tirones dolorosos, las dos se elevaron en el aire.
Suspendida debajo de Garranegra, Luna rezó para que no la soltara.
El suelo se fue alejando mientras subían en círculos.
En cuanto estuvo lo bastante cerca, Luna estiró las patas y logró aferrarse al estrecho alféizar.
Garranegra la soltó y Luna sacudió los hombros.
—Preferiría no tener que repetir la experiencia —maulló—, pero gracias.
La corneja tenía razón sobre los clavos.
Faltaban algunos y otros parecían sueltos y oxidados.
Se puso a trabajar con las uñas mientras Garranegra usaba el pico y, entre las dos, consiguieron sacarlos.
Luna tiró de la madera con la pata y, al ceder, dejó un agujero lo bastante grande para que ambas se colaran.
Al otro lado había una única bombilla al desnudo que iluminaba un pasillo con tablones de madera rayados.
Luna entró y aterrizó en silencio. El corredor estaba completamente vacío, aunque el techo estaba cubierto por unas telarañas gruesas y fofas.
En un extremo, Luna vio la parte superior de unas escaleras.
A izquierda y derecha había varias puertas, todas cerradas, pero fue la del fondo la que llamó su atención.
Estaba pintada de negro y tenía grabados unos símbolos que solo podían ser mágicos: estrellas retorcidas, rayos y formas que parecían remolinos de agua, llamas o viento.
Y no solo eso: las dos ratas montaban guardia a cada lado.
—Vaya, vaya —chilló la más pequeña—. Parece que tenemos una visita inesperada.
La rata se lanzó hacia ellas, atravesando los tablones a toda velocidad.
Garranegra bajó del alféizar de un salto y un rayo azul chisporroteó desde sus patas en dirección al roedor.
El animal lo esquivó y, en un instante, apareció a varios pasos de donde había estado.
O se había movido rápido o se había vuelto a materializar, igual que hacía Pincho, de la Alianza Salvaje.
Garranegra redirigió su rayo azul, pero la rata empleó el mismo truco.
Cada vez se acercaba más, sin inmutarse por los ataques.
Cuando se desvaneció por tercera vez, apareció de pronto sobre Garranegra y le clavó los dientes en las plumas del vientre.
En medio de una cacofonía de graznidos y chillidos, las dos criaturas rodaron por el suelo y empezaron a luchar.
Tan distraída estaba Luna que, cuando se giró para buscar a la otra rata, esta ya se abalanzaba sobre ella.
La gata invocó una llamarada, pero antes de que el aire se prendiera notó unas garras clavándose en su lomo.
Se retorció y se arqueó; luego empezó a rodar por el suelo para intentar quitársela de encima, pero el roedor estaba muy bien agarrado.
—¡Te voy a destrozar! —siseó la rata.
Y, en efecto, Luna sintió que hundía los dientes afilados en su columna; el pelo se le erizó desde la raíz.
Se lanzó contra la pared con la esperanza de aplastar su pequeño cuerpo, pero la rata trepaba por el lomo y le azotaba los costados con la cola.
Escaló hasta su cabeza y Luna cerró los ojos con fuerza para protegerlos, pero lo que sintió fueron sus uñas en la frente, como si intentara llegar hasta el cerebro.
—¡Voy a saborear tus pensamientos, Indomable! —gruñó.
El peso de la criatura era horrible y le doblaba el cuello.
A cada segundo que pasaba, las garras de la rata se clavaban cada vez más profundo, atravesando la carne hasta el hueso.
Tenía más fuerza que cualquier otra rata que hubiera conocido, una fuerza mágica.
Luna comprendió que sus amenazas eran reales.
Si no se la quitaba de encima, se metería de verdad en su cráneo.
Reunió ánima y se concentró en su interior para invocar el fuego.
En vez de lanzarlo en una llamarada o dirigirlo con la pata, dejó que el calor se expandiera por todo su pelaje hasta que empezó a oler a pelo quemado.
Había practicado un par de veces en el desguace, pero nunca hasta ese punto.
Sintió que las puntas de sus bigotes se volvían de un rojo incandescente hasta que, con un grito, la rata se soltó y cayó de lado.
Luna vio con espanto que sus patas delanteras humeaban y estaban destrozadas. La criatura la miró con miedo.
—¿Qué eres? —chilló.
Luna no esperó ni un segundo más y le hundió los dientes en el cuello. La rata tembló, sin dejar de agitar la cola débilmente, y la vida la abandonó.
Garranegra tenía a la otra atrapada entre las garras, que no dejaban de centellear con luz azul. Cuando la alzó, la rata estaba inmóvil; le brotaba sangre de la boca.
—¿Estás bien? —jadeó Luna.
La corneja asintió.
—Los brujos sentirán que sus familiares han muerto. —Señaló con el pico hacia la puerta negra—. No tenemos mucho tiempo.
—Pues vamos —susurró Luna.
Corrió hacia la puerta y lanzó una llamarada. La puerta se abrió y el humo se enroscó por encima de sus cabezas hacia el techo.
Cuando el humo se disipó, Luna dejó escapar un grito al ver la escena de dentro.