Capítulo Trece
L UNA APOYÓ UNA PATA contra la reja y se concentró para liberar el ánima que guardaba en el cuerpo. Bajo su pata, el metal siseó y chisporroteó; un humo acre llenó el conducto. A su lado, Nocturno tosió.
La reja cayó y retumbó en el espacio mal iluminado de abajo.
—Estamos dentro —susurró la gata.
Cometa, la comadreja, fue el primero en entrar, deslizándose por la abertura, seguido de Copito, la siamesa, que aterrizó con agilidad a su lado.
—Todo despejado —maulló Copito.
—¿Podrás saltar bien? —le preguntó Luna a Nocturno.
Con solo tres patas, a lo mejor se hacía daño.
—Ya deberías saber que no vale la pena preguntar.
Luna metió la cabeza en la abertura, a la altura de una bombilla parpadeante, y también saltó; aterrizó con suavidad sobre las cuatro patas e intentó contener la emoción por participar en otra misión.
Estaban en un pasillo lóbrego, con paredes de hormigón llenas de manchas de suciedad, sillas viejas y cajas.
Se preguntó si habrían acertado y si aquel era el lugar adecuado.
Su nariz captó el olor de otros animales; seguramente estaban en el sitio correcto.
Nocturno aterrizó a su lado con un gruñido.
—Por aquí —dijo, moviendo la cola.
Los condujo por el pasillo con sigilo.
Era la cuarta misión para liberar criaturas atadas en la que Luna participaba, pero aquella parecía diferente, tal vez por la reputación de su objetivo.
En otras ocasiones habían rescatado animales de brujos individuales: un gato, un par de conejos, una ardilla y un guacamayo.
Aquella vez iban a por un premio mayor y, a cambio, el riesgo también se incrementaba.
Jay Saxton era un nombre que los Indomables mencionaban con frecuencia.
Se trataba de un brujo de la peor calaña: secuestraba animales afines y, según se decía, los criaba para proporcionar familiares a otros brujos.
Era conocido tanto por su magia poderosa como por la vendetta personal que tenía contra los Indomables.
Copito le había contado a Luna que Saxton era el responsable de que a Nocturno le faltara una pierna, aunque ella no se había atrevido a preguntarle toda su historia al líder de los Indomables.
Llegaron al final del pasillo, donde había otra puerta cerrada con un cerrojo enorme.
—¿Luna? —preguntó Nocturno—. Haz lo tuyo.
La gata dirigió su fuego hacia el cerrojo.
Desde que vivía con los Indomables, Cometa le había enseñado un nuevo truco: guardar ánima en su interior para que, incluso en una zona donde escaseaba, pudiera seguir usando magia.
El cerrojo cedió y cayó al suelo con estruendo.
Cometa saltó para tirar del pomo, y la puerta se abrió.
El hedor hizo retroceder a Luna. Apestaba a heces de animales, cuerpos sucios y comida podrida.
Nocturno entró primero y los demás lo siguieron.
Una tenue luz iluminaba dos paredes repletas de jaulas, todas cerradas con pestillos sencillos.
Al principio, a Luna le pareció que estaban vacías, pero, cuando sus ojos se ajustaron a la penumbra, vio que la mayoría estaban ocupadas y que los animales que había en su interior se apretaban con miedo contra los rincones.
Por el olor, supo que allí había, sobre todo, perros y gatos jóvenes.
—No tengáis miedo —dijo Nocturno—. Os sacaremos de aquí. —Miró a los demás—. Moveos rápido y en silencio.
Se pusieron patas a la obra; abrieron los cerrojos y animaron a los ocupantes asustados a salir. Algunos les dieron las gracias entre susurros, otros parecían incapaces de hablar, paralizados por el miedo. Había también una zorra que tenía pinta de ser algo mayor, con la cola torcida.
—¡Sois los auténticos Indomables! —dijo—. Nunca pensé que vendríais.
Uno a uno, los animales se reunieron junto a la puerta. Todos estaban desaliñados y desnutridos; se les marcaban los huesos bajo el pelaje. Luna examinó a todos, pero ninguno era Sauce.
«Era una posibilidad remota —se dijo—. Al menos no ha caído en manos de Saxton».
Copito se detuvo junto a una puerta abierta y maulló con tristeza.
—Este no lo ha conseguido —dijo, dirigiendo sus ojos azules hacia los demás.
—Se llamaba Musgo —explicó la zorra—. Estaba enfermo, y a Saxton no le interesa la magia sanadora.
Se hizo el silencio en aquella habitación horrible.
—No podemos salvarlos a todos —gruñó Nocturno, aunque Luna percibió cierta emoción en su tono brusco—. Salgamos de aquí antes de que…
Se detuvo y alzó las orejas. Luna también lo había oído: el graznido lejano de un pájaro.
«¡Garranegra!».
La corneja vigilaba fuera.
—Ay, no… —chilló Cometa.
—¿Qué pasa? —preguntó la zorra.
Oyeron una puerta cerrarse arriba.
—¡Tenemos que irnos! —ladró Nocturno.
Echaron a correr por el pasillo, con Luna al frente y Nocturno detrás. El intenso olor a miedo impregnaba el aire.
—Cometa, haznos una escalera, por favor —ordenó Nocturno.
La comadreja se alzó sobre las patas traseras y movió las delanteras en el aire.
Las sillas y las cajas del pasillo se desplazaron al instante.
Algunas se elevaron del suelo y otras se arrastraron para formar delante de Luna un montón irregular que iba desde el suelo hasta el agujero de la reja por el que habían entrado.
Oyeron otro portazo, esta vez procedente de la sala de las jaulas.
—¡Vamos, vamos! ¡Subid! —ladró Nocturno, guiando a los animales con una pata.
Justo cuando los aterrorizados fugitivos comenzaban a trepar por la escalera improvisada, un hombre fornido, de baja estatura, entró en el pasillo.
Llevaba un traje y zapatos relucientes, y su largo cabello negro, recogido en una coleta, formaba un pico en medio de su frente.
El enfado centelleaba en sus ojos negros.
Sobre el hombro de la chaqueta llevaba un lagarto de un intenso color amarillo y con una cresta alta.
—Saxton… —jadeó Copito.
—¡Indomables! —espetó el reptil.
El hombre alzó el puño, que brilló con el mismo color del lagarto, y lo lanzó hacia delante.
Un rayo chisporroteante de luz amarilla fue directo hacia un cachorro, paralizado de miedo, que se encontraba en mitad de la escalera.
Nocturno saltó para defenderlo y bloqueó el hechizo con su cuerpo, que brilló de azul con el impacto.
El perro cayó al suelo y se sacudió. Luna se sintió aliviada (y sorprendida) al ver que parecía ileso.
No sabía cuáles eran los poderes mágicos de Nocturno, pero parecía que podía bloquear los hechizos de los demás y absorber el ánima en su cuerpo.
Saxton gruñó.
—Mi viejo amigo cojo —dijo.
Luna se sobresaltó por la sorpresa, pero luego lo comprendió: «Igual que los animales mágicos pueden entenderse entre sí, nosotros podemos entender a los brujos».
—Seguid subiendo —gruñó Nocturno—. Los contendremos.
Dos hombres más aparecieron detrás de Saxton; sostenían unos aparatos similares a las armas que llevaban los agentes de policía humanos.
Las apuntaron hacia los animales, y Luna vio cómo destellaban las bocas de aquellas armas.
Cometa gritó de dolor y rodó por el suelo, pero Copito se apartó de un salto y les dirigió una mirada fulminante, con las orejas hacia atrás.
Luna oyó un silbido repentino y, al ver que el viento le agitaba el pelaje, se apretó contra el suelo.
A lo largo del pasillo las cajas se elevaron, arrastradas por el huracán, y volaron hacia sus atacantes.
Una golpeó con fuerza a un hombre en la cabeza y lo hizo caer al suelo.
El otro se agachó. Saxton, sin embargo, se mantuvo firme y golpeó con un puño una de las cajas voladoras, que estalló en pedazos con un relámpago amarillo.
Luna corrió junto a Cometa mientras Nocturno seguía guiando a los animales rescatados hacia la seguridad del conducto de ventilación. La comadreja volvía a estar de pie, tambaleándose sobre sus cortas patas. Luna no veía sangre, pero sí una quemadura negra en el pelo.
—Solo era una pistola paralizante —dijo—. Estoy bien. Creo.
Copito seguía conteniendo a los dos atacantes que quedaban, pero por el temblor de su cuerpo Luna supo que su ánima se estaba agotando.
La potencia del viento parecía estar disminuyendo.
En medio del vendaval, Saxton avanzaba hacia ellos con paso lento y decidido, el rostro retorcido por la rabia y las manos brillantes alzadas, como si quisiera agarrarlos.
Luna dejó fluir su fuego. Las llamas se entrelazaron con el remolino de viento y giraron por el pasillo, incendiando las sillas y las cajas que quedaban.
Apretó los dientes y redobló sus esfuerzos hasta sentir cómo el intenso calor le calcinaba sus propios bigotes.
Solo tenía que mantener a Saxton y sus matones a raya hasta que los demás hubieran escapado y, si eso significaba usar hasta la última gota de ánima, que así fuera.
Copito se desplomó cuando hubo agotado las reservas de ánima. Le palpitaban los costados por el esfuerzo.
—¡Salid de aquí! —aulló Luna—. Yo me encargo.
Copito alcanzó la escalera. El fuego de Luna había bloqueado por completo el pasillo con un muro de llamas letales, pero dejó que el hechizo se fuera apagando. Cometa cayó de la primera silla.
—No puedo, estoy demasiado débil —se quejó—. Dejadme aquí.
—¡No seas tonto! —dijo Nocturno.
Lo agarró con las fauces por el pescuezo y escaló hasta el conducto, detrás de Copito.
Luna subió la última por la estructura bamboleante.
Casi había alcanzado la cima cuando sintió que sus patas traseras resbalaban.
Arañó con desesperación para agarrarse el borde del conducto y consiguió aferrarse con las uñas justo cuando las sillas se derrumbaban con un estruendo en el pasillo.
Durante un momento se quedó colgando con las patas traseras agitándose en el vacío.
Abajo, el fuego comenzaba a extinguirse. Vio que Saxton lo atravesaba con las manos extendidas, como si lo hubiera apagado él solo. Miró hacia Luna con la cara retorcida en una mueca de rabia. Todo su cuerpo ondulaba por culpa del calor.
—Al menos me haré con uno —rugió.