Capítulo Catorce #2
Era una habitación oscura, sin ventanas, que no se parecía en nada al resto del piso.
Tenía un aire opresivo y antiguo, con un enorme y pesado escritorio de madera y grandes sillones de cuero negro.
La habitación estaba iluminada con velas en soportes de metal colgados de las paredes y unos libros enormes ocupaban las estanterías.
Violet estaba sentada en una silla de madera con el respaldo recto y sus padres se habían plantado ante ella.
La señora Rousseau, al igual que su marido, era muy alta y delgada, y llevaba siempre un vestido negro que la hacía parecer más alta todavía.
A Sauce le recordaban a dos árboles negros en pleno invierno.
—Lo siento —dijo Violet, más calmada—. Pero no estoy preparada.
—Entiendo que quisieras conocer antes a tu gata. Pero ya hemos sido demasiado pacientes —replicó su padre con exasperación—. Hemos molestado a gente muy importante y, si este asunto no se resuelve de una vez, nuestra posición se verá perjudicada.
—Lo que quiere decir tu padre —añadió su madre, apoyando una mano en el hombro de Violet— es que tienes que atarte a la gata, te guste o no.
La chica negó con la cabeza.
—Pero ¿y si ella no quiere? —preguntó con resignación.
Sauce se estremeció. Habían hablado sobre atarse, claro, pero solo en un sentido general, durante las conversaciones adormiladas en la cama de Violet, y hasta sospechaba que era algo que la chica quería hacer, aunque no lo hubiera reconocido abiertamente.
Sauce le había dicho desde el principio que no quería atarse, que era un paso demasiado grande.
Y la verdad era que estaba asustada. Atarse implicaba pasar por un ritual doloroso, pero también significaría cerrar la puerta a cualquier posibilidad de reunirse con Luna.
Violet parecía entenderlo y, con cierta tristeza, había admitido que sus padres jamás lo permitirían.
Al parecer, tenían otras criaturas en mente para atarlas a su hija y, hasta ese momento, no habían dado señales de apreciar a su invitada.
Eso le iba de perlas a Sauce. Tanto Violet como ella disfrutaban de la compañía de la otra.
«¿Qué más necesitamos?».
—¿Desde cuándo importan los deseos de un animal? —se burló su padre—. Se adaptará. Incluso los familiares más reticentes acaban queriendo a sus propietarios. Esa gata no sería nuestra primera opción, pero empezamos a entender de lo que es capaz.
—E incluso una gata callejera es mejor que nada —añadió la señora Rousseau.
—No lo haré —contestó Violet—. La acogí porque necesitaba ayuda, no para usarla.
El señor Rousseau puso los ojos en blanco.
—Pero ¿tú te estás escuchando? Los familiares están para eso, para usarlos. Los cuidamos bien, pero ¡al final son una herramienta para canalizar nuestra magia!
—A lo mejor lo son para vosotros —respondió Violet en voz baja.
—Para todos nosotros, desde el principio de los tiempos. El señor Saxton nos ha ofrecido distintas alternativas, pero ninguna era lo bastante buena para ti.
—Fuisteis vosotros quienes me dijisteis que es importante sentir cierta conexión. Y con ellas no noté nada.
—Sin un familiar no podrás usar tus poderes, Violet —alegó la señora Rousseau—. No serás una bruja de verdad.
Violet se levantó de repente, con el rostro fiero.
—No la obligaré. Fin del asunto.
Hizo amago de marcharse, pero su padre le bloqueó el paso. Alzó un dedo, con la mirada solemne.
—Átate a la gata o nos desharemos de ella.
—¡No seréis capaces!
—Ponme a prueba —espetó su padre—. Esta es mi casa y yo decido quién vive bajo mi techo.
Violet lo empujó al pasar y Sauce se apartó de la puerta. La chica fue a su dormitorio con lágrimas en los ojos.
Sauce la siguió y deshizo el hechizo de invisibilidad al entrar.
Violet estaba en el sillón, con las piernas recogidas y la cara enterrada en las manos.
Los hombros le temblaban por los sollozos.
Sauce subió a su lado y frotó la cabeza contra su hombro.
Ella abrió los brazos y dejó que la gata se acurrucara en su regazo.
—Estaba escuchando.
—Me lo imaginaba —dijo Violet y la abrazó con fuerza—. Lo siento mucho. No se lo permitiré.
Sauce se preguntó a qué se refería. ¿A que la ataran o a que la echaran a la calle? Lo segundo sería insoportable, pero atarse… ¿De verdad era tan horrible? A Zuzón le había gustado, ¿verdad?
Y solo porque los aquelarres desdeñaran esa idea no significaba que no pudiera haber ataduras buenas.
Estaba a punto de decirlo cuando oyeron unos pasos al otro lado de la puerta y la señora Rousseau irrumpió en el dormitorio. Llevaba a Rasca en el hombro, agarrado a su vestido negro con las uñitas y la cola enroscada alrededor del cuello. La rata lucía una sonrisa maliciosa.
—Tu padre y yo lo hemos hablado y vamos a encargarnos de esto ahora mismo. Te estás quedando atrás respecto a tus compañeros, Violet, y necesitas un familiar lo bastante poderoso para ayudarte. ¡La hija de unos brujos tan poderosos debería poseer una magia extraordinaria!
—¡No!
Sauce se erizó y se incorporó, pero la señora Rousseau agitó una mano y todo su cuerpo se tensó, paralizado.
—¡Déjala en paz! —gritó Violet.
Su madre se inclinó hacia delante y agarró a la gata por la nuca para llevársela.
Sauce intentó sacar las uñas, pero no podía mover ni un músculo.
Violet se lanzó a por ella, pero la señora Rousseau ya la estaba sacando del dormitorio.
Su marido la esperaba con una caja hecha con lo que parecían ramas entrelazadas, grabada con extraños símbolos.
Metieron a Sauce dentro y cerraron la tapa sobre su cabeza.
Descubrió que podía moverse de nuevo, pero las rendijas eran tan pequeñas que no podía ni sacar una pata.
—Te lo advertimos —dijo la madre—. Intentamos decírtelo, pero no has querido escuchar.
—¡No lo hagáis, por favor! —lloró Violet, siguiéndoles hasta el ascensor.
—Aquí ya no decides tú —musitó el padre—. Es por tu propio bien. Ya nos darás las gracias.
Sauce se acurrucó en el interior de la caja y se preguntó qué querría decir el hombre con aquello. Recordó todo lo que había escuchado en los aquelarres sobre las ataduras y la forma en que los animales bajaban la voz cuando hablaban del ritual.
«Estoy a punto de descubrir por qué los animales no atados odian tanto a los brujos…».