Capítulo Catorce
S AUCE PERSEGUÍA A L UNA por las calles vacías.
Todas parecían iguales y, por mucho que corriera, Luna siempre estaba a la misma distancia.
Pero no podía dejar de correr, aunque le ardieran los pulmones.
En cada esquina, Luna se detenía, miraba hacia atrás y seguía avanzando.
Para cuando Sauce llegaba al mismo lugar, su hermana ya era una silueta lejana, pálida y fugaz.
—¡Espera! —gritó—. ¡Por favor!
Pero Luna solo se reía. «No entiende lo que es sentirse sola».
Aunque no, sola no. Sauce se percató de que había otra criatura en aquellas calles. Mientras perseguía a Luna, alguien la estaba observando.
Y esa noche dejó que su hermana se marchara y desapareciera al doblar una esquina.
Sauce se dio la vuelta para encararse con su perseguidor y se alegró de ver un hocico blanco e hirsuto. ¡Zuzón!
—¡Hola! —ladró el perro, emocionado—. ¡Estaba intentando seguirte el ritmo!
Sauce se sentía desconcertada pero feliz.
—¿Dónde has estado? ¿Has vuelto con Leanne?
—Eso no importa ahora —contestó Zuzón, moviendo la cola—. ¡Tengo que contarte cómo entrar en la guarida de los Indomables!
—¿No me lo dijiste ya?
—Creo que no. Está en el antiguo desguace, debajo del puente del ferrocarril. Hay que saltar sobre un coche y rascar el parabrisas con este símbolo.
Movió la pata en el aire y estuvo a punto de caerse al perder el equilibrio. Luego señaló con la cabeza detrás de Sauce.
—Tu hermana te está observando, ¿lo sabías?
Sauce se giró y vio la cara traviesa de Luna asomarse por una esquina.
—No puedo alcanzarla. Esto ya no tiene gracia…
Pero Zuzón había desaparecido y…
Sauce se despertó de golpe y parpadeó por el intenso dolor que notaba entre las cejas.
En el dormitorio de Violet, una tenue luz invernal atravesaba los ventanales que llegaban hasta el techo e iluminaba la silla en la que Sauce se había acurrucado.
Por la posición del sol entre los edificios de enfrente, calculó que casi era hora de que Violet regresara del colegio, un momento que Sauce esperaba con ilusión, porque volvían a estar las dos solas de nuevo.
Unos pasos debajo de ella la hicieron asomarse por el borde del sillón y vio que Pica, la rata más pequeña, atravesaba la alfombra. Se detuvo frente a la puerta abierta y soltó una risa burlona, muy parecida a la de su hermana durante el sueño. Luego desapareció por la puerta, hacia el piso.
Sauce alzó la pata para tocarse un punto algo sensible en la cabeza y notó un arañazo. «¡Habrá sido la rata!».
Ninguna de las ratas había entrado en el dormitorio estando ella allí, y se preguntó qué diría Violet.
Sabía que no les caía demasiado bien a los dos roedores, pero aquella era la primera vez que intentaban hacerle daño. La mayor parte del tiempo se mantenían alejados e intercambiaban susurros mientras la miraban mal.
«Que lo intenten cuando esté despierta», pensó.
Violet le había dicho que pasara de ellas, pero Sauce sospechaba que su actitud se parecía a la de los padres, los brujos a los que estaban atadas.
Por suerte, estos no estaban mucho por la casa, pero la primera vez que su madre se encontró con Sauce, no pareció muy contenta.
Sauce había estado jugando con una pelota de espuma que Violet le lanzaba y se había enredado en los tobillos de la señora Rousseau.
Durante un instante, la mujer había puesto cara de susto y había alzado una mano con uñas largas como garras.
Entre dientes pronunció unas palabras en un idioma que Sauce no entendió.
—¡No! —había gritado Violet, interponiéndose entre su madre y la gata—. ¡Está conmigo!
El ruido sacó al señor Rousseau de su estudio. Para entonces, Sauce ya estaba a salvo entre los brazos de la chica.
—Se llama Sauce.
Sus padres habían intercambiado una mirada extraña, entre el desconcierto y la satisfacción, hasta que el señor Rousseau dijo:
—Bueno, aunque no sepamos su pedigrí, al menos es de una especie respetada.
Desde entonces, Sauce apenas los había visto y, cuando sus caminos se cruzaban, siempre la habían tratado con educación, aunque sin afecto. Ella, a su vez, estaba contenta de mantenerse lejos de ellos.
En los días posteriores, Violet y ella establecieron su propia rutina.
Desayunaban juntas por la mañana, antes de que Violet se pusiera el uniforme escolar.
Después, la joven cepillaba a Sauce o hacía oscilar un cordón delante de ella, riendo mientras la gata saltaba para atraparlo.
Luego se marchaba al colegio. Sauce dormitaba durante gran parte del día, a la espera de su regreso.
El dormitorio de Violet era cálido y acogedor.
Le parecía más agradable que el resto del piso y tenía unas vistas espectaculares de la ciudad, bañada ahora por la frágil luz del invierno que convertía el río lejano en una cinta de plata.
El agua parecía ahora muy distante, igual que la noche en que la había cruzado y había hablado por última vez con su hermana.
Sauce sospechaba que la vida de Luna con la Alianza Salvaje, al otro lado del río, debía ser fría y triste en esa época del año.
Se dio cuenta de que cada vez pensaba menos en su hermana y, cuando lo hacía, era con un afecto agridulce en lugar de la profunda añoranza de antes.
Sauce todavía se planteaba, de vez en cuando, dejar el piso (de hecho, Violet le había dicho que era libre de entrar y salir cuando quisiera), pero lo cierto era que, a pesar de la frialdad de los padres y de sus familiares, a Sauce le gustaba estar allí.
Violet había sido muy amable al curarle la pata herida y le daba una increíble variedad de comida deliciosa.
Aquella era una vida casi perfecta. Tenía el pelaje brillante y había recuperado su peso normal.
Tenía juguetes con los que jugar, y Violet daba los mejores mimos.
De vez en cuando, practicaban recorrer a hurtadillas el edificio.
Sauce usaba su poder para ocultarlas a ambas entre las sombras, y más de un vecino se había sobresaltado, inquieto, al oír las risas de Violet en un pasillo aparentemente vacío.
¿Qué podría ofrecerle Luna que ella no tuviera ya?
«Las dos tomamos nuestra decisión, y yo estoy contenta con la mía».
Pero había algo más aparte de la comodidad o de los juegos.
Estar con Violet era especial, casi tanto como había sido estar con Luna en el restaurante.
Aquella humana parecía comprenderla mejor que nadie.
Incluso mejor que su propia hermana, tal vez porque las dos estaban solas, cada una a su manera.
Eran dos incomprendidas. Por lo que Sauce había visto, los padres de Violet apenas pasaban tiempo con ella porque siempre estaban trabajando.
Casi nunca comían los tres y tampoco salían fuera.
Y Sauce nunca los había visto reír cuando estaban juntos.
Los Rousseau parecían preferir a sus ratas antes que a su propia hija.
Pero, cuando Sauce y Violet estaban solas, podían hablar durante horas o simplemente estar juntas en silencio.
No había culpa ni expectativas. Violet pensaba, igual que ella, que la lealtad era importante, que una debe apoyar a la gente, o a los animales, que le importaban.
«Y supongo que, en el fondo, Luna no pensaba eso».
Debía de haberse quedado dormida de nuevo, porque, al despertar, las ventanas ya habían oscurecido y el cielo estaba sin estrellas.
Su primer pensamiento fue para Violet. «Ya debería haber regresado a casa».
Pero esa preocupación desapareció enseguida cuando sus oídos captaron unas voces al otro lado de la puerta del dormitorio.
Había una tenue luz encendida en la sala principal.
Con el pelo de la nuca erizado, Sauce bajó con rigidez del sillón y extendió las patas delanteras para estirar el lomo.
Invocó a las sombras para hacerse invisible y salió por la rendija de la puerta.
La magia ya le resultaba natural; podía activarla y desactivarla del mismo modo que los humanos abrían y cerraban algo que Violet le había dicho que se llamaba «grifo» para que fluyera el agua.
Recordaba que alguien de la Alianza Salvaje le había dicho que las corrientes de ánima estaban bloqueadas en las calles de la ciudad, pero allí arriba parecían fluir limpias y puras.
Tal vez se debiera a que los padres de Violet eran brujos y, de algún modo, atraían el ánima a su casa.
Pero Sauce tenía otra sospecha: que sus crecientes habilidades estaban vinculadas a Violet o potenciadas por su proximidad.
Pasaban horas jugando al escondite en el amplio piso y Sauce usaba sus poderes para ocultarse de su amiga humana.
Sin embargo, aunque empleara su magia más poderosa, jamás se volvía completamente invisible para Violet.
Igual que había pasado cuando se conocieron, la chica siempre la veía.
—¡Ya es hora, Violet!
Ese era su padre. Hablaba con tono severo.
Sauce atravesó el salón hacia la puerta del estudio.
Era una de las pocas habitaciones en las que no había entrado.
No había recibido órdenes de evitarla, pero saltaba a la vista que era un lugar privado para los padres de Violet, y presentía que se metería en serios problemas si alguna vez ponía una pata dentro.
—La gente empieza a hablar —dijo la voz de la señora Rousseau—. Quieren saber por qué no te has atado todavía.
—¡Eso no es asunto suyo! —espetó Violet.
—¡A mí no me repliques, jovencita! —dijo el señor Rousseau—. Solo intentamos ayudarte a tener una vida normal.
—No hay nada normal en nuestra vida.
Sauce echó un vistazo a través de la puerta y se envolvió más con su magia de sombras.